martes, 8 de junio de 2010

Amanecer, ceniza y sangre







He esperado por casi cinco días a que termine la lluvia de ceniza. Cinco días de hambre. Cinco días de impaciencia. Fue una definitiva suerte para mi cordura que haya encontrado este edificio derruido. Desde acá puedo ver a los engendros, cómo pasean por el mar de ceniza blanquecina, como un sueño macabro. Los veo, dubitar, gruñir un poco y luego por fin ceder al sueño en el páramo blanco en que se ha convertido todo.
Pero eso forma parte de un sueño, para mí también, como aquel del que desperté hace un tiempo, cuando por fin decidí abandonar mi santuario.
Estoy buscando algo, no recuerdo qué, pero no puedo dejar de buscarlo.
Hará un par de días, cuando estaba acá, que escuché un rugido, uno característico, elevándose por sobre la melopea enfermiza de los despojos que mueren balbuceando allá abajo. Alguna vez escuché un eco de ello, en mi vida pasada. Más aún, cuando mi familia aún estaba en el mundo de los vivos, escuchamos un rumor sobre esto, sobre ésta cosa.
Pero incluso ahora, como entonces, parecía la fábula de un loco, incluso en un mundo que había perdido todo sentido hacía mucho.
Era casi imposible imaginar que aquella criatura hubiese sido un humano en algún momento.
Recuerdo que yo estaba en algo así como un cuarto piso y su espalda encorvada se acercaba arrimándose a la ventana desde donde temerosamente lo contemplaba.
Luego vino el sonido. La quebrazón de los huesos de los engendros es algo que generalmente festejaría, pero eso si viene antecedido de un tiro de mi fusil o un corte de mi bayoneta, pero esto era diferente.
Creo que por un momento sentí algo de lástima por los cuerpos muertos que el gigante comenzó a devorar. Eso iba más allá de la profanación que habían sufrido antes de transformarse. Y para peor la bestia, cebada ya, excavaba entre la ceniza buscando más y más.
El anochecer llegó con ese sonido perenne, repetitivo. Un deglutir salvaje y brutal, un hueso quebrado, algo de tejido corroído. Alguno llegó a quejarse todavía un poco. Alguno estaba vivo aún.
Pero… ¿acaso la ceniza no tenía efecto en este monstruo? No eran sólo los engendros quienes sucumbían, por lo general.



Eso había comenzado mucho antes, durante los años de la guerra. Antes de las epidemias, algunas nubes de un color oscuro, sucias y mórbidamente tenebrosas, inundaban el cielo, como una amenaza de un castigo venido de lo lejano.
Y luego llegó la ceniza, la lluvia blanca, la portadora de peste.
La gente enloqueció durante un tiempo, especialmente los creyentes religiosos. Era casi una competencia para ver quién sacaba más conclusiones apocalípticas de aquello.
Lo malo fue que ninguna se aproximase a lo que iba a ser el verdadero horror.
Los corpúsculos iban cayendo lenta, cadenciosamente por entonces. Nada del otro mundo, nada que conllevase algún peligro en especial. A menos que uno se quedase contemplándolos. Gente normal que nunca había tenido que temerle a nada en sus vidas quedaba embelesada sintiendo cómo el influjo de ceniza caía a su alrededor, hasta que caía exánime y su cerebro sencillamente dejaba de operar.
Cuando la gente sucumbió al escándalo, las primeras nubes ya iban retrocediendo. A dónde fueron, nadie podría decirlo. Simplemente dejaron esa blanca cortina sobre las ciudades, y como toda decoración, mares de cuerpos sin vida, encerrados en un momento de fantasía del cual no volverían jamás.
El terror siguió durante un tiempo. Cada nube que aparecía era motivo para que la gente escapase. Y era momento de risas llenas de paroxismo cuando lo que caía del cielo era tan sólo agua.
Pero, el cielo siempre siguió teniendo ese toque, esa apariencia de verdugo callado e infinito.

Y luego vinieron las epidemias. La gente nadó en mares de sangre y casi todo murió, o sucumbió. El mismo mundo quedó hecho un despojo lamentable. Y el dulce réquiem de la humanidad fue cantado por la misma ceniza. Tal vez haya sido ésa la única razón por la que algunos pudimos sobrevivir.
Y es que los engendros no eran inmunes al efecto de la lluvia blanca. Es más, ellos no entendían el peligro que había tras ella. Vagaban y vagaban sin sentido, todavía buscando alguna víctima, mientras sus cerebros, o lo que quedase de ello era carcomido con lentitud. Y así quedaban, nuevos campos llenos de cadáveres. Nuevos campos de muerte, donde se alimentarían los demás engendros, aquellos que no vieron el blanco velo del sueño.

Pero entonces, ¿Qué era el asunto de esta bestia? La ceniza simplemente caía sobre él, llenándolo un poco, cubriéndolo como una capa suave y certera, y él sin reaccionar, sencillamente continuaba su labor. Creo que lo anómalo de la situación hacía más por crisparme los nervios que todo lo demás. Después de que la noche hubo caído, incluso después que la ceniza terminó de caer, seguía él ahí. Ya no había mucha más comida y él se esforzaba en desmigajar lo que quedaría de los últimos. Entonces fue que aproveché el débil fulgor de la luna. Después de todo, seguía siendo un humano, ¿no es así?
No iba a contener mi curiosidad.
Para empezar, algo de su constitución sí delataba que un día había sido un humano. Sí, y eso era lo más morboso. Podía verse aún la forma de sus vértebras, aunque habían adquirido un tamaño espantoso. La piel, magullada, tenía una apariencia quebradiza, no como si fuese coriácea, sino más bien cual si hubiese sufrido roturas en parte importantes. Pensé por un momento que eso sería lo más natural en una criatura tan antinatural. Sin embargo, ahí terminaba lo que de reminiscencias humanas tuviera. Las partes socavadas de la piel mostraban una profundidad espantosa, en unos surcos de un tinte estremecedor. Se los veía purulentos y pútridos, pero firmes pese a todo. Y de ellos, horriblemente, brotaba algo, rígido, opaco, pero indudablemente resistente.
La cornamenta, a su vez, era sucedida por capas de extraño carácter, que parecía quitinoso, y siendo más aberrante aún, entre ellas se veían unas perforaciones extrañas, perfectamente circulares y de una profundidad que con sólo observarlas se encogían los nervios.
Todo esto, su deformidad y su tamaño, y además, el hecho de que era inmune a lo que ya para mí era una ley natural, hacían que lo viese con ojos distintos. Maldito monstruo. No pude ni dormir del terror ni tampoco osar moverme un paso, con la fascinación de su visión y su respirar pesado, durante el tiempo que esa criatura estaba inconsciente, durmiendo sobre los cadáveres semi devorados.

Y la ceniza siguió cayendo. Fue también por eso que no cedí al sueño.
Ya cabeceaba un poco, cuando las últimas hebras de la sustancia blanquecina caían corcoveantes y parsimoniosas, como deseando hacer un escenario onírico. Podían verse a través de un fulgor lejano, casi inmaterial que atravesaba la ventana desde donde miraba y se deslizaba hasta hacerse ver, con si con timidez llegase, éste amanecer irreal en un mundo destruido.
Irreal, irreal e ilógico. Extraño e imposible también, quizá…

Eso último no fue parte del fulgor del amanecer.
¿Acaso entré en un estado de sopor sin darme cuenta?
Un resplandor rosado, casi purpúreo apareció en la nada blanca, impulsado en su brillantez por la primera luz del día. Era algo físico, yo lo sé. Era algo vivo, allá a lo lejos.
Y desapareció casi al instante, bordeando una esquina de las ruinas. No pude contemplarlo siquiera por un segundo más.
Y me levanté con violencia, casi lanzando un grito.
Es increíble el punto al que llega la mente cuando el paroxismo la empuja a hacer cosas irrealizables. Impensables además, como el dar un paso al frente, luego otro más, y luego sencillamente saltar, sin una esperanza de llegar a nada, sin una esperanza de saber qué encontraría.
El golpe fue sordo, lento y totalmente mudo, con el espesor de la capa de ceniza, la que amortiguó todo efecto de mi salto. Mi respirar sí era pesado, pero mi corazón, disparado a más no poder, era lo que más me preocupaba. Sí, miré hacia un lado y allí estaba: una montaña de carne deforme, rígida y convulsa en un sueño que sólo las mentes más perversas podrían imaginar. Debajo manchas gigantescas de sangre destruían la inmaculada escena manchándola de obscenidad.
Caía todavía un poco de esos corpúsculos, alrededor. Yo no tenía miedo.
Y esa criatura podría estar sólo durmiendo. No el sueño de la ceniza, sino un sueño que terminaría. En cualquier momento.
Yo no tenía miedo.

Y la ceniza pareció tan sólo nieve, en los primeros momentos, cuando mis pasos la zarandeaban un poco por acá y allá, sacudiéndola, dotándola de la vida que yo también sentía correr por mis venas, como un recuerdo que a sabiendas es una mentira.
Por ello no escuché su respirar cuando todo aún no comenzaba.
Y esa calle se convirtió en un paisaje hecho de magia. Ya no había más muerte, no más perversión, ni despojo.

Entonces fue que estalló. No era sólo un simple ventanal, sino era más como el reflejo de la realidad, que al quebrarse me golpeaba de nuevo con su enferma y cruel certeza.
Sólo luego de recuperarme del barrido que había tenido que realizar pude mirar a la criatura. Su brazo alargado, bestial, deforme, gorgoteando una sustancia rojiza, ese miembro infecto, había errado.
Pero no iba a repetirse. Esa criatura quería mi carne trémula y mi sangre fresca. Supongo que yo tendría un gusto diferente al no ser un engendro más. El segundo golpe fue mucho más certero y esta vez sí logró hacer un impacto. Fue la milagrosa presencia de la ceniza en ese páramo lo que amortiguó al menos un poco el golpe.
Así, el dolor que sentí tan sólo fue infernal, corrosivo, pero no mortal. Lo suficiente como para darme cuenta de que mis piernas no estaban rotas y que podía caer con ellas.
Y más aún, preparar, amartillar, apuntar…
Un tiro certero, justo en el centro de esa afiebrada y repulsiva cabeza. Los ojos desprovistos de todo rastro de una pupila se contorsionaron de dolor y un manantial sangriento brotó de su nexo.
Un retortijón de la bestia me produjo escalofríos. Su agitación casi me enloqueció de asco.
Pero no iba a ser suficiente como para menoscabar mi sentido de justicia. Nada de humanidad quedaba en esa mirada vacía y hambrienta y en ese cráneo febrilmente deforme. Sus mandíbulas batientes, las cuatro actuales, me negaban toda posibilidad de compasión.
Y fue allí que apunté la segunda vez.
Y el tiro sí impactó. La herida, agrandada, se convirtió en un manantial, que en el segundo siguiente también me cubrió por completo. Mi fusil era un arma certera, un arma contundente y devastadora. ¿Por qué no iba a ser también extremadamente dolorosa cuando no fuese mortal?
La agonía de la bestia se había convertido en ira. La ira en paroxismo. Y todo, todo estaba destinado a destruirme.
Un salto hacia delante, puro instinto, logró salvar mi vida, aunque exponiéndola incluso más.
Claro, la contextura encorvada del monstruo permitía perfectamente que alguien que aún era humano se cobijara en sus infectas entrañas.
Pero desde esa posición estaba a merced de sus garras, de sus colmillos y cualesquiera horrores que pudiera prepararme. En los segundos que siguieron agradecí al dios ciego quela gente adoraba hace tanto. Sí, agradecía la oscuridad de esa estructura, ya que me protegía de la visión de la perversión en que se habrían convertido las entrañas de la criatura.
Agradecí también su limitado intelecto, que la redujo a husmear el rededor, iracunda. Tiempo suficiente para recargar.
Pero sabía bien que una bala no sería suficiente. De ser así el primer tiro lo habría liquidado. No, necesitaba algo más… quirúrgico.
Mi bayoneta relució como deseando el momento siguiente. Y no le negué el placer. Un tiro brutal, un corte casi artístico. Y un hedor visceral.
Y manchado, así como estaba, tuve que abrirme paso, a razón de otro disparo que quebrase la contorsionada pierna que me cercaba.
Varios pasos me alejaron lo suficiente como para contemplar.
Pero no para escapar, realmente.
La mañana era incorpórea, irreal, pero dolorosa igual. Más con las garras atenazándome y levantándome en alto. Por un instante estuve a punto de soltar mi fusil, del dolor. Sentí mis costillas crujir un poco, y un ligero hilillo de sangre brotar de mis labios cerrados con fuerza para contenerme de gritar.
El lomo de la criatura era lo que asemejaba la retorcida caja torácica de lo que un día había sido humano. Una parte de ello resoplaba, como un aliento que brotase desde lo más interno de ello. Desde mi posición sólo eso podía ver. Sólo eso y un instante que casi me produjo una carcajada de horror, sobrepasando incluso el dolor del aprisionamiento.
Siguiendo con la vista la estructura que debería ser una espalda uno veía de todo. Escoriaciones, cicatrices, hendiduras, protuberancias y un limo blancuzco entremezclado con otros rojizos. Sólo al final, cuando lo que parecía la columna comenzaba a retorcerse, uno notaba algo más extraño. Y es que de una espalda, brotaba un torso. Sí, así como lo escribo.
La columna se erguía un poco y metamorfoseaba su forma, torcida y perversa, haciendo lo que debería ser un vientre famélico. Sobre éste una verdadera caja torácica, no esta aberración, respiraba con fuerza. Y de ella pendían muñones de los que colgaban huesos desollados, sin un motivo en claro. Y el cuello, el cuello de aquella criatura…
No, no debía pensar en lo que estaba allí. Me bastaba con saber que podría ser un sitio vulnerable. Entrecerré mis dientes, haciéndolos restallar, y a la par, mi fusil volvió a su posición, y un tiro certero chilló en el amanecer que por fin llegaba.
Le reguero de sangre que siguió fue simplemente dantesco. No entiendo cuánta podría contener un cuerpo como este, pero evidentemente era mucha. Pronto estuve casi inundado en una verdadera lluvia de sangre.
Pronto la ceniza se hizo un colchón de roja vastedad, donde mi cuerpo exánime cayó rendido. Apenas si podía sentir mis huesos. No podía saber cuán herido estaba, y no podía levantarme para comprobarlo. Pero eso no era lo peor.
La lluvia. La lluvia.
Y el infierno.
Yo siempre recordaba a mi ángel. Aquellas noches en que ellos roían las paredes de mi refugio.
Cuando lograron herirme. Cuando estuve muriendo, la primera vez.
Nunca la olvidé. Nunca podría…
Pero el infierno no lo perdonaba. Tan sólo existía eso, que caía del cielo y que me recordaba que no había esperanza. Sin importar lo vivo que estuviese, tan sólo era una brizna en un mundo envuelto en llamas rojas de destrucción.
La luz llegaba. Era un nuevo sol, el que venía siempre detrás de la nube que nos dejaba la ceniza. Y la sangre siguió. Sólo entonces mi cabeza giró un poco, imperceptiblemente. Mis ojos siguieron una pequeña trayectoria, y vi algo más allá.
Y ese fulgor de nuevo. ¿El mundo tenía un pequeño resplandor violeta?
Un despertar. Un llamado. Después de todo, podía moverme. Lo suficiente como para levantarme dolorida y lentamente. Mis pasos resbalaron y se deslizaron entre la sustancia en la que convertía la sangre a la ceniza. El escenario era de sueño eterno; también de devastación.
Cayeron unas últimas gotas. El brillo volvió a ocultarse en el recodo de antes.
El sueño en medio de la ceniza. El monstruo destruido.

El amanecer por fin cesó.
El brillo de la mañana me abrazó cuando volteé aquella calle. Sostenía mi cuerpo en mi fusil, pero éste cayó a un lado, exánime, en vista de que yo no iba a hacerlo pese a todo.
Y es que en la alucinación del momento, entre el sueño de la ceniza, entre la lluvia de sangre, entre el pánico y el terror de la vida que tenía, había lugar para una visión demente.
De rosada envergadura, de brillante elegancia.
Y como la nube de ceniza se levantó un día, una nube también agitó el viento y se lanzó hacia el infinito. Aquella fue gris. Ésta resplandecía violácea y lanzaba un corcoveo aullante.
El canto de los flamencos.
Había algo vivo en este mundo aún.
Y volaba, libre, hacia donde señalaba la luz.

jueves, 13 de mayo de 2010

Las Máscaras de Alicia (Parte quinta y final)




Tenía miedo, Antes de darme cuenta la noche ya había pasado. Deben haber sido horas tenebrosas, aunque no las puedo recordar bien, borrando las señales del crimen que me había hecho libre.
Sólo cuando parecía que ya estaba terminando, la sensación corpórea regresó a mí. El hambre y la sed del agotamiento de toda una noche de macabros trajines me vencieron…
¿En serio era otra persona, aquella Alicia?
¿Por qué entonces me conocía tan bien?
¿Por qué iba a preocuparse acerca de mí, hasta de la menor minucia de mis problemas emocionales?
¿Por qué…?
No,… ya no iba a preguntármelo. Ya no deseaba pensar más. No quería que nada más penetrase en mi mente. Ya era suficiente. Ya no más.
No sé si habrá sido compostura o una señal más de enloquecimiento, pero para cuando el timbre volvió a sonar yo estaba rebuscando algo entre los diferentes platos y recipientes donde habían quedado los restos de mi padre. Al parecer La Otra no se había llevado lo que fuera mi progenitor, sino la comida que éste había llevado a casa. O al menos eso quise pensar… había otra idea en mí, pero ese no era el momento.
Cuando finalmente obtuve un tazón de plástico donde estaba algo que confirmaba que eso era mi padre, el timbre insistió. Di un respingo y al abrir la puerta Emily apareció con un rostro preocupado. Una vez más caía en cuenta del tiempo que había pasado.
Me han contado de lo que ha pasado… pensé que ese hijo de puta del Andrés te había hecho algo…
…No… ¿cómo crees? Le he estado sacando su…
-hice un gesto altivo con la mano y entonces nos miramos. Mi hermana mayor, casi… Si tan sólo hubiese podido saber un poco. Tal vez ella supiera desde cuándo estaba loca-
che, mi viejo ha salido un buen rato. ¿Quieres huevear un poco?
Jajaja, con gusto. Estaba podrida en mi casa. he conseguido un libro nuevo, dice que con cierto conjuro en el piso podemos hacer que se le caiga el pelo a alguien
La rutina fue la de siempre. Ella tenía consigo un ejemplar de ese libro tan infame, el temido y a la vez respetado Baldor, a la par de que yo había sacado conmigo la tabla ouija que me había comprado la navidad pasada no recuerdo bien dónde. Teníamos la extraña idea de que si llamábamos a un espíritu para que contestase nuestras preguntas, al momento de usar el libro ése, luego le sería más fácil comunicarse por medio de la tabla.
Una tijera y algo de equilibrio…
Ella y yo reíamos. Era como en los viejos tiempos, pero, me sentía extraña, No era sólo que había visto dos muertes ya, además de que una fuera mi propio padre. Era además, saber que estaba involucrada en ambas, sin saber aún en qué nivel… mi paciencia se acabó…
Debe haber sido la tarde de un lunes,… sí, eso puedo creer…
Veía de manera casi piadosa el libro pendiente de las manos de Emily. La veía con piedad a ella. Eso no eran más que juegos de niños. Y fue recién en ese momento que comprendí lo que dijo Andrés esa noche perdida en el tiempo.
-¿Sabes qué?... Esto no son más que huevadas…
-¿Ah?
-Estos jueguitos… Tú y yo nos hacemos a las oscuras con estas cojudeces… estamos tratando de invocar espíritus por puro juego… ¿Acaso estamos tratando de sólo evitar la mierda que es nuestra vida real?
-No sé de qué me estás hablando… ¿Te ha vuelto a pegar tu viejo?
-¿A ti te han hecho caso los tuyos? ¿Te han mirado siquiera? A que en tu casa ni sabían de tu tocada del sábado…
-Tranquila… si quieres me voy nomás. No te quiero meter en problemas con tu viejo. Parece que se ha puesto peor…
-¡Peor! Ja…. Ja… ¡jajajaja! ¿No quieres dejar de jugar?
¿Quieres ver algo jodido, pero jodido…?
-Yo… ¡ey…!
-Tú nunca has sabido lo que se siente que alguien tenga todo su poder sobre ti. Alguien que en lo más profundo sólo te desprecia… ¿Sabes lo que es vivir pensando en que cada día podría reventarte a golpes por nada…? Y lo peor es que le debes respeto y deberes a esa persona… a esa piltrafa… ¡a ese montón de mierda! –Había arrastrado de la mano a mi amiga hacia la cocina y allí, mientras le gritaba señalaba hacia el refrigerador. Estaba totalmente azorada. Apenas si la veía. Tan sólo veía la oscura silueta de mi padre, los días en que me golpeaba por todo, por haber nacido.-
Toda la vida he visto que alguien sin valor, alguien ruin y despreciable como él haya tenido todo el poder. ¿Yo qué le hice? ¡¿Nacer?! ¡¿No ser cómo él?!
…Bueno… ya es tarde, pero puedo ser un poco como él, ¿sabes?... después de todo, puedo saber cómo es, de principio a fin… ¿lo quieres ver?
Abrí el refrigerador. Emily dio un respingo y empalideció. Sin embargo, el horror la plantó en su sitio, para que siguiera viendo.
-Ahora lo tengo por partes… je… mejor es que puedo ser un poco como él,… mira
Ahora yo puedo ser quien mande… jejeje… jejejeje...
Fue allí que Emily no aguantó más. No dio un solo grito, ni una exclamación. Seguro y le dí miedo…
Tan sólo salió despedida. Escuché el portazo cuando hubo huido, y yo caí de rodillas al piso, riendo quedamente aún. Quisiera dejar de recordar eso al menos. El olor de la sangre fría en mi boca. La sensación de tener a mi padre tan cerca, aún…
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La tarde siguió transcurriendo y el abrazo del crepúsculo llegó hasta mí en la misma posición de siempre. Sentada ante la nada, con la sala revuelta, sólo que algo había cambiado.
La casa estaba hecha mierda, la había limpiado, pero no recuerdo cómo se ensució otra vez…pero, estaba tranquila a pesar de todo, Por vez primera esa sensación de tranquilidad tuvo una razón de ser, era libre, ya no habrían golpizas nocturnas, no habrían reproches y además me estaba conociendo más a mi misma….
Y eso pese a que seguía manteniendo esa horrenda máscara en mi faz. Luego de un buen rato me la quité. La coloqué sobre la mesa y la contemplé un momento largo.

Levanté la vista. Aquellas palabras venían de esa figura que ya no quería volver a ver. Una capucha, un solo ojo de mirar afiebrado y una cabellera negra sobresaliendo de uno y cubriendo el otro. Una pose encorvada y una sonrisa imposible de definir.
-¿Por qué extraña? Han matado a mi padre y yo soy feliz… ¿Es por eso?
-No. Me refiero a que conserves sólo esa parte. No le veo un motivo.
-Nada que ver. Lo demás está ahí en la cocina, donde lo guardaste…
-Yo no guardé nada, pequeña Alicia. Tú eres quien se ha encargado de todo. Yo no he tenido que hacer nada.
-¡¿Quieres parar con eso ya?! Si estoy loca y sólo yo te veo… ¡mejor me dices! ¡¡No me importa el acabar loca, pero quiero saber si ya lo estoy!!

-Qué simple eres… ¿Sigues teniéndole miedo a que alguien te castigue?
-¡Claro! ¡¿No ves lo que hemos hecho?!
-Ya te lo dije. Yo no hice nada. De todo te has encargado tú…
-¡Basta! ¡¡Desaparece de una vez!! ¡¡Mi vida estaba bien sin ti!! ¡¡Desaparece, mierda!!
Hice el ademán de levantar un brazo, como si fuese a golpearla. Dios, lo habría hecho, sino hubiese tenido aún el temor de lanzar el golpe y encontrarme con que no había nada allí. Creo que fue mejor que ella resoplara y me contestara, en un tono que hizo detener no sólo mi movimiento, sino incluso los latidos de mi corazón.
-No te atrevas… ¡¿He hecho todo esto para protegerte y así me agradeces?! ¡Niña estúpida! Me he esforzado en ti y ahora resulta que no eres más que una cobarde hipócrita… ¿No acabas de entender, imbécil?
¡¡Tu viejo era un sujeto malnacido, un absoluto despojo de persona!! ¿Acaso debes preocuparte porque se haya muerto? ¿Entiendes o no que ya eres libre? ¿Para qué estás guardando esta máscara?
-Yo… yo…
-Claro, debería saberlo… olvidé por un segundo que yo soy tú, y que tú no eres nadie. A ver… ¿así te la pones? ¿Piensas que con esto hablas como tu padre? ¿Con autoridad, sin que nadie pueda contrariarte?
-…Sí… creo que es eso…
-Qué asco, te gusta usar porquerías...Puede que por un tiempo la necesites. Sólo que... hay algo que debes hacer todavía para ganarte tu libertad… debes demostrarme que la mereces…
Di unos pasos y cuando estuve cerca, me apretujó con fuerza y susurró unas palabras a mi oído. Aún después de todo lo que había ocurrido, no pude evitar horrorizarme. Obviamente ella lo notó, pues me miró, entre divertida y expectante.
-Yo… no puedo hacer eso… no… No puedes obligarme…
-De acuerdo. No puedo obligarte… Pero tú sabes que no puedo faltar a mi deber, ¿no?
-Si…
-Sabes que si alguien destrozado, sin libertad, está ante mí… yo debo liberarlo… Decide. Lo haces tú o lo hago yo.
La Otra Alicia me dio la espalda y se dirigió con paso lento hacia la puerta. Hizo un gesto enigmático cuando la traspuso, y luego, sólo quedé yo, sola, inmersa en la oscuridad, con un crepúsculo de nunca acabar, hiriéndome todavía, hiriéndome como todo el mundo lo hacía porque no quería liberarme.
Y lo peor es que sí tenía que hacerlo…
Pobre Emily… todo dependía de ella.
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Frío martes. Frío mundo, mudo también, pues nada en él me decía ya algo. Mi uniforme escolar parecía tan sólo una enseña. Un disfraz ridículo que trataba de imitar años donde aún tenía una vida. Donde todavía estaba esclavizada y sojuzgada.
Muy a lo lejos, en la entrada a mi escuela, pude ver a Emily. Su silueta imponente era como siempre lo había sido, excepto por un par de detalles. Para empezar, la clásica comitiva de amigas que la acompañaban siempre ya no estaba ahí. Para terminar, estaba la expresión que adquirió cuando me vio llegar.
Seguía ese aire de hermana mayor. Sólo que también había miedo en ella, pese a la expresión resuelta de su mirada.
-Alicia…
-Emily
-¿Qué fue lo que pasó ahí, amiga…?
-¿Dónde? ¿En mi casa?
-Claro, dónde si no…
-Muchas cosas. Necesarias, supongo…
-Creo que te entiendo. ¿Sabes? Un par de veces llegué a ver las heridas que tenías en la espalda, o que sobresalían por tu cuello.
-No hables de eso.
-¿Cómo no voy a hacerlo?.. Yo… tan sólo quiero decirte que comprendo lo que ha pasado. El mundo no es como debería. Ahora podría reprocharte muchas cosas, pero sería injusto. Terriblemente injusto.
-¿No lo vas a hacer?
-No podría. Él se lo merecía. Lo que hayas hecho, se lo merecía. Pero… ya no importa. Yo te ayudaré, hermanita... Yo te ayudaré… tenemos que limpiar eso… y de protegerte,… podemos hacerlo todavía.
Día de colegio, frio… la Emily me evitó todo el día, pero al final me hizo llegar una notita (una de sus costumbres)… su palabras con ese tono cálido, con ese cariño que siempre me había tenido, me llenaba de más miedo. ¿Cómo podría cumplir mi misión? ¿Cómo iba a liberarla a ella? Es decir, era una chica fuerte, capaz de sobrevivir a todo, capaz de ayudar a alguien como yo. ¿De qué había que librarla?
Definitivamente Emily era la mejor persona que jamás conocí. Ella me protegió en todo momento. No se separaba de mí sino hasta que era inevitable. Iba junto a mí a casa. Me proveyó de un poco de comida, y además, trató de hacer que yo olvidase las sombras de lo sucedido en esos días.
Esa misma tarde ella me acompañó a casa. Ambas, con temor, fuimos a ver lo que estaba en el refrigerador. Teníamos que deshacernos de lo que quedaba de mi padre.


El viernes , nos vimos como siempre en nuestro improvisado cubil, ella quería que yo volviera a mi vida normal… olvidarme de algunas cosas,quería que esté bien…
Tras recitar un par de salmodias de un ridículo libraco de magia negra, ambas nos cagábamos de risa, era como volver a los viejos tiempos, donde todo aún era muy negro o muy blanco…

Con soltura, con inocencia nada más, me dijo:
Y pensar que ese maricón del Andrés quería meterse con nosotras esa noche. El muy cojudo ni va a volver al colegio, parece…
-Ése imbécil… Debe haberse muerto…
-Qué jodido,… yo creo que debe estar lloriqueando en su casa porque le cambien de colegio. Es un mimado de porquería… Sus viejos son como los míos, pero con quivos…
-¿Como tus padres?
-Como mi familia en realidad… sabes que los muy tarados ni se enteran de lo que hago… a veces pienso que estaría mejor sin ellos.
-… ¿Eso crees?...
Desde que ella había nombrado a sus padres, una sensación como de cosquilleo llegó a mi cabeza, internándose muy profundamente. Creo que hizo un coro extraño con la luz pálida y fría de la luna que se levantaba lozana. Puse mis manos en mi frente y bajé la cabeza, adolorida.
-…..¿Alicia? ¿Qué te pasa?
-Nada… estoy… tan sólo pensando en algo…
-¿Te sientes mal?
Ya no respondí. Éste es el punto cuando mis recuerdos se truncan. Es ahí donde debo haber perdido finalmente a los lazos que ataban mi cordura. ¿O habrá sido antes? Ojalá alguien me pudiese decir desde cuándo estaba loca.
Y mi cabello, sacudido, cayó sobre un lado, cubriéndome un ojo. Y la luz blanquecina me convirtió en el espectro que me hizo libre, privándome de mi vida.
Entonces Emily pegó un respingo. Yo no pude reaccionar, ensimismada como estaba. Tan sólo sentí cuando el estilete se apretaba contra mi cuello.
-Ahora sí, perra… me vas a decir qué estaba ahí ese día…
La voz cascada de Andrés se oía entre cansada y dolorida. Cuánto tiempo nos habrá estado esperando en ese sitio para poder atacarme... Sentí un poco de lástima por él, escuchando su respirar pesado.
-¡Maldito cabrón! ¡¡Mejor sueltas eso o te reviento los huevos!!
-¡¡Callate puta o después vas a ver!!!
Ah, Emily, la siempre dulce Emily. También sentí lástima porque ya tenía una idea vaga de lo que debía hacer con ella.
-Emily…Mira bien a este idiota… Hace demasiado que la locura lo sumió a él también, pese a que era un inocente. Míralo… lo único que quiere es un poco de consuelo para el peso que su alma carga, pero nadie jamás va a dárselo.
Creo que la idea que su familia tiene de consuelo es un mimo sin freno. Eso, más la locura que ha anidado en él lo convertirá en un demente, capaz de hacerle daño a cualquiera… y él no tendría la culpa.
O sea, tenemos a un joven que en lugar de apoyo sólo ha encontrado supresión y condescendencia, alguien ya sin un futuro real… pero, sigue siendo un inocente. Él se merece ser libre. Hay algo que todavía se puede hacer por él. Hay una forma de ayudarlo.
¿Quieres ver cómo podemos ayudarlo? ¿Qué podemos hacer por él?

Emily ni siquiera pudo replicar. Vio todo, la trayectoria de la hoja mellada y delgada que hundí con fuerza en el cuello de Andrés. El chico se retorció con más fuerza aún, mientras la hoja cercenaba con lentitud su faringe y brotaba de nuevo por fuera. No pude evitarlo, yo era una novata,… o quizá estaba todavía recordando bien…
Emily no gritó. No me detuvo. No se movió sino cuando no pudo soportar más y su cuerpo cayó a un lado desarticulado, ya inconsciente por tanta impresión.
Mejor así. No quería explicarle lo que iba a hacerle. No era tiempo aún…
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Y…
¿Si en ese vacío creado por la oscuridad nada puede existir…
…Uno puede ser oído…?
Su mejor amiga… un recuerdo perteneciente a esa oscuridad que la rodeaba. Emily ya sabía lo que iba a pasarle… La pequeña Alicia era, más que nadie, la persona más importante del mundo para ella.
Lo único que de verdad importaba en la vida de Emily. Desde que tenía conciencia, sus padres habían sido algo así como un espejismo tras una imagen borrosa

Recordó un día, de niña, cuando un perro que pasaba de tanto en tanto por su casa la atacó sin un motivo. De poco sirvieron sus lágrimas, y la misma enseñanza de sus heridas aún sangrantes. Sus padres se limitaron a disculparse con los dueños del perro porque ella, defendiéndose le había reventado un ojo.
Y fue junto a estos recuerdos, que tomó conciencia de su posición. Conociendo a la gente que debía protegerla, supo que estaba perdida.
-… Ja… jajaja,… Y los cojudos de mis viejos ni me van a notar. Bueno, creo que al final pude hacer algo en la casa. Me decían que aportara algo, ¿No? … cabrones… nadie va a venir. La Alicia debe haber pensado que ya estaba muerta y me habrá tirado por algún lado… ella… la única persona a la que hubiese querido proteger… ella… está tan perdida como yo. Creo que lo mejor es que me muera nomás. Ja, si va a ser así, a darle prisa. Ya no queda mucho que hacer, de todas formas…
La puerta se abrió con un restallar, y una explosión de luz llenó el sitio. Allí fue que pude verla. Ella, recamada contra una de las paredes de mi casa, rodeada sólo por sombras. Sola, sin nada en el mundo, sin una sola esperanza.
¿Cómo no libertarla?
-Hay demasiado en el mundo como para que te llenes la cabeza con semejantes estupideces. Nunca estamos totalmente solos. Nunca queda nada más. ¿No has pensado en toda la dimensión de la vida que se te ofrece desde siempre? No has vivido ni siquiera un ápice y crees que has gastado todas tus posibilidades… ¿Crees que porque me he muerto ya no queda nadie en el mundo? ¿Y qué hay de ti? Si no aprendes a valorarte esa soledad te perseguirá por siempre.

Creí notar un movimiento en las sombras del depósito. Su figura se irguió con lentitud, y sin temor, sin dudar, ella se acercó a mí.
-¿Alicia? –Dijo en un susurro- ¿eres tú? ¿Dónde está el Andrés?
-Aún te preocupas por alguien que ya está libre… todavía no entiendes nada…
-¿Entender qué? Amiga, ya basta, has hecho un montón de mierda estos días… -ella caminó un poco y se sentó en el mismo lugar donde yo lo había hecho hacía demasiado- ¿A cuánta gente más has matado…?
-…Liberado… -corregí, al tiempo que le daba espacio.
-Carajo… estás loca ya, ¿no?
-¿Loca? Qué estupidez. De hecho soy la única que está cuerda aquí…
-…Perdón…
-¿Por qué? ¿Porque no pudiste salvarme de matar a mi padre? ¿Por no evitar que liberara a ese niño tarado? Tú misma dijiste que mi padre se lo merecía… y el otro se lo merecía más…
-… Ya cállate… ¿Dónde estamos?
-Éste es un espacio de vacío cuántico. Lo que ves aquí es sólo una posibilidad de lo que podría existir. Este lugar no existe, sino porque quieres que sea así… Así que tu pregunta en sí es errónea…
-… ¡¿Por lo menos has pensado en lo que nos va a pasar?! ¡¡Has matado a dos personas, una frente a mí!! ¿Qué vas a hacer ahora?
-Responderé a la única pregunta que vale la pena responder. Lo que voy a hacer ahora es simple. Voy a matarte.
Emily no me replicó con una mirada de terror. Parecía más una visión furibunda.
-¡¿Qué?! Ya estás demente… Yo no me quedó más aquí…
Aún sigo lamentando lo que tuve que hacer, pero ella no era como yo antes de entender mi misión. Ella era una mujer fuerte. Y como toda persona fuerte, se aferra a como cree que funciona el mundo. ¿Ella creía que yo sólo era una loca? ¿Qué mis palabras no tenían sentido? Vale, pero no iba a irse sin que hiciera algo más por ella.
Así fue que antes de que terminara de erguirse icé sobre mí el estilete que se había cobrado la vida de Andrés y lo clavé, sin dudar, con fuerza, en la palma de mi amiga. Ella lanzó un chillido apagado, que luego terminó en un gruñido.
-¿Viste lo que hice con mi padre, no? Mejor no intentas contradecirme porque no nos va a llevar a nada. Déjame terminar. No voy a hacerte daño. No al menos sin hacerte sentir libre.
La sangre manchaba la mesa. Ella miró la herida sangrante y ahí sí, su visión se convirtió en una imagen rabiosa. Apretaba los dientes hasta hacerlos chirriar. No iba a permitirse una sola lágrima. No una sola exclamación de dolor.
-Ahora vamos a hacer algo, algo muy importante. Sólo cuando haya cumplido esa labor te explicaré los pormenores de tu muerte. Toma esto y para ese sangrado. Vengo en un momento.
La bolsa que contenía los huesos de Andrés no era ni muy grande ni muy pesada. No representó mucho esfuerzo salir hasta el exterior del bosquecillo en penumbras con ella. Lo único difícil fue lograr que Emily me acompañase sin presentar problemas. Aún resoplaba por el dolor, pese a que se había aplicado un torniquete y su sangrado no era tan preocupante. Creo que lo único que la contuvo conmigo era el sempiterno ambiente lúgubre de los arboles sumergidos en sombras.
Luego de un rato la luz escapada de la ciudad delineó unas siluetas vagamente. Ella las reconoció casi al momento. No cabían dudas. Ella era más lista que yo cuando me las mostré a mí misma antes. Por eso mismo ella intuyó que llevaba esos hueso a ese sitio.
-¿Por lo menos vas a enterrarlo entonces?,… Todavía no estás hecha un animal. ¿Y qué hiciste con el resto?
-Tan sólo lo he aprovechado... No puedo dejar que la cáscara de un inocente se desperdicie. Así además, su alma descansará de manera más pacífica. La carne se pudre, se corroe y lo que queda de ella es ruin, imposible de llamar espiritual. Piensa en esto. En los huesos. Ellos son diferentes. Su estructura se convierte en una blanca elegía de lo que un día sostuvieron. Son puros, en esencia. Son lo único que merece descansar en paz.
Mientras hablaba hacía una cavidad en la tierra. Aunque no la veía sabía que ella me escuchaba. Lo sabía porque yo también me había escuchado a mí misma, en algún momento, antes de que fuese libre.
-Ya está. Espero que hayas entendido mis palabras. Es esencial porque sino no podrías comprender lo que tengo que hacer. Lo que tienes que hacer por mí…
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-Mirá a esta tarada… ¿dónde te has hecho eso ahora?
-Eso te pasa por estar en esas tonterías. Seguro los de tu pandilla te han hecho eso…
-Mirala a la Emily…. Se va a hacer putear.
-Cojuda… ¿qué nomás te habrás hecho?

No hacía falta una explicación. La chica tan sólo evitó la presencia de esa familia que estaba a su alrededor. Compartió con ellos esa comida frugal, repasando silenciosamente las enseñanzas que hubiese recibido. El asunto era que mis palabras eran como las lecciones importantes. Sólo se las entiende a cabalidad cuando se piensa mucho tiempo en ellas.
Debe haber sido muy duro para ella. Tuvo menos tiempo para aprender que yo. Pero, era necesario, sino alguien más la librearía… no, eso no podía permitirlo…
Sí, ha de haber sido muy duro, el ir contemplando sólo en reflexión; el poco o nulo valor que la vida circular, la vida en la que estábamos encerrados todos, tenía al fin y al cabo… El poco valor que tendría el haber nacido en esa familia.

-Tienes que hacerlo por mí, ¿está bien? Recuerda siempre que yo te quiero.
Sólo debes hacer algo. Será mañana por la mañana que yo te busque. Será temprano, muy temprano. Para entonces tienes que decirme una simple cosa. Tienes el derecho de llevarte a alguien contigo. Tan sólo piénsalo en tus sueños. Alguien más morirá mañana, junto a ti, sólo hace falta que me digas quién va a ser.
Emily, recostada mirando hacia la nada, pensaba en la pesadilla en la que estaba inmersa. En la infinita soledad de su vida. Esa chica que le había encomendado esa macabra misión no era ya Alicia. Ya no quedaba nadie más. Nadie en el mundo. Era el momento ideal para morir, pero sentía que no podía hacerlo en paz. Por vez última había sentido el desprecio de su familia. Por última vez se había sentido apartada en el extremo, ignorada y apenas si reprochada. Sintió una sorda recriminación hacia lo que le quedaba de mundo. Porque… después de todo, ya sin Alicia sólo estaba su familia y ya nada más.
“-¿Cómo no voy a hacerlo?.. Yo… tan sólo quiero decirte que comprendo lo que ha pasado. El mundo no es como debería. Ahora podría reprocharte muchas cosas, pero sería injusto. Terriblemente injusto.
-¿No lo vas a hacer?
-No podría. Él se lo merecía. Lo que hayas hecho, se lo merecía.”

Ellos se lo merecían. Su soledad iba a permanecer en su muerte también. Entonces, ¿Por qué no hacer una pequeña muestra de justicia?
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Cuando Emily abrió los ojos, yo ya estaba allí. No se sobresaltó. Sabía que iba a estar allí.
-¿Ya lo sabes?
-Sí. Vas a tener que ayudarme. Son varios.
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Los padres de Emily murieron rápido. Ella les tapó la boca con celeridad y yo tan sólo clavé un punzón afilado en sus sienes. Rápido, indoloro. Frío.
Pensé que se detendría cuando proseguimos con sus hermanos, pero por lo visto tenía sus objetivos bien en claro.
-¿No consideraste a tu hermano menor? –le pregunté, cuando abría la última bolsa donde dejar los huesos.- Digo, era un niño…
-¿Y qué? Sin mí allí no iba a tardar en quedar infecto con la influencia de mis padres. No quiero que alguien más aparezca en el mundo creyendo que lo único que importa es tener dinero y una casa.
-Has entendido mucho, Emily. Sabía que podía confiar en ti.
Una sonrisa. Una extraña quizá de comprensión, no lo sé… lo único cierto era que esa sonrisa emanaba una tranquilidad que se me hizo muy familiar.
-Vamos. Hay que llevarlos a un lugar donde tengan paz.

La mañana siempre ha tenido una apariencia mística para mí. Quizá por ello reaccionaba en imágenes así, aquellos días cuando estaba cobrando conciencia. Nada más adecuado, para un momento cuando la persona más importante para mí abría los ojos. El enterramiento fue grácil, casi cariñoso. Nunca podría decir que Emily había odiado a sus padres. Tan sólo hizo un acto de justicia, uno necesario. Como yo.

Después de un rato, el silencio nos rodeó. Un poco de viento ondeó, agitando su cabellera. Me hundí en la capucha que cubría mi cabeza.
-¿Y bien? –Preguntó ella, sin voltear a mirarme.- Supongo que ha llegado el momento para mí. Vamos, date prisa…
Esa imagen, la conservaré por siempre. Creo que jamás había querido o querré tanto como a ella. La chica fuerte que siempre me protegió, mi hermana mayor, la que quiso salvarme siempre. Era libre, como yo. Estaba hecho.
-Ya eres libre, Emily. No hace falta tomar tu vida. Tan sólo tenemos que continuar…
Recién entonces sus ojos oscuros se dirigieron a mí de nuevo. Una sonrisa, una sonrisa llena de paz, de una serenidad que sólo la tienen aquellos que se han librado de la esclavitud de la vida, podían dirigir.

-Bien entonces. ¿Qué hacemos ahora?






FiN