viernes 12 de junio de 2009

Confesiones





Síncronía de existencias...



Rondando al azar...



Deseando conocer



deseando recordar



Soledad enmarcada en un hábito



de placer

de dolor

de nada



Rabia, tan sólo



por disfrutarla, por desearla... por haberla tenido



Una pesadilla encerrada dentro de un cascarón



Ignífugo. Inexistente.



Cuánto quisiera que hubiese pasado ya.



Y el deseo sólo fuese ello

miércoles 20 de mayo de 2009

Mañanas de Sangre

Perdonen, todos los pocos que alguna vez hayan leído estos legajos ancestrales. Perdonen por la falta de atención. La ausencia de dedicación. O había olvidado nada ni a nadie, créanme, la vida me ha estado consumiendo, pero eso no pasará más.



Ahora, vayamos a lo bueno. Éste es un relato un tanto largo, pero tiene un poco de lo mejor de mí. Disfrútennlo y comenten, si pueden.

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Mañanas de sangre


Caterina miraba cada atardecer que pasaba con una tristeza extraña, cada vez sabiéndose más cerca de la realidad. Cada vez sintiendo más en su interior que aquello había visto cada mañana iba dejando de ser simplemente una pesadilla y se iba haciendo uno con aquella realidad carmesí que estaba todo en derredor.
Y la pesadilla no se detenía. Ya habían pasado las cinco noches, y aunque temblaba de miedo, tuvo que decirlo.
Su abuelo la esperaba como siempre, recamado en la poltrona de donde hacía años no se levantaba. Ella lo miró con timidez, esa mañana del octavo día, y las palabras salieron lenta y pesadamente de su boca.
-Ya ha llegado la quinta pesadilla…
La silueta de su abuelo, recortada contra la luz ruinosa no mostró ninguna reacción. Ninguna sorpresa. Él mismo se había encargado de advertirle demasiado a su nieta lo que pasaría cuando ya fuese mujer.
-Qué extraño… -dijo al fin, con voz cavernosa, que se oía venida del infinito.- tanto tiempo esperando que Él venga y ahora no estoy listo…
-¿Qué vamos a hacer?
-Ahora no harás nada más. Yo leeré de nuevo el libro que tus padres encontraron. Debo saber qué tengo que hacer ahora que ha llegado el día. Hoy tan sólo quiero que descanses. Quiero que vayas a caminar por los prados fuera. Disfruta hasta el último hálito de sol, siente la frescura y la belleza de cada instante. Vive feliz éste, que podría ser tu último día…


Algunas aves cantaban a lo lejos cuando Caterina se atrevió a salir hasta fuera de su ancestral casona. Respiró un poco del aire fría que nacía todavía, y se dijo a sí misma, como lo había hecho desde años atrás, que no valía la pena preocuparse.
Sus primeros recuerdos databan de cuando su abuelo iba enseñándole a leer. Ésos eran recuerdos preciados, incluso aunque lo que leía la llenaba de miedo. Fue por esos años que ese hombre comenzó a hablarle acerca de los problemas que ella enfrentó antes de nacer.
Nunca quiso expresarlo claramente, pero bien en claro había dejado que el padre de la niña no había sido un hombre bueno. En un principio Caterina imaginó lo que no escapaba a lo normal. Un hombre rabioso e intolerante golpeando y ultrajando a su esposa. Algo de todos los días, nada más.
Pero cuando hubo crecido un poco más, su abuelo la llevó al campo donde estaba la tumba de su madre. Un símbolo extraño se dibujaba en su lápida. La niña sintió un escalofrío. Algo parecido a ello había visto, como una cicatriz, brotando de su pecho.
De la tumba de su padre, su abuelo no habló. Tan sólo dijo que de ese sitio nadie debería saber.
Algo había de malo en cómo Caterina nació. Algo que su padre le hizo a su madre, algo que se arrastraba hasta la tumba de la pobre mujer, y hasta el cuerpo de la niña inocente.
Ese día fue la única vez en que Caterina vio derramar una lágrima a su abuelo, mientras el anciano veía la tumba de su hija, pensando todavía en los oscuros días que habían pasado y aquellos que vendrían.
Caterina limpió de su mente esos pensamientos, en tanto atravesaba el pequeño bosquecillo que separaba su casa de la de su mejor amigo.
La criada la vio llegar a lo lejos y se encargó de correr dentro para avisarle al joven Flavio que su amiga estaba de llegada.
-Nunca vienes a visitarme tan temprano querida, ¿a qué debo este honor?
-Es que mi abuelo me dio el día libre. ¿No quieres caminar un poco por ahí?
-Sí. No sabes cuánta falta me hace…
Flavio la miró por un momento, y aunque instintivamente, se dio perfecta cuenta de que la tristeza que había en los ojos de su pequeña amiga le era extraña, aunque siempre había algo de melancolía en ellos.
A través del bosque que se extendía alrededor se veían algunas de las casonas desgastadas. La techumbre en ellos era de un gris que se confundía con el cielo, haciendo de todo un paisaje de tristeza eternamente otoñal.
-¿Tu abuelo ha vuelto a tratarte mal?
-Cómo dices eso… Sólo… sólo una vez me golpeó, y fue por mi bien.
-No acabo de entender porqué ese viejo te golpearía de esa forma. Menos aún entiendo cómo es que tú piensas que es algo normal.
-No te lo podría decir, amigo mío. No puedo. Eres la única persona en el mundo a quien quiero y por eso…
-¿Por eso no te alejas de ese anciano? Me preocupas, Caterina. Quiero tanto ayudarte pero tú te empeñas en no alejarte de él.
-Tengo muchas heridas, Flavio, muchas en verdad.
-¡¿Qué?! ¿Ese anciano te las hizo?
-No estoy segura. Creo que sí.
-¡¿Ves lo que te digo?! ¡¡Debes salir de ahí!!
-Déjalo así. Algo me dice que él lo ha hecho para contenerme.
-¡¿Cómo…?!
-Shhh… quiero ver el ocaso en silencio…
-Pero…
Caterina no dijo nada más. Sólo dejó que la luz agonizante se fuese desmigajando de a poco, señalando una noche más, una vez más que la penumbra le señalaba que el fin de todo iba acercándose.
Un respingo extraño y un frío como venido del mismo infierno hicieron que Caterina saltase de su cama. La noche había sido lenta. Inexorablemente lenta. El último anochecer, con Flavio tratando de consolar sus lágrimas, parecía un recuerdo vago, de hace años o vidas incluso.
El amanecer no dejaba tampoco ese color de sangre derramada.
Y con éste, vino la señal definitiva.
Caterina tembló, en un principio, pero luego de un rato una risilla casi demente, de un alivio infinito, dominó su faz, entretanto temblaba por unos espasmos incontrolables, observando la enorme mancha de sangre que empapaba sus cobijas, rodeándola y cubriéndola.
Sabía bien qué hacer. Pero antes, cerró los ojos y dejó que al menos algo de luz llegara a ella, y que el sol también se encontrase con que la sangre ya había arribado.
Y rememoró, en su mente, lo poco que sabía de su propia vida.
Sus primeros años, cuando todavía hablaba con el resto de la gente. El poco tiempo que estuvo en la escuela, tratando de aprender algo del mundo en que jamás iba a vivir.
Tal vez durante un tiempo el resto de los niños la trataron como a una más. Ilusos. Su pueril ingenuidad no podría evitar que eso no fuese más que una mentira.
En un principio parecían prodigios, pero cuando ella pudo hablar en casi cualquier lengua, cuando leía el pensamiento de los otros, y en especial, cuando su imagen empezó a tornarse borrosa ante cualquier espejo, todos la tacharon de bruja. Y entre gritos y maldiciones estuvieron a punto de acabar con su vida.
Estaba esa noche, cuando ella regresó por vez última de la escuela, llorando quedamente y con el vestido desgarrado y los hombros y la espalda magullados por el manoseo de los otros niños. La noche en que su abuelo entró en ese frenesí extraño. La había visto y lanzado un aullido inhumano. Durante horas, hasta que el amanecer comenzó a amenazar con su llegada, él se perdió en la buhardilla de su casa. Sólo se lo oía trajinar. Su paso pesado resonaba como golpes poderosos sobre la madera. El ruido de las hojas de libros antiquísimos y prohibidos se oía feroz.
Y fue esa mañana larga, la primera mañana de sangre, que ese anciano casi destrozó la puerta de la habitación de la niña y se abalanzó sobre ella, y golpeándola contra una pared, marcó un símbolo extraño sobre su frente y dijo una salmodia que a ella le sonó como los goznes del infierno clamando por su alma.
¡Por dios, cuánto dolía! Incluso ya que todos esos años habían pasado Caterina seguía sintiendo cómo la ceniza en su frente la hería como un hierro al rojo vivo. Chilló, retorciéndose como nunca pensó que podía hacerlo, pero su abuelo no cedió. Siguió sosteniéndola con la misma fuerza. Y permaneció así, incluso cuando ella no contuvo más su dolor y comenzó a vomitar esa mansalva de sangre. Tanta salió que el cuarto entero quedó como imbuido de ella.
Caterina pudo ver un poco de la escena, con el rojo matiz de su sangre salpicando por todas partes, y su abuelo con lágrimas en los ojos, abrazándola en tanto ella iba perdiendo la conciencia y se lanzaba a la primera pesadilla.
Cinco veces había visto esa misma imagen entre sus sueños. Ella perdida en un páramo ignoto, con un único sendero que la conducía a una casa derruida de aspecto siniestro, desde donde llegaba un hedor a cadáver. Y un hombre saludándola siniestramente desde allí.
La imagen del desconocido era lo peor en ese entonces. Sus huesos eran tan afilados y su contextura tan raquítica que parecía que con su propio retorcimiento su osamenta salía de su piel. Y tan sólo vestía un par de harapos y una sucia bolsa ocultaba su faz.
Cinco veces había tenido esa pesadilla.
La primera vez, esa misma noche. Al despertar su abuelo la recibió preocupado, y le dijo que nunca podría volver a su escuela. Bastante tiempo después se enteró de que toda esa noche el sitio había ardido hasta quedar en cenizas. Ella no podría volver, no a menos que quisiese que la gente entera de ese pueblo maldito la quemara en una pira.
La segunda vez su abuelo la encerró en la buhardilla durante todo el día.
La tercera vez también lo hizo, pero en ese entonces dejó el altillo vacío, a excepción de un libro extraño que resaltaba por sobre el polvo de los años. Ella, curiosa, lo sostuvo entre sus manos por unos segundos, hasta que la visión de algunas de sus páginas la dejó inconsciente sobre el suelo. Cuando despertó, y ya la noche se aprestaba a llegar, vio con terror algo de sangre derramada por el sitio, y con horror comprobó que su virginidad le había sido arrebatada.
La cuarta vez su abuelo no repitió el ritual. Tan sólo dejó que saliese de su hogar y le dijo que cuando cayese la noche le explicaría porqué pasaba todo eso, y porqué ella era diferente.
Fue esa tarde que adentrándose por los bosques de su niñez sin manchas aún, encontró por vez primera la casa de Flavio.
Ella, triste y gris, aún herida por el cuarto sueño y lo mucho que había perdido en él, encontró en ese hombre el apoyo espiritual que tanta falta le hacía. Ella era una niña deprimida y andrajosa, que parecía haber visto hasta la última de las atrocidades del mundo, y él era un hombre joven todavía, que vivía un poco apartado de la gente para dedicarse a escribir novelas trágicas, según dictaba su corazón. Algo había pasado en su vida, hacía años, según pudo averiguar vagamente Caterina. Algo acerca de una esposa que murió demasiado pronto y una hija que se fue con ella. Mucho no cabía decir sobre esto, empero, pues una alegría que se sentía poderosamente lejana habitaba y salía desde lo más profundo cuando esta jovencita estaba junto a él.
Fue a causa de esto mismo que él se horrorizó de esa manera tan profunda cuando vio las cicatrices que ostentaba Caterina en el cuello.
Ella leía los manuscritos de aquel hombre, dando su visto bueno o malo según cómo le parecían las historias, mientras el la observaba con melancolía y odiaba al abuelo de aquella hermosa jovencita, viendo las cicatrices madurar y opacarse de a poco en esa piel pálida.

Y ella las leía, leía con más fruición incluso, pues esas páginas, con esa letra tan elegante y candorosa le hacían olvidar de a poco lo que había aprendido la misma noche en que conociera a Flavio.
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La noche del cuarto sueño, después de que hablase por vez primera con ese hombre del cual aún no sabía el nombre, regresó a casa, y fue al altillo, como su abuelo se lo había pedido.
Era una ambiente de una oscuridad impropia, mucho más profunda que la noche sin luna que se cernía sobre ellos.
La luz mortecina de una vela rojiza brillaba cerca al anciano, que de espaldas a Caterina, recitaba quedamente aquello que iba leyendo con devoción.
“-¿Abuelo?”
“-¿Ah?... ah, hija mía, allí estás de nuevo… mírate, tan flaca, tan espigada…”
“-Es que el día ha sido largo…”
“-Y la pesadilla mucho más, ¿no?
“-Ésa nunca acaba…”
“-Nunca va a terminar, hija. Naciste con ella. Tan sólo hay funestas pausas cuando ella nos engaña haciéndonos creer que aún eres una persona”
“-Pero… yo soy una persona… estoy viva y pienso...”
“-Incluso sientes. Pero eso no es nada. Sigues siendo un cascarón. El huevo infecto que tu padre dejó para que su legado no muriese…”
“-¿Mi padre?... ¿Qué me ha hecho…?
“-Tu padre ya no es nadie. Ni en el infierno ya existe. Su alma está en ese mundo que ves en tus pesadillas. Gimotea, llora sin fin, odiándote, odiando todo.”
“-¿Porqué me odia? Si yo nunca lo conocí…”
“-Te odia porque llegaste demasiado tarde. Porque tu madre supo aguantar antes de que él pusiese su maldita semilla. El ritual exigía que estuvieses en el interior de tu madre, aunque ella ya no estuviese con vida. ”
“-Mi madre… mi madre nació al darme a luz…”
“-Ojalá, y ojalá esa luz del amanecer fuese la de un mundo feliz.
Caterina, tu madre no murió al darte a luz. Estaba muerta mucho antes…”

Un relámpago asoló la casa, llenando todo de un estallido blanco. A su luz, Caterina intentó digerir esas últimas palabras. Rememoró un poco más de la escena en sus pesadillas. ¿Era acaso eso lo que se oía en ese silencio maldito? No sólo estaba la imagen de ese ser sin rostro, sino que se oía un lamento apagado.
Ese lamento tenía otro recuerdo aplacado. Algo que tal vez oyese, en el alma de su madre, que sufría después de muerta, primero bajo el ultraje, luego bajo el desgarre.

“-No me estás mintiendo… abuelito…”
“-Dios sabe bien que no puedo, por más que quisiera.”
Otro relámpago cayó. Y luego los truenos fueron sucediéndose de continuo, aunque no se oía el rumor de ninguna gota. El cielo daba una ceremonia adecuada. Habría luces perversas y la risa de los dioses sordos pero nada del dulce bálsamo de las lágrimas del cielo…

Sólo entonces el anciano giró el rostro y miró a Caterina. Ésta empalideció, afrontando la última pizca de horror que quedaba en ella. Aunque estando a contraluz poco podía verse de ese rostro, ella entrevió lo que estaba pasando.
“-Ven, hija, te enseñaré de qué estás hecha. Tal vez si sabes lo que eres no te resulte difícil acabar con tu vida.”
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El brebaje de icor sanguíneo debe prepararse, de preferencia, mientras la sustancia mantenga el calor del cuerpo del que provenía.
No hacerlo sería una ofensa al Antiguo.
Un solo vómito podría, también, convertirse en una ofensa. Muchos más, harán que el ojo que todo lo ve sonría ante Su Obra.
Si en la excreción está contenida la sangre ingerida, la luna no ha estado en posición, o el sacrificio era indigno.
Si la excreción es pura, tendrá un color que no existe en este plano material. Es con ella que debe hacerse la punción en la Madre.
Debe recordarse siempre que si la punción no genera descendencia, nunca más podrá repetirse. Es por eso que se usa en la sexta luna llena, cuando los demonios aúllan y las mujeres hacen un huevo que será vida en ellas.
El espíritu portador se llamará Aleph, en honor a su origen divino.
El Aleph contendrá el alma de quien hizo la punción en la madre.
El Aleph puede comunicar el alma del que hizo la punción de vuelta al mundo. No está en su naturaleza discernir entre las almas pérfidas y las puras, pues sólo un alma podrida sería capaz de hacerlo físico.
El Aleph está exento de cualquier esquema de existencia. No será un ser vivo, aunque lo simulará a la perfección. Parecerá estar viva. Pensar. Sentir incluso.
Es menester siempre recordar que el Aleph, al no ser un ser viviente, puede carecer de un vientre vivo para generarse.
Si el vientre estuviese vivo, el Aleph será vibrante y su espíritu difícil de quebrantar.
Si el vientre estuviese muerto, el Aleph será gris y pálido, y su espíritu tenderá a la tristeza y atraerá la tragedia consigo.
Sin embargo, mucho de la fuerza de alma perversa que lo trajo estará en ella. Si alguien osase derramar su sangre, la blasfemia estará en esa persona, y ya no más en el Aleph. Tú, Iniciado, habrás fallado, y el que haya herido al Aleph estará contigo hasta que el tiempo haya desaparecido.
Recuerda siempre, Iniciado, que al leer estas páginas, tu alma ya no pertenece a ningún dios. Que al morir será disuelta en un sufrimiento que el infierno contemplaría con terror.
Mantendrás tu conciencia siempre que logres recordar la faz que tuviese el Aleph cuando sea físico. Si no logras traerla al mundo, ni siquiera el dolor de la no existencia librará lo que quede de tu alma.
Cuando ella recuerde tu faz, tu alma estará a la vez en ambos mundos. Serás uno con el Aleph. Podrás, incluso, si te sonríe la luna, regresar al mundo vigil, y serás eterno, como la esencia divina que llevaste al mundo.
Recuerda siempre, que el Aleph se formará en una niña de ojos vacíos y de mirar frío. Que tristeza o alegría, será invencible el valor que rija lo que quede de su existencia vigil.

In Exodita Plenum Metatron. Aleph excelsi.
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La tormenta de esa noche, cuando la sexta pesadilla llegó, era muy similar a aquella seca e infernal ira de los cielos, de la noche en que Caterina supo la verdad.
Truenos salvajes desgajaban impiadosos la realidad circundante. Todo en derredor parecía estar estallando. Todo.
Y la luz blanca e iracunda de los rayos, por entre la ventana y el cuarto vacío, se convertía en un carmesí lúgubre, emponzoñando la morada donde una vez viviese el Aleph.
Caterina subió por última vez a la buhardilla de su casa. Estaban allí su abuelo y también ese cuchillo.
¿Eran eso suspiros del viejo?
Sí, en verdad lamentaba no poder librar a su nieta de la condenación con la que había nacido. Lamentaba no poder ser quien empuñase ese puñal y lo dirigiese contra el pálido y cicatrizado cuello. De haberlo hecho, de derramar su sangre, su condenación no tendría fin.

-¿Abuelo…?
-Ve en silencio, hija mía. Tienes mi amor incondicional, hasta el fin y más allá.
-No lo desperdicies. Después de todo, yo nunca existí…
Caterina tomó el cuchillo. No había duda. Así como los truenos, su vida acabaría en una explosión, esplendorosa y fúlgida…
Por su mano…


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Por entre el viento inclemente avanzaba Flavio esa misma noche, lámpara en mano, la capa enlutada todavía y los ojos prestos de una agitación terrible.
Y es que había decidido, esa tarde que observaba por vez última llorar a Caterina, llorar por quién sabe qué motivo secreto; que las heridas que ella ostentaba nunca más pertenecerían al anonimato.
Ya más de una vez había visto cómo el anciano con el que vivía su pequeña musa la observaba con una mirada extraña. NO lograba discernir qué había detrás de ella, pero su mente imaginó lo peor.
Imaginó la celeridad de un viejo espantoso, consumido por sus deseos, con una jovencita que podría saciarlos cuando él lo quisiera.
Y con esa imagen en su mente, no dudó en atravesar la lobreguez de los árboles, la quietud mística del lago y los aullidos horrorizados de los animales. Algo pasaba en la casa de esa niña. Algo malo, y él no iba a permitirlo nunca más.

La casa mucho tenía de lugar embrujado. No por nada hacía mucho ya que nadie la visitaba. La puerta desgastada dejaba un porche de madera podrida ante sí. Ningún farol pendía desde el mismo. Ninguna luz era capaz de llegar hasta allí. Mucho tenía de infernal esa oscuridad. Mucho de terror podía infligir en este pobre hombre.
Y por un segundo, él mismo estuvo a punto de dejar su cometido para luego, cuando en el cielo volviese a brillar el sol.
Pero al dar vuelta, ante él, el ulular del viento lanzó una letanía de horror inclemente. Venía desde la oscuridad más impenetrable, la que él acababa de dejar. Un quejido se extendió por el viento, yendo a estrellarse contra la nada.
Entonces, Flavio no pensó nada más. Cerrando los ojos y apretujando los dientes corrió, corrió como poseído, hacia la casona que aún ostentaba ese maldito aire lóbrego.
La puerta cedió al primer empujón. Sólo una vez dentro, el pobre hombre reparó en el error que estaba cometiendo. Entrar de esa forma, al ancestral hogar de la muchacha a la que él amaba, a expensas de que ese anciano bastardo luego se vengase con ella…

Y pensaba en esto, aún, cuando el viento se calmó al menos un poco, y él cayó en cuenta que el lamento no estaba con los árboles ni con el curso de aire.
Escuchaba un quejido apagado, arrastrarse, vibrar en las paredes y taladrar su cráneo.
Ahora, más intrigado que atemorizado, prestó oídos. Fue, poco a poco, identificando la fuente delos gemidos. Se deslizaban todavía entre las paredes, en el momento en que la intriga del hombre se convirtió por fin, en feroz coraje.
Y es que, esos no eran otros que los quejidos de dolor de Caterina. Lamentos que él detendría por fin.
Las escaleras rechinaban espantosamente, haciendo un coro con el gemido que iba aumentando su intensidad, enfureciendo más al pobre hombre.
Cuando la puerta del Altillo estuvo ante sí, dudó, empero, pues en ella había inscrito un símbolo extraño, que le causó pavor a pesar de su desconocimiento.
Una estrella de ocho puntas, con cada espiga torcida como si alguna perversidad jugase con ella.
Hubo un gemido más. Esta vez era más claro: era del viejo. Ya no había tiempo para dudas.
La puerta cedió al primer golpe, dejando ver la visión de pesadilla que escondía detrás suyo.
Flavio tan sólo oyó los latidos de su corazón acelerarse yo golpear su pecho, mientras Caterina hacía silencio de a poco.
La chica, recamada ante una figura enjuta que le daba la espalda, estaba semidesnuda. De su mano colgaba como inerte, un puñal demasiado grande, demasiado infecto. Algo de un líquido rojizo pastoso se escurría en él.
Y un poco de esa misma sustancia estaba también, en todo el cuerpo de la chica, manando de heridas infringidas a diestra y siniestra. En el suelo se escurría el rojo efluvio. Por el aire se diseminaba el olor a blasfemia que estaba creando.
-¿Qué… qué estás haciendo…? ¡¡ ¿Anciano infeliz, qué está haciéndole a esta niña?!!
“¿-Quién es ése, Caterina?”
La voz de la figura envuelta en sombras, que no podía ser otra que la del abuelo de Caterina, replicaba con una voz cavernosa, que resonaba como venida desde muy lejos.
-Oh, es tan sólo un triste hombre, que quería a esta chiquilla. ¿No quieres verlo? Se ve tan tonto… está mirándome, creyendo que sigo viva…
“-No te detengas. Debes seguir. Señor…”
Flavio tan sólo volteó un poco el rostro. Estaba demasiado consternado como para contestar.
“-Por favor, desaparezca de este sitio. No queremos extraños aquí. Váyase y olvide lo que ha visto… lo digo por su propia seguridad.”
Al unísono, Caterina sonrió torvamente y sin más, clavó de nuevo el puñal en la mano ue tenía libre.
Sólo entonces reaccionó Flavio.
-¡¿Que me vaya?! ¡¡Usted ha de querer que lo deje libre para que siga abusando de esta pobre niña a su gusto!! ¡¡Mírela, por dios!!... ¡¡No sé qué le habrá hecho pero está lamentable… si sigue así morirá por sus heridas!!..¡¡Ella no se merece esto, anciano depravado!!... ¡¡Yo voy a…
Mientras hablaba, Flavio había evitado la mirada de Caterina, que posaba sus ojos con firmeza enfermiza sobre él. Fue por eso que no vio cuando la chiquilla se abalanzó sobre él.
¿Cómo explicar lo que pasó? La muchacha era un guiñapo. Apenas si podría sostenerse sobre sus piernas, pero en ese momento una fuerza incontenible la animaba. Lanzó el cuerpo de Flavio al suelo, dejando todo en oscuridad. Reía salvajemente, escupiendo sangre sobre su horrorizada víctima.
-¡¿Qué mierda crees que ha pasado aquí, estúpido?! ¿Supones que yo sigo ciega? Ahora por fin puedo ver. Esta niña me quitó la venda, al fin. Ya no queda nada de ella.
Flavio se revolvía pero no podía levantarse ni librarse de la chica. Inexplicablemente era demasiado pesada. Pesaba como lo habría hecho un hombre adulto. Como un perverso hombre lleno de pecados.
-¡Ha estado intentando privarme de este cuerpo, pero por muchas heridas que me haga, no puede acabar conmigo! ¡¡Ya es demasiado tarde!! ¡Ella por fin ha servido para algo!... Por fin demostró que valía la pena que existiese.
-¡No estás en tus cabales!... ¡Caterina! ¡Reacciona…! ¡¡Reaccionaaa!!
-¿No lo comprendes, no? ¿No puedes ver la verdad? Entonces esos ojos no te sirven de nada…
La mano derecha de Caterina temblaba, presa de la herida abierta, pero eso no impidió que se levantara en ristre y bajara cual puñal, clavándose en el ojo de Flavio.
El estallido sanguíneo opacó lo poco que quedaba de la luz de la vela. Flavio lanzó un grito aplacado en tanto Caterina vibraba llena de un placer perverso, el mismo que siguiendo el impulso de su alma ya corrompida miró con sensualidad al hombre mutilado, y besó sus ceñidos labios, llenando todo de sangre, salpicando casi, en tanto se contorneaba, saboreando la integridad, la bondad subyacente en ese cuerpo joven y recio.
Por su parte, Flavio había dejado escapar el último rastro de cordura que le quedaba. Se agitaba demente, como si fuese él el poseso, tratando de librarse, de acabar con toda esa pesadilla, de…
¿Y eso?
Su mano se había topado con algo frío, húmedo todavía.
El puñal había quedado a un lado. ¿Era ésa la única respuesta?
Flavio era un hombre creyente. Tal como píamente había encomendado a su dios las almas de su hija y su esposa, lo hizo con la de Caterina.
Y la hoja del arma penetró tanto que a poco estuvo de apuñalarse a sí mismo al atravesarla.
Caterina, que seguía con los labios pegados a él, lanzó un grito ensordecedor, largo como un lamento en el infierno, y por unos momentos, unas lágrimas rojas se unieron al coro de sangre que ya recorría cada milímetro de ella.
Poco a poco fue desplomándose, llevándose consigo lo que tenía de fuerza el hombre que yacía debajo, que también cayó sin que su conciencia pudiese soportar más.
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Fue el gorjeo de unas aves el que despertó a Flavio. Abrió quedamente el ojo que le quedaba y miró un poco en derredor. Pasaron varios minutos hasta que recobrase la suficiente fuerza como para ponerse de pie. A medida que lo hacía vio una figura retorcida junto a él. La piel se había tornado de un pálido enfermizo, surcado vagamente por el curso de las venas que todavía quedaban bajo ella.
Flavio, temeroso, caminó un poco, tratando de encontrar su rostro.
Los labios estaban contraídos, y ya resecos, simulaban una escultura perfecta, muy a pesar de que estuviesen salpicados hasta lo inimaginable por la sangre que ya terminaba de secarse. Flavio quiso derramar las lágrimas que correspondían. Hacer caso a su corazón roto pero no tenía ya fuerzas siquiera.
¿Y el viejo?
Ese maldito iba a pagar por lo que hizo. Sólo él podía haber imbuido esa locura en esa niña inocente. Flavio lo buscó con la mirada, hasta que se posó en la misma figura oscura que la noche anterior se recortaba con la luz de la vela.
Corrió, o al menos lo intentó, hacia ésta. Blandió un puño enfurecido y tomando a la figura por el hombro, le dio vuelta.
Fue así que la cordura de Flavio llegó hasta el límite donde podía permanecer indemne. Él tuvo que huir, lanzando roncos remedos de gritos de terror.
Y no se detuvo. No se detuvo hasta que regresó a su hogar, al otro lado del lago, más allá de los árboles.

Fue al día siguiente, luego de una horrenda visión en sueños, que habló con el condestable del pueblo. Flavio era un hombre digno y respetado. Fue por eso que la autoridad se lamentó al escuchar sobre las atrocidades que había visto en esa casa llena de brujas.
Y cuando la tarde caía, los hombres que fueron hasta allá regresaron, pálidos como un espectro, y titubeando al hablar.
Ninguno de ellos dudó que estuvieran haciendo lo correcto. Menos aún después de ver los cadáveres, el de Caterina ensangrentado y apuñalado hasta el cansancio, y el del anciano, cuyo rostro desollado parecía llevar ya varios días descomponiéndose.
La casa ardió con laxitud, llevándose la maldición que vivía tan cerca de donde ellos pasaban sus vidas tranquilas y en paz. Nadie se prestó a fijarse en lo que había pasado.
Nadie osó dudar de las palabras de Flavio. Quedó en el recuerdo nefasto de todos, cuando la noticia hubo llegado al pueblo; la historia de ese anciano degenerado, que había empujado a esa niña a actos abominables y finalmente a acabar con su vida, mientras él se suicidaba de una manera indescriptiblemente espantosa.
Sólo años después, Flavio reparó un poco en el espejismo de sus memorias, recordando algo del aspecto del libro que el anciano tenía en sus manos. Y aunque lo había visto sólo un segundo, podía discernir el fragmento sobre el cual estaba el cadavérico dedo.
Sin embargo, mucho de la fuerza de alma perversa que lo trajo estará en ella. Si alguien osase derramar su sangre, la blasfemia estará en esa persona, y ya no más en el Aleph. Tú, Iniciado, habrás fallado, y el que haya herido al Aleph estará contigo hasta que el tiempo haya desaparecido.
Tuvo que recordarlo, forzosamente, cuando las pesadillas comenzaron a poblar sus sueños, rompiendo las hebras de entereza que todavía poseía.
Y cuando su conciencia se hubo roto y unas pocas personas tuvieron que encerrarlo para que no muriese pronunciando blasfemias incoherentes y aplastándose en sus propias excrecencias, lo único que quedó de él fue un pequeño poema, escrito ese atardecer que la casa de Caterina ardió.
En ese poema, tímidamente hablaba de la última vez que vio el rostro de Caterina, aunque estuviese muerta. Hablaba de la sonrisa llena de paz que tenía cuando su vida ya había terminado.









martes 7 de abril de 2009

Vida en Frasco





Fue una desgracia que ese chico sin nombre a fin de cuentas sí viese el contenido de ese frasco.
¿O no? ¿Podría ser que el nefasto momento de la verdad fuese algo valedero, complaciente, quizá?
Y esto llevaba años fraguándose, desde que de niño él vivía en una soledad eterna, sin conocer una sola palabra de cariño de su madre, la única persona que alguna vez conoció.
Todo había comenzado cuando él descubrió ese pequeño frasco en la medianoche eterna de lo más profundo de su habitación. Ese día por fin comprendió porqué esas sombras ejercían tal fascinación en su mente.
Durante mucho tiempo estuvo contemplando el recipiente de cristal oscuro, casi negro, mientras descifraba el significado de las palabras que rezaban en la sucia etiqueta.
“Aquí está tu vida”
Y esas palabras decidieron los hechos de los años posteriores, su total aislamiento y su convivencia con la única frase que en su mente podrida decía algo de verdad.
El tiempo que pasó nadie podría decirlo, pues tan sólo él fue testigo de todo, y bien sé que no puede hablar ya, aunque le grite para que me siga.
En sus recuerdos están los hechos de los últimos días.
Cómo volvió a ver a su madre luego de tanto. Cómo ella apareció cual demonio poseído, chillando maldiciones a todo y todos, y cómo se desquitó de nuevo con él. Y soportó todos los golpes, todos y cada uno, sin importar lo humillante, lo dolorosos que fuesen.
Pero cuando ella le arrebató de las manos el pequeño frasco, ya no pudo contenerse más.
Ese harapo de persona, su único semejante, podía arrebatarle cualquier cosa, después de todo… ¿cuándo él había tenido o sido algo de valor?
Todo lo contrario era el frasco. ¿Contenía su vida, después de todo? Eso no tenía la menor importancia… Lo que importaba es que sus palabras le habían dicho algo que no tenía odio y desprecio.
Y por eso, sólo por él, el chico se levantó y aullando tomó la cabeza de su madre y la golpeó contra la pared carcomida de la parte oscura de su habitación.
La mujer gritó, al menos los primeros segundos, con el primer par de golpes, pero luego de unos momentos, la sangre salpicando llenó todo el espacio del macabro sonido del hecho final.
Y fue así que él quedó, solo ante la verdad que había descubierto hace tan poco y que tanto importaba. En soledad, el significado de esas palabras se acrecentaba aún más.
Hasta que, viendo los restos que quedaban semiocultos por la oscuridad, y viendo detenerse los últimos estertores del cadáver de la otra única persona en el mundo, se decidió.
La tapita blanca del frasco giró y cayó a un lado.
Y luego no hubo más nada. Tan sólo él lo observó por unos momentos, antes de tomarlo con fuerza en sus manos y golpear su cabeza contra la misma pared ensangrentada donde había muerto su madre. Y yació junto a los mismos restos.
Y aún ahora está sosteniendo el frasco, pues incluso acá en el Infierno, él sigue buscando un significado.
Creo comprenderlo un poco, cuando me le acerco y veo lo vacío que está ese frasco…

miércoles 18 de febrero de 2009

Despertar


Esta mañana desperté y el mundo no parecía nacer.
Esta mañana me he visto, sin necesidad de un espejo, y la realidad me ha ido desgarrando.
Debía comprenderlo, entender la sustancia de lo que soy, a fin de cuentas.
Me gusta la música absurda.
Cuento leyendas muertas de personajes que no conocerán la felicidad.
Ilustro rostros tristes envueltos en niebla oscura.
Lloro en silencio comprendiendo que quizá todo es mentira.
Y pienso tan sólo un poco, en que existe alegría allá fuera.
Pero eso es sólo un exhalar, nada más que un suspiro.
Pienso una vez más, porque aquello que he sido significa que quizá no era mentira.

Tal vez ahora todo sea real, ya que estoy despertando en una marisma, la que me rodeó desde el momento de mi muerte, hace tanto…

martes 27 de enero de 2009

Resplandor de Luna

Alguien susurró a la cabecera de mi cama, anoche mientras los esputos luminiscentes de la ciudad seguían rompiendo la telaraña de mis sueños.
Con un sonar melancólico, el presentimiento me dijo que tal vez seguías con vida. Confundido, he tratado de repasar aquellos momentos, de hace siglos, de hace milenios, de hace vidas mismas. Cuando tu cabello esplendente brillaba gris y plateado con la luna, y mis sentidos te pertenecían, a ti y sólo a ti…
Traté de horadar de nuevo mi mente, buscando el significado de tu perdición, el porqué tu visión había desaparecido de mis sueños. ¿Es que acaso por fin habías llegado al mundo vigil?
En la última hondonada que se dibujó en el cielo de la tierra de mis sueños, por última vez aspiré el aroma de tu ser, y me hundí en el resplandor de tus ojos bellos, más vivos que todo lo que consideramos hermoso.
Y la oscuridad, en lo alto, te arrebató de mi lado, lanzándote, sin un grito, sin un sonido siquiera, a una tierra donde no podrías existir. Algo como una dríade, dándole sentido a mi soñar, no debería mancharse con la pestilencia de los vivos.
Así hayan pasado años, y mis sueños se hayan convertido en sólo una efigie de lo que he sido en mi vida como ser humano, ese último resplandor tuyo jamás me ha abandonado, y sigue brillando a través del aire de la noche, del amanecer, reflejándose tenue, casi sin merecerlo en la luna que habita con los seres de este mundo.
Y es esta misma, esta luna infecta, la que ilumina mi camino a través de las impuras y vacuas vivencias de la ciudad, de sus colores, y de su decadencia.
He atravesado los matorrales de plantas artificiales, el lago ilusorio y también los campos de festejo donde los vivos se deleitan en su ruindad.
De pronto el mundo está alcanzando un punto sin depravación, ante mis ojos. Es extraño. Algo de la luz de esta luna está cambiándolo todo, como si siguiera durmiendo, o como si hubiese fenecido ya y mi sueño me rodeara por fin y para siempre.
Y así lo he deseado, al llegar a este vergel y verte de nuevo, tan hermosa, tan límpida, blanca como el espíritu, gris como la luz que no se mancha con la vida.
No me repliques, no lo hagas.
Tan sólo me basta haber llegado, y poder reposar eternamente junto a esta placa que reza tu nombre, el que por fin he podido conocer, y acompañarte en este sueño del cual ya no necesitamos volver.

martes 13 de enero de 2009

Hogar


Desde que amaneció, he saboreado cada paso que he dado. El beso a mi esposa, el refluir del aire, temblando con tibieza, el sol que salía de a poco, el gris verdor de todo lo que me rodeaba.
Y con los ojos cerrados, percibí también cómo los pájaros despertaban en todo el mundo, lanzando un saludo luminoso hacia aquellos que despiertan sabiendo que cada segundo, cada respirar importa en verdad. Y aquella que es mi familia me ha dado un beso silencioso, en mi caminar hacia la vida que hoy es más brillante y cálida que nunca antes.
Todo es música. Todo está compuesto de una magia vibrante, lanzada con salvajismo y desbocada, tanta belleza me irradia, cegándome casi, y camino a tientas. Algo de soledad tiene esta felicidad, porque nadie más allá, entre el resto de las personas, podría comprender mi alegría.
Por fin he descubierto que el cáncer llegó a mi corazón.
Y ahora, como vi alguna vez en un sueño antes de mi nacimiento, camino hacia una torre de reloj, perdida en la lejanía. Apenas si distingo el moverse de las diminutas manecillas devoradas por la distancia. Apenas si importa. Es una mera formalidad el que me esté dirigiendo allá, porque sé bien la hora a la que he de morir.
Estoy dando estos últimos pasos, y en mi cabeza no hay cabida para el arrepentimiento o la tristeza. Simplemente he terminado por comprender que esta vida por la que he transcurrido no era una obligación ni un privilegio, era tan sólo una alternativa.
Tan sólo estoy volteando la página…
…Ahora mismo…

martes 2 de diciembre de 2008

La Jaula de Cristal


Al unísono que el sol dejaba las nubes flagrantes y el matiz rojizo del cielo se trocaba por negra oscuridad, en el último instante de luz, Irene contempló por primera vez la casa en la colina. Y por un segundo todo, tal vez por influjo del clima, con las nubes frías opacando lo último que quedaba del sol, o por un pensamiento disociado, en el interior de su mente; por un instante, todo se convirtió en un momento absoluto, el gris del mundo se congeló en un eterno compás danzante, y algo demasiado hipnótico hizo que la visión de esa casucha simple, acodada en lo más alejado de esa colina pedregosa, se convirtiese en un objeto atractivo en demasía.
Tanto fue así, que durante los siguientes días sólo contemplaba hacia más allá de los árboles muertos, en el estrecho camino que solía hacer desde su casa a su escuela y de regreso. Sabía bien que no podía decírselo a nadie porque sus padres y cualquier persona sensata que viviera en el pueblo, le había advertido, cuando menos alguna vez, que jamás, por ningún motivo, saliera hacia más allá de los árboles.
Y hasta el día anterior ella no había sentido tampoco ninguna curiosidad por algo así. ¿Qué eran, al fin y al cabo, sino simples despojos de corteza? Recortados contra el cielo que solía ser blanquecino algunos días adquirían un tono ciertamente tétrico, pero jamás habían sido algo llamativo. Fue más bien obra de la casualidad que el atardecer anterior ella tropezara en un recodo y al caer se desorientara tanto que sin saberlo, terminó rodeada por los troncos. Creyó, cuando se propuso regresar, que estaba desandando el camino, pero en su confusión no supo que realmente estaba saliendo, no regresando.
Recién cayó en cuenta de su error cuando por primera vez en su vida vio un horizonte que no parecía terminar nunca. Qué diferente resultaba la visión de la línea grisácea del infinito, a la del eterno ramaje confuso y retorcido que servía de morada al lugar donde ella y esas cuantas personas más vivían.
Y durante días no fue capaz de alejar sus pensamientos de esa sencilla visión, ni mucho menos de la única colina que se erguía solitaria, campeando el viento frígido que soplaba allá fuera, ni de la casa que se levantaba, tímida, en su pináculo.
Al final terminó por contárselo a alguien. Él, Ramiro, su único amigo de verdad, desde que ambos eran niños pequeños, él al menos podría escucharla sin delatarla.
Craso error. Él no sólo no comprendió sus palabras, sino que, escandalizado, corrió hacia los superiores, y les relató en sucias y concisas palabras, lo que su amiga le dijo.
No hubo castigo físico, lo cual era raro, pero las reprimendas, no sólo de estos hombres, sino luego de parte de sus padres, hicieron que Irene mirara desde entonces con desconfianza a todo aquel que la rodeaba. Sus progenitores pasaron de ser los ancianos hombres que siempre la habían cuidado, a sólo ser un par de viejos tullidos, sin más beneficio.
No volvió a dirigirle la palabra a ningún superior. Algunas veces se ganó un rebencazo en la boca por su atrevimiento, pero su estoicismo la había provisto de suficiente fuerza como para aguantar cualquier golpe, así como la suficiente también como para mirar desde entonces con un rencor creciente al chico que no supo guardar su confianza.
Y a medida que los días pasaban, los meses morían y la brecha entre ambos crecía, ella se hacía más y más solitaria, y cada vez con más frecuencia volteaba su mirada hacia la muralla de árboles. La brecha dejó de ser sólo un escollo de figuras entrecruzadas. De pronto, una noche, mientras la vigilaban, volvió a sentirse sola, como ese atardecer, cuando había logrado escapar. Entonces comprendió que ese anhelo ya no podría evitarlo más.
Su mente, carente de toda corrupción, no se ocupó más del rencor que albergaba hacia su otrora amigo. Un frío cálculo de circunstancias hizo que todo lo que estaba a su alrededor fueran solamente factores.
El sueño tardío de los superiores, los padres de Ramiro, que no permitían que el chico saliese apenas el sol se ocultaba, y sus propios padres…
El último día, ella observó el sol en toda su trayectoria. Desde el gris galpón donde ellos aprendían las pueriles lecciones de vida, donde aprendían que no existía nada más allá de la negra arboleda. La Maestra predicaba y predicaba. Sus palabras, aunque sutiles, maldecían a todo aquel extranjero que alguna vez hubiese osado mirar a través de los árboles, y habría visto su tierra oculta.
Irene apenas si la oía. Su observación habíase convertido en un romance secreto, entre ella y el sol, un romance que sólo llegaría a su culmine cuando él muriera y la señal estuviese dada.
Una cena frugal, casi en silencio. Sus padres la observaron con compasión. En su interior, ellos no dejaron de llorar desde el día en que ella se perdió, sí… porque para ellos no había regresado.
Cuando el sol murió, una risita fue lo único que se escuchó en el cuarto pequeño de la chica. Con un dramatismo inusitado, su cuerpo se resquebrajó y el sueño la capturó. Tan verídico, tan certero, que cuando su madre la vio descansando ella y su padre también decidieron descansar.
Y si bien, en efecto Irene sí dormía, su sueño no era más que una despedida, un epílogo, a una existencia que ella había terminado por detestar.
Su felicidad era tal, al despertar, que en verdad le costó más de lo que había planeado el salir en silencio. Su nerviosismo la hacía estremecerse con cada paso.
Ella atravesó el pequeño campo con cautela pero velozmente, siendo rodeada por aquello que ella consideraba su señal para su huída, el frío del amanecer, el respirar de la tierra cuando el sol ha terminado de morir y aún está a punto de renacer.
La muralla de árboles negros se ofreció ante ella, y entonces algo la detuvo.
Una mano crispada, y un susurro.
Ramiro lo había previsto. En un par de frases trató de desmoralizarla, pero ella ni siquiera lo escuchaba. Se agitaba con violencia. Él la abrazaba lo más fuerte que podía, pero ella, en su desesperación aulló, casi, contuvo un grito, y comenzó a patalear, golpeando a su antiguo amigo. Tanta fue esa ira, que él retrocedió con miedo, mientras ella ni siquiera lo miraba y se internaba en la oscuridad del ramaje.
Cuando el día por fin nació, Ramiro contemplaba aún esas ramas. Por un influjo de la luz a esas horas, el gris casi blanco se deslizaba allí, como una niebla que iluminaba con fragilidad su visión. A través de las ramas negras, casi engañado, creyó haber visto un resplandor vago. Trataba de observarlo con mayor de talle, cuando escuchó los primeros gritos de los padres de Irene.
Irene.
Fue entonces que Ramiro perdió el miedo que sintió cuando su amiga le relató que existía algo más. Ella volvió a ser importante. Forzó sus pensamientos, tratando de tenerla en su mente lo más posible. Pensó con tanta fuerza como se lo permitía su ansiedad y el terror; en el momento que volvería llevándola de la mano, y el pueblo lo aclamaría como a un héroe, y ella sería divinizada porque habría conseguido regresar de la nada.
Fue una suerte que el sentimiento tuviese suficiente fuerza como para no desaparecer mientras él terminaba de recorrer, magullado, los últimos tramos, y el horizonte comenzaba a dibujarse por vez primera ante sus ojos.
La colina estaba allí. La colina siempre ha estado allí.

Ramiro se sintió una pequeña mota de polvo lanzada al viento. Antes de que lograra reorientarse, sus pensamientos desaparecieron y él, acostumbrado a tener siempre un cobijo eterno, dudó, y desesperado, corrió hacia el primer objeto físico que pudo encontrar. Allá estaba la susodicha casa. La colina negra la elevaba, como ostentándola.
Los pies ardían, ardían como un infierno, al caminar sin que el pasto negruzco los abrazara. La roca era algo nuevo, y más aún esta roca casi rojiza, tan áspera y doliente.

A medida que se acercaba, la casona comenzaba a adquirir algo así como una forma real. A cada paso más y más de sus formas podían ser percibidas sin necesidad de atravesar el hálito grisáceo con la vista forzada.
Una pared tenía dibujada una figura que no terminaba de comprender, pero que de pronto lo estremeció. Los sentidos, en estas situaciones, parecen despertar del letargo al que se ven sometidos tras la rutina y la repetición eterna. Recién después de un momento, Ramiro comprendió lo que estaba dibujado.
Pero su temor siguió siendo tan grande que no quiso dirigir la mirada más, y tratando de ignorar la silueta de la mujer pálida que lo observaba con una sonrisa vacía, con un dejo increíblemente sardónico. Había también unas letras escritas allí, pero él no las contempló.
La puerta estaba allí ya, después de todo, y estaba apenas abierta. El viento la mecía haciendo rechinar los goznes que debieron existir desde siempre.
Ramiro aguardó un poco más, y quiso dudar. En ese momento, en verdad lo que mas quería era olvidar para siempre a Irene, sólo lanzarse corriendo hacia su pueblo una vez más, y no volver a ver nada que estuviese más allá de la arboleda negra.
Pero él nada sabía del hechizo que esperaba a todo aquel que observara dentro de la Jaula de Cristal. El encantamiento iba lejos, donde la voluntad no podía combatirlo.
Y así el terror hiciera que sus tripas se vaciasen, así no dejara de llorar y lamentarse, él entró.


Y siguió llorando, aullando casi, cuando regresó al pueblo. La gente lo recibió primero con reticencia, la que se convirtió en lástima, y luego en asco, cuando en los días siguientes él no dejó de mezclar sus lágrimas con ese esputo sanguinolento que brotaba de sus labios, y convertido en una tos perenne, expulsaba todo en derredor.
Sus padres tuvieron que encerrarlo en su habitación, dejando que allí sus gritos y su llanto lo consumiesen solo.
Pasaron días. Los padres de Ramiro creyeron que enloquecerían escuchando los delirios de su hijo, el que no lograba articular palabra alguna y del cual sólo se podía percibir ese hedor que día con día se hacía más potente y más putrefacto.
Cuando por fin se calló, ellos sintieron que habían salido de un infierno en vida. Fue entonces que tomaron la decisión de observar qué había sucedido con su hijo.
La puerta retembló un poco. De la misma forma que allá, en la negra colina, estaba entreabierto, ese portal.
Antes de morir, Ramiro había recordado la imagen de esa mujer. Su memoria le trajo ante sí las palabras que decía.

“…Y de la Jaula de Cristal jamás saldrás… y la colina negra no estará sola nunca más…”

Sus padres lo vieron susurrando esas palabras, mientras los últimos y casi descompuestos restos de su ser terminaban de unirse a la pared de madera gris. Sólo un poco de su rostro quedaba, espantosamente deformado por la mutación, mirándolos cual si brotara de la madera.
Y la semilla se plantó en ellos también, desde entonces, tal cual había sido con Ramiro, que contempló esa imagen repetida, una y mil veces, en lo alto de la colina negra, donde la Primera Jaula de Cristal albergaba los recuerdos de tanta gente.



Y en esos recuerdos pensó Irene, muchas noches, hasta que por fin pudo olvidarlos. Las estrellas la abrazaban con cada exhalar de su cuerpo, y ella terminó por sanar.
El camino se extendía demasiado, después de todo, en ese horizonte donde aún no volvía a ver otra colina, ni otra Jaula donde el recuerdo de dolores y temores pasados la entristeciera de nuevo.

viernes 14 de noviembre de 2008

Yo






El sonido es vibraciòn.


El color es reflejo.


Un latido es vida.


Un murmullo es existencia.


Una mentira es conciencia.


Una verdad es esencia.


La luz es amanecer.


La oscuridad es saludo.


Quièn soy yo?


Sonido?

Mùsica?

Color?

Verdad?

Luz?


miércoles 29 de octubre de 2008

Dispón, humano, tan sólo es Vida

Años después de mi nacimiento, cuando me propuse atravesar los marcos vigentes de lo que me encerraba en la existencia, años incluso luego de haber cometido ese acto de atroz crueldad al haber asesinado a mis padres (aún no comprendo a la perfección si en modo de reproche o simplemente por una vaga idea de justicia), decidí que el secreto estaba en ése, el único adminículo que la Bruja me proporcionó a fin de poder recrear este fenómeno sin requerir el apoyo del contacto con otro ser vivo, hecho, que, por lo demás resultaba para mí repugnante en demasía.

Preparé todo, las probetas, el círculo emblemático y esas runas que tallé yo mismo de los hueso de mis progenitores. No tuve dudas en ningún momento, ni siquiera cuando mi voz se trastocó inmediatamente hube recitado la salmodia aconsejada y el grimorio que tenía en las manos se puso a vibrar poseído.

La sangre crepita en mi interior, deseosa de observar al detalle aquello que ha surgido de las sombras. Una llamarada de un color indescriptible la rodeó, hace unos momentos, y desde entonce,s todo ha quedado sumido en oscuridad perpetua. Algo hay de timidez en este encierro. No sé bien qué es lo que ha sucedido, pero un lugero cosquilleo muy dentro de mí me hace dudar acerca de si solamente es ansiedad o estoy viéndome envuelto en un terror que crece más y más.

Aunque, es probable que así sea justamente, pues a poco que la oscuridad va desplazándose a lo lejos, puedo observar lo que ha surgido de ella. Puedo verme a mí mismo, y a eso, sea lo que pudiese ser, que está brotando de mi interior en estos momentos.

Quizá sea esa misma mezlca de sensacines, el horro y la ansiedad, lo que hacen que mi pánico se convierta en una risa macabra, saludando a la noche que me entierra por completo, mientras salvajes volutas de sangre enardecida estallan en derredor, y aquel a quien di vida sale, carcomiendo mis entrañas.

lunes 13 de octubre de 2008

Mío

Deseaba tener una vida.

Desde que nací tuve esta sensación. Sé que es extraño, pero tengo memorias que quizá sean más antiguas que yo mismo. ella nunca me han dejado tenerles miedo.

Algo de lo que está en mi mente y no debiera, me aterra, silenciosamente, pero de cuando en cuando la pena embargada por esos recuerdos me deja un poco, pero es entonces cuando viene a ser reemplazada por eso otro.

¿Es esto verdad?

Después de haberme visto a mí misma en tantas realidades, en tantas facciones del prisma que compone mi existencia, esta última, este lado del caleidoscopio no parece convencerme.
Sé que podría vivir por siempre pues desde que fui engendrada, desde que mis padres otorgaron a mi esencia un cuerpo físico, he habitado este plano; pero... también desde aquel entonces sé que es sólo uno más...

La canción que me acompaña, empero, es débil... falsa quizá.

Eso es lo que me hace dudar en ésta, la última vez que estoy vislumbrando cómo el sol va cayendo en el horizonte, haciendo morir otro día que estoy encerrada en esta existencia.

Y el último recuerdo que acude a mí, es aquél que me susurra que no es ésta la primera, ni la última vez que he hecho esto.

Ahora, cuando estoy abriendo las puertas, y mi fuga está lista, inundada por lo que queda de mí, mirando hacia el crepúsculo naranja que refulge desde el puente donde me lancé, algo, extrañamente, me parece familiar.

Y de pronto, con terror he comprendido que el resto de los mundos es el que podría ser falso.

Y tal vez... tal vez esté escapando de mi única existencia real, a hundirme en el mar de falsedad de lo que hay más allá...

lunes 15 de septiembre de 2008

Un último acto de justicia

Desde aquel día que empecé a tener conciencia sobre mí misma, he intentado ser una buena persona.

Desde niña incluso, ayudaba a quienes estuviesen junto a mí. Traté de vivir con suficiente individualidad para que mis padres no tuviesen que ocuparse en demasía de mí, y creciendo y madurando, llegué a pensar, llegué a tener la certeza de la igualdad que existe en la raza humana.

Cuando mi novio, allá en colegio, me abandonó para buscar algo más, que le aportara para su egoísmo en vida, lo más que pude fue agradecerle por el tiempo que me dedicó, y desearle lo mejor, pues él, como todos, no hacía más que vivir su vida buscando un mejor camino. Pedí a los cielos, por él, para que no topara algún espejismo en el camino y siguiese siendo la persona dulce que un día conocí.

Cuando mis padres murieron, en mi soledad, combatí por todo lo que tenía de vida. Fomenté un futuro para mí, donde pudiera vivir ayudando a todo aquél que lo necesitara.
Y luego de años de estudio, conseguí formar parte de ese grupo, en la sociedad, que a los ojos del común de la gente no hace más que castigar al injusto y proteger al justo.

Como fiscal, empero, lo que siempre intenté, fue enseñar al injusto y cuidar lo más posible del inocente. Después de todo, ¿cuánto podría juzgar yo de uno u otro? ¿Cuán inocente soy, en realidad, y cuán culpable sería cualquiera? Sólo sé cuánto puede aprender alguien para saber que no está solo en el mundo, y con lo más puro y alto que puede existir es ayudar a alguien más.

Y es que en el fondo, eso es algo que siempre he sabido a cabalidad. Así mis padres no estuviesen conmigo, así nunca hubiese tenido hermanos y no haya conservado a ninguno de mis amigos, sé que nunca he llegado a estar sola.

Esa certeza es la que me ha acompañado siempre, a lo largo de estos años, aún mientras muchas veces hube de observar, impotente, cuán cruel puede ser el mundo con mis hermanos, cuando aquellos que habían sido injustos no podían enmendarse y debían ser desechados.
Peor aún. Muchas ocasiones han sido testigos de inocentes lanzados a la hoguera. Yo no podía evitarlo. Nunca tuve la potestad total, después de todo.

Pero el momento cúlmine llegó hace unos días. Sé que ya estoy anciana, y sé mejor aún que con los años mis sentidos y mi intuición se han aguzado.
Y comprendo a la perfección que esa prostituta que asesinó a ese hombre del gobierno, no hacía más que defenderse.
Que su hijo no merecía quedarse sin madre.
Que quizá ese hombre, el que murió, tan sólo fue a algún sitio donde ya no tuviera que ceder a sus tentaciones y a su propia corrupción.

Lo sé, lo entiendo todo. No he podido hacer nada, sin embargo. Para hoy, ella ya debió ser ajusticiada. Así funciona este mundo, por lo visto, y no puedo hacer nada.

A menos que tomara esta decisión. La que mi novio en colegio quiso que tomara hace tantos años. Él no podía comprender mi búsqueda de igualdad y bien para todos. No, porque él estaba concentrado en conseguir poder, así fuera por los medios más ruines.

Porque, pese a que él sacrificó a esos animales, trató de asesinar a sus padres, y hasta a mí, quizá algo faltaba en él. Yo no lo acusé, y guardé sus secretos. Siempre creí que llegaría el momento en que tuviese lo que quería.
Cuando años después me enteré de su suicidio, no pude menos que interpretar su acto postrero como la búsqueda de un sendero más amplio. Una ruta de escape o el camino real hacia lo que buscaba.

Fue una suerte que antes del final él me enviase esas cartas donde me hablaba de sus secretos, como cuando aún estábamos juntos.
El grimorio estaba junto a ellas, y también la forma en que debía llamar a esa entidad que él tanto buscó y que al final no pudo soportar.

Lo dije bien, y esta noche lo sigo creyendo. Él tenía otro camino. Espero que ahora sea libre. Lo amo, como a todos, pero sé bien que no fue lo suficientemente valiente como para aceptar este poder.

Yo lo he conjurado, y ahora mi visión se acelera y se acrecienta, y estoy a punto de dar el paso final.

Sé bien qué es a lo que estoy renunciando. A partir de mi despertar, desde mañana, podré ver a través de los misterios del mundo. Nada volverá a tener secretos para mí, y por fin podré juzgar y salvar a la gente, pues además ejerceré un control irrebatible sobre ellos.

Y a cambio, mi alma será suya, por toda la eternidad. Algo de esperanza, queda, empero, en mi corazón, pues sé que esa porción de espíritu que Él se está llevando, no es más que una parte, en esta gigantesca rueca de ánimas, y que las demás estarán junto a mí, aunque esté hueca, para que yo los proteja y los ame, como siempre deseé.

miércoles 3 de septiembre de 2008

Carne, sólo carne

Cuando me tomé la molestia de fijarme en ese maltrecho despojo que estaba frente a mi casa, pensé que sería un atributo caído desde el mismo destino... algo que alguien quizá me habría enviado para por fin sobrellevar de mejor manera mi aislamiento y mi soledad.

Mi cruento y desgastado cuchitril, de cualquier forma, ya había dejado hacía tiempo, de ser una prisión, y si bien pude por fin pasearme por las calles que a su alrededor hacen este perduzco circuito, nada he encontrado, y no parece que eso vaya a cambiar.

Sólo después de todo este tiempo, y de haber deambulado sin sentido ni objeto, me encuentro con que ya atravesé quizá lo que cierne éste mi mundo, y todo ha sido soledad, abandono...

Hasta ahora. La pestilencia que arrojaba este objeto me atrajo en primer lugar. Se preguntarán porqué un olor desagradable puede resultarme grato, pero es que luego de tanto tiempo sin tener sentido alguno, el que uno de elllos sea tan estimulado, es como sentirse vivo de nuevo.

Y mi olfato, que estaba reviviendo, se congració. Mi vista también, al ver la carne maltrecha que se retorcía con perversa naturalidad.

¿Cuándo será que este compañero en mi soledad vino hasta acá? No estaba cuando yo salí por fin y me puse a caminar... ¿O será que no pude sentirlo en ese entonces porque mis sentidos aún estaban dormidos?



Aún pienso en ello, mientras sigo deleitándome, y le doy a mis sentidos redivivos, el mayor festín de todos. Mi gusto ha renacido, es un hecho, ya que puedo percibir el sabor metálico y el gusto a veneno de la muerte.
Al menos podré pensa en mi soledad, con esta frugal comida. Al menos ahora sé que puedo sentir algo...