viernes 27 de noviembre de 2009

Ángel del Más Allá





Era pequeña, o al menos eso parecía. Tenía el cabello caído hacia ambos lados, negro como azabache, tan hermoso que refulgía sobre él la luz pura de la luna, como si a cada hebra perteneciese un haz de luz.

En el último momento pude ver que sus ojos eran de un tono casi de ébano, de un fulgor sofocante, de tan intenso. Eso ha sido el único efluvio que ha hecho que mi vida haya valido la pena, lo único que le ha dado un significado, en su momento final…

Debí haber enloquecido luego de que ellos entraran por vez primera a mi casa, a mi bastión sagrado. Hace demasiado de eso y gracias a mi fuerza de espíritu nada más he sido capaz de lograr que imágenes como esa no hieran mi mente al regresar. Y eso pese a que las veo y escucho con perfecta claridad. Los chillidos de mis padres cuando los arrastraron hasta fuera para devorarlos en la oscuridad de fuera. Mis hermanos arañando las paredes inútilmente y rogando por una muerte rápida mientras sus vísceras comenzaban a ser esparcidas por el suelo de lo que un día fuese el recibidor de la casa. Desde entonces está conmigo mi compañera eterna, éste trozo de metal rodeado de madera que dispara perdigones que para mí son ira divina cayendo sobre las bestias que se han llevado el mundo.

Porque no queda mucho más por decirse, acerca del mundo. Desde que todo comenzó, hace un año, la situación no ha hecho más que convertirse en un infierno en la tierra. Los primeros noticieros tomaban los primeros actos de canibalismo como un espectáculo morboso más, y así siguió siendo incluso cuando el asunto comenzó a salirse de control y a los meses, pudo calificarse de pandemia. Poco pudieron hacer los pocos científicos que tomaron el asunto en serio, pues ellos también sucumbieron al ansia diabólica de destrozar el cráneo del compañero investigador y beber hasta el último de sus jugos encefálicos. Lo peor eran los casos de aquellos que sucumbían a la soledad, una vez infectos, y terminaban comiéndose partes de sus propios cuerpos. Mi familia nunca pensó que la enfermedad llegaría hasta nosotros, empero. Creíamos que era uno de esos males que sólo achacan a la gente del norte. Fue horrible comprobar que no era así cuando mi madre observó a un chofer, en plena vía pública, atropellando a una pareja para luego machacarlos con una barreta de metal y comenzar a devorar pedazos de ellos. La gente pudo contenerlo. Lo contuvieron entre todos, lo redujeron casi a pulpa sangrante e incineraron lo que todavía quedaba por destruir, pero el miedo ya había anidado. ¿Qué podíamos hacer? No teníamos dinero como para salir del país, y aún así… ¿Quién nos aseguraba que afuera no estarían peor las cosas?

Fue así que mi padre, hombre previsor, se dio a la tarea de recolectar cuanto enser imprescindible necesitaríamos. Atrancó en una sesión de dos días, todas las puertas y ventanas de nuestra casa. Puso mil seguros a la puerta de calle, y lo más importante, nos surtimos de un almacén de munición y armamento como para sobrevivir una situación de guerra mundial. Todos aprendimos tan rápido como pudimos, cómo sostener el fusil máuser que mi abuelo había heredado a la familia, la escopeta que mi padre obtuvo tras negociaciones en el mercado negro, y también el par de 9 milímetros que mis dos progenitores pasaron a portar diariamente desde entonces. Algo más intimidante era la bolsa de nylon negro donde esperaban, siniestramente, dos haces de dinamita. ¿En qué habría pensado mi padre? ¿Sería mejor inmolar nuestros cuerpos a dejar que los devoraran?

Todo eso había sido inútil, al fin y al cabo. Fue una horda enorme la que atacó en primer lugar. Debimos haber matado a más de veinte, pero eran una oleada tras otra. Reconocimos los rostros de algunos de nuestros vecinos entre ellos. Sus miradas perdidas y furibundas y sus labios retorcidos y babeantes no eran suficientes para ocultar que un día había sido personas. Quizá por eso mi madre dudó tanto, y fue la primera que dejó que la atraparan. Mi padre sucumbió intentando ayudarla. Cuando comencé a escuchar la agonía de mis hermanos, recién entonces pude recobrar un poco de la conciencia que estaba perdiendo de a poco. Pensé que el último recurso era el único que ya valía la pena. Sostuve el haz de dinamita conmigo, y solemnemente me dirigí a mi habitación, en el piso superior de mi casa, y encendí la mecha, la lancé a través de la ventana que daba hacia la calle, directamente al sitio donde los infelices ya devoraban lo último que quedaba de los cadáveres de mi familia.

La explosión destrozó los cristales de toda la casa, además de desperdigar por toda la fachada restos carnosos y sanguinolentos. La onda de choque también me empujó lejos, y yo caí hacia el piso inferior, semi destruido, y en una oscuridad que tuvo un reposo sólo en la noche final de mi vida.

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En la entrada de casa fabriqué una pira, de cuerpos humanos y también de los bastardos esos. He procurado que cada noche mantenga su fuego, como señal de que aquí le espera el destino a los que han sucumbido al mal. No he tenido mayores miramientos. Soy juez y ejecutor. El arma que desde siempre está conmigo reparte el don de la muerte a todo aquel infectado que ose aparecer ante la oscura ventana de mi habitación. He bebido de la sangre de sus cadáveres, sólo para saborear la pérfida alma de mi presa. He arrancado algunas falanges, las que ahora penden de mi enjuto cinturón, lo mismo que las balas que otorgan liberación. Todos sucumben. Nadie soportaría el beso de la muerte que mi instrumento divino sentencia.

Una risa fría, casi en silencio, acompaña mis labios cada noche, a la primera víctima, y poco a poco va convirtiéndose en una sonrisa melancólica, llena de porciones de locura, que hacen que me estremezca al mirarme luego; cuando el amanecer se acerca, en el espejo que aún queda en la habitación de mis padres.

“Vamos, acérquense… sean puros por fin…”, susurro entre dientes, durante la noche, apuntando hacia la nada, hacia el todo. Hace demasiado que he abandonado la idea de la libertad.

Hace demasiado, que la idea de la vida, como solía ser, me ha abandonado. Creí ser, durante un tiempo que ya no podría definir, un ángel destructor, una fuerza suprema, juzgando desde lo alto a todos quienes estuviesen en mi casi omnisciente campo de visión.

Y así ha sido hasta esta noche.

Debí haber escuchado el gorjeo de un ave, como anunciando el final de una tempestad, cuando ella apareció en el oscuro pasaje de la calle donde reposan los cuerpos incinerados de mi familia.

¿Cuánto hace que no había visto un ser vivo, uno de verdad?

Un suspiro pendiente del aire nocturno perpetró el santuario donde yo reposaba, diciéndome calladamente que lo que yo había creído tanto tiempo era mentira. Pero no pude siquiera acercarme más y hablarle, indicarle que viniese, que buscase refugio.

Su paso era más bien presuroso pero titubeante. A cada paso miraba hacia todas direcciones, y sólo tras cerciorarse que no era perseguida continuaba avanzando.

Fue en ese momento que caí en cuenta de lo demente que debo haber estado en estos últimos días. Tan sólo he estado buscando una manera rastrera de sobrevivir cuidando a mi vez mi cordura con una fantasía estúpida e infantil. La miraba, con un anhelo acallado. Ella, aún dudando y temiendo, aún a sabiendas del mundo donde se desplazaba, iba libre. Así l rezaba la profundidad abismal de su mirada, la frescura de su porte, la belleza gigantesca que exhalaba con cada paso.

Algo se movió entre las sombras. Ella apenas si lanzó un grito apagado y tuvo que recibir el embate de la bestia de lleno. Asquerosos malnacidos… Un proyectil surcó el aire e hizo estallar una cabeza deforme en un esplendoroso espectáculo sangriento. Otra bala más se llevó el cuerpo repleto de retortijones lejos de la silueta de ella. No dejaría que estuviese cerca. No permitiría que ellos la ocultaran de mi vista.

¿Cómo puede traducirse la expresión de dolor máxima? ¿Cómo puede explicarse observar a lo más hermoso que uno podría imaginar, en agonía? Por vez primera desde que preparé mi santuario con la pira eterna, nada me había confundido de esa forma. Ella se retorció y debí haber escuchado un gemido suyo. Mis manos se crisparon sobre mi fusil, tan fuertemente que mis dedos comenzaron a entumecerse. Temblaba todo, temblaban mis dedos, mis piernas, mi mente.

Otro de ellos apareció. Su figura maltrecha avanzó con rapidez pero una bala bien dirigida hizo estallar sus vértebras lumbares, casi seccionándolo en dos pedazos.

¿Qué debía hacer? Ella miró para todas direcciones. Debe haber estado buscando el sitio desde donde disparaban a las bestias.

Mirándola un poco más noté que el primero había logrado herirla en un hombro. El sangrado, aunque ligero, no tardaría en atraer a otros más. Tal vez lo mejor sería llamarla, ver si podía levantarse y…

¡Allí estaba otro! Recargué el arma más rápido de lo que mis neuronas pudieron entender y una bala atravesó la cabeza del atacante. Apenas caía al suelo en un charco de sangre oscura, uno más aparecía desde las sombras de una casa, aullando incoherencias. Dos proyectiles hicieron falta para este último, cuyo pecho estalló en un reguero de sangre, tras reventar limpiamente el esternón. El último osó aparecer desde un ángulo muerto, cercano a la pira eterna. Tuve que arrancarle los brazos y usar mi última bala para partirle la espalda en dos.

Nerviosamente palpé mi cinturón. Sólo quedaban cuatro proyectiles más. Justo la carga que soportaba mi arma. Sería una andanada más. Podría serlo. Podría aguantar una ronda más antes de ir a buscar más munición… si es que quedaba de ella…

Y entonces sus ojos se posaron en los míos.

“Chico, muchas cosas me asustan pero amarte no me provoca temor…

Chico, sé que muchas cosas te asustan, pero… no temas amarme…

La gente dirá muchas cosas de nosotros, pero no significan nada…

Porque… lo único que veo frente a mí…

Eres tú…

¿Por qué no vamos más allá…?

Chico, te veo sólo a ti…

Aunque la gente diga todo tipo de cosas…

Lo único que veo es lo que está frente a mí…

A ti…

Nos pertenecemos “

No sé porqué recordé esos versos…

Sus ojos tenían una profundidad infinita. Hablaban de algo así como esperanza en el más allá. Aunque su hombro sangraba y aún le costaba todavía ponerse de pie, ella brillaba hermosamente a la luz de la luna. Sabía que, de salir de ésta, no se quedaría allí. No viviría en un santuario, como yo lo había hecho. Buscaría, no… expresaría más aún su libertad. Extendería sus intangibles alas de luz infinita, recorrería sin tacha alguna un mundo, que aunque moribundo, todavía tenía un horizonte para alcanzar.

Hubo algo así como un rugido apagado, en el mismo y preciso momento que decidí todo.

Y en el instante que saltaba con todas mis fuerzas, y caía junto a los restos de lo que un día fuera la fachada de mi casa, dos más de esos monstruos brotaron a mis lados. Uno murió con una bala atravesándole el centro exacto de su deforme rostro. El otro pereció más lentamente, pues la bayoneta colgada de mi fusil se clavó en su cuello y lo dejó caído y sangrante para que sufriera cada instante.

Eran pocos los pasos que me separaban de ella, que me miraba con fijeza desde el otro lado de la calle. Y ella adquiría un porte incluso más imponente, con cada paso que yo daba, corriendo, acercándome, recuperando mi vida, saboreando el olor de este aire infecto, pero libre al cabo…

Y llegué a su lado en el momento justo que aparecían tres más de ellos, trepando desde los escombros de la casas de al lado, donde vivía gentuza que despreciaba incluso cuando estaba en el mundo normal.

Cuando ella palpó el revólver que le proporcioné, una sonrisa bellamente fiera se dibujó en su rostro. Su tiro fue certero, y un antiguo humano cayó de rodillas, tratando inútilmente que su cuello dejase de expeler su viscosa sangre. Otro más cayó con una bala mía y el último fue presa de mi bayoneta una vez más.

La luna pareció lanzar un hechizo sobre ambos que nos miramos por un instante, un fragmento de tiempo interminable en el que yo recuperaba sentimientos que había enterrado hacía mucho y por vez primera sentía la felicidad de saber que quería vivir. Quería salir de esa noche, abandonar ese lugar, alcanzar otros sitios, liberar lo que tengo de espíritu, que al fin y al cabo, mirándola, supe que era mucho.

Chico, sólo te veo a ti…

Entonces una parte al menos del embrujo desapareció. Un estallido llenó de salvajismo la noche y una construcción que quedaba casi en pie cayó estrepitosamente. Tan cerca estaba de mi antiguo santuario, que algunos escombros cayeron sobre la pira infinita, apagándola.

A un tiempo un rumor, que luego se convirtió en un bramido, se oyó desde las sombras del sitio caído. Y entonces, brotando rápidamente, tanto que no pudimos reaccionar con presteza, ante nosotros estuvieron, no dos, ni tres, sino más de una docena de ellos.

“Infelices, lo tenían planeado…”, llegué a pensar, con la satisfacción maníaca de haber encontrado que un rival era más digno de lo que uno creía.

La luna brilló más, llegando a su cenit.

Mis dedos se crisparon sobre mi fusil. Dos proyectiles más. El resto sería para la hija afilada. Sentiría el calor de su sangre y su vida abandonándolos, de cerca...

Ella hizo lo propio. En un último gesto, la observé, y con un gesto cómplice, le otorgué un cargador más de balas.

Tal vez sería suficiente.

Tal vez no.

Tan sólo tenía que decirlo. Todo en el universo clamaba por mis palabras.

Ella recibió el cargador. Las bestias se acercaban. Nuestros ojos se clavaron en los del otro; mis ojos parduzcos de mirada melancólica y los suyos, casi negros, infinitos, hechos de libertad…

-Te amo… -le dije, en tanto ambos sonreíamos conscientes de que esas palabras eran la única verdad absoluta en ese momento…

jueves 22 de octubre de 2009

En lo alto...


A veces miro un poco, desdeñosamente, el escaso mundo que rodea mi cama, al despertar. El frágil velo que separa mi conciencia volviendo y el universo de realidades superfluas. Un poco de las dudas de todos estos días me estremecen, al unísono, junto al exiguo vaho de los sueños que me abandonana de a poco.


Y cada mañana, escasa y débilmente, voy sintiendo un poco más cuánto va dejando de importar todo...


O quizá esté aburrido.

Quizá debiera recoger las cobijas.


Quizá despertar no sea tan malo.

O al menos no lo sería si para ello hubiese que abandonar una imagen en los sueños.


Un adiós con dolor, a aquello que nunca existió...

martes 6 de octubre de 2009

Tres noches

Disculpas a todos mis lectores (Que espero no me hayan abandonado, lo siento en verdad, chicos...) por tanto retraso, pero por lo menos creo haber vuelto con algo bien escrito. Este relato me ha dejado bastante satisfecho. espero les guste:



Tres noches















Cuando comencé a escribir este testamento, aún algo de vana esperanza anidaba, parásitamente en mi interior. A medida que he ido desglosando lo mucho que ha pasado en estas tres noches, estas tres últimas noches, siento que esta luz que entra por la ventana a mis espaldas, la luz crepuscular, guarda algo a lo que debí temerle desde el principio. Aún antes de que pasara toda esta tragedia. Quizá así mi vida no tendría que acabar.
Yo fui designada como una de las enfermeras del pabellón de terminales en este hospital. Eso fue hace mucho, mucho tiempo. O tal vez no. Los recuerdos que tengo de antes de la guerra no importan en demasía, después de todo. Bien podría decir que he estado aquí siempre.
Y si bien la miseria y el dolor siempre me habían acompañado, algo en lo más profundo de mí me hacía sonreír frente a las almas de los que trataba. Ellos, a quienes yo consideraba mucho más que mis pacientes, eran gente que tiene un pie ya en la tumba y sólo basta un ligero empujón del destino para que se abalancen hacia los designios de aquello que nos es desconocido.
Yo los veía, diariamente, de la misma forma que ahora veo este fulgor crepuscular. Algo hay de falaz en ambos, pues esta ya no es luz de verdad, sino es casi oscuridad. Un engaño, un remedo de noche apenas.
Y como tal, ellos no tenían sino un remedo de vida, pendiendo ante una muerte que ya estaba allí, sonriente en la lobreguez de nuestros pasillos cada día más vacíos.
Pero… ¡qué alegres que eran! Antes de ellos siempre había creído que la alegría de los que están a punto de morir no era más que una vana e hipócrita manera de que la muerte no destruya también lo que tiene delante, sino que sea sólo un manto, bienvenido en algún momento.
Y su buen humor no desaparecía, ni siquiera en los sombríos primeros días de los bombardeos. Fue en ese entonces cuando las cosas comenzaron a ir mal. Nuestro hospital, en un principio se convirtió en un pestilente nosocomio. Enorme parte de los heridos de guerra, ex combatientes, demás escoria, fueron relegados con nosotros. Incluso yo tuve que ir con ellos.
Los atendía con una enorme repugnancia. Incluso hoy me causa escalofríos. No podía, no puedo concebir que estuviera curando, salvándole la vida a alguien que se la hubiese quitado a otras personas. Para mí, en esa guerra, eran todos culpables.
Debió ser por eso que me sentí tan liberada cuando se ordenó la evacuación general. Nuestra antigua ciudad, sumida en ese hoyo entre montañas, ya no era más que un campo de escombros y cadáveres que alcanzaba hasta donde llegara la vista. Hacía un tiempo que las autoridades estaban evacuando a los pacientes. Pocos quedaban ya. Con los heridos de guerra, la cosa fue pragmática y simple como ellos solos. Una orden del Estado Mayor, y al día siguiente un montón de caravanas huyeron rápidamente, llevándose a toda esa gente asquerosa.
Ahí fue cuando caí en cuenta de lo que pasó. Los pacientes se habían ido. Los heridos también. Todos, todos ellos, pero los que estaban en mi sala, los que aún no habían muerto, seguían allí.
Toda esa tarde lenta la pasamos juntos. Administré un par de calmantes, algo más de medicación, la que nos habían dejado, y juntos nos preparamos para ver pasando los días, en esa isla de soledad donde habíamos quedado abandonados por la gente que olvidó a quienes ya estaban muriendo
Y lo digo porque en ningún momento pensé en abandonarlos. Ellos eran todo mi mundo, más incluso cuando ya nada quedó en el exterior devastado. Salimos un par de veces con algunos de ellos, pero el aire blanquecino repleto de ceniza y los escombros en llamas no hicieron otra cosa que deprimirlos. Creo que éramos como unos diez en ese entonces. He perdido la cuenta de cuánto tiempo pasó desde esa última vez que salimos de las paredes del hospital, pero algo sí he notado, y es que con cada día que pasa, el frío se hace más y más impenetrable.
Está atravesando mi carne corpórea, en este preciso momento, cuando comienzo a recordar como comenzó el final…
No puedo estar completamente segura de que haya comenzado hace tres noches. Lo único que sé es que la luz en el exterior ha dejado de brillar tres veces ya, y ahora se aproxima la cuarta.
El crepúsculo en el que comenzó todo era muy extraño. Poco de natural tenía que no sólo fuese violáceo o naranja. Se me antojó, un poco morbosamente, que ese anochecer era rojo como la sangre, e incluso creo haber sentido un poco del aroma de la misma pendiendo desde lo alto, como si el sol moribundo me ciñese ese estigma.
Y durante toda esa noche yo tuve un continuo sueño, una pesadilla que mucho tenía que ver con aquel anochecer sangriento.
Me veía a mi misma, caminando en un recodo de rocallosa negruzca, surcado por dos senderos flácidos y apenas físicos. El uno estaba a un lado, y creo, sin ser demasiado aventurada, poder decir que se trataba de un río hecho de restos de entrañas. Sin embargo, no me causaba desconsuelo ni repugnancia el tenerlo junto a mí. Era casi un alivio, de hecho, pues todo sobre mí existía tan sólo otro curso similar, pero de una oscuridad inescrutable. Seguí y seguí esa ruta, un buen tiempo, resoplando de a poco, casi sin agotamiento. Deseaba cada vez más llegar hasta el límite de ese camino. No lo sabía bien, pero algo me llamaba con fuerza hacia delante. No podía evitarlo. Mi ansiedad crecía y crecía con cada paso.
Cuando hube avanzado un tiempo demasiado largo, un tiempo que sólo podía existir en sueños, el camino se interrumpió de repente. La rocallosa cedió ante el río que iba formando un delta, y de pronto, todo frente a mí fue ese mismo miasma rojo. Sólo allí sentí en verdad terror ante mi condición. ¿Era eso lo que había estado buscando tanto?
Tuve un impulso imperioso de volver atrás y escapar, pero cuando traté, mis piernas sintieron un dolor espantoso. Miré hacia abajo y mi cordura fue puesta a prueba en un instante perdido de mi pesadilla.
Mis piernas estaban entrelazadas con la roca, ninguna al tiempo, ninguna separada de la otra.
¡Por todos los dioses! Aún ahora evoco el momento con miedo, pues si llegara un sueño, después de mi muerte, creo que sería ese mismo, eternamente.
El frío de la roca perpetró el contenido más íntimo de mi ser, y entonces, sólo entonces pude despertar.

Aún antes de que abriese mis ojos, un sonido familiar se dirigió hacia mí sutilmente. Abrí los párpados aún temerosa, y me encontré con que quien estaba llorando era Miguel, el que sufría cáncer pulmonar. Su voz pastosa me dijo a poco de despertar que debía acompañarlo a la sala de los pacientes.
Estaban todos en el pasillo. Todos y cada uno, y sus rostros contraídos ya no reflejaban la alegría de otros días, sino una sensación confusa de terror e intriga. No quise preguntarle nada, sino que me dirigí decididamente a la puerta. No podría haber pasado nada más, al cabo. Tan sólo que alguno de ellos hubiese muerto. ¿Qué más podríamos hacer? Habría que darle sepultura.
¿Sepultura? La palabra quedó colgando libremente, sin poder escapar de mis labios. La escena se hizo más macabra a medida que iba dándome cuenta de lo irónico de la situación
El ventanal que daba al exterior se hallaba inundado de una luz muy especial. Nunca comprenderé cómo pudo ser tan blanca, tan etérea. Tampoco cómo pudo estar en el mismo marco visual en el que estaba esos cuerpos desmembrados al azar.
Por suerte esa luz creaba un efecto de sombra profundo, donde no se veía a cabalidad todo lo que estaba esparcido por aquí y allá. Sólo el olor y un poco de imaginación morbosa hacían que una pudiese deducir en que posición habían quedado esos desdichados.
Del resto del día sólo conservo unos pocos fragmentos dispersos en mi memoria. Vagas imágenes de una caravana de nosotros llevando, una y otra vez, los pedazos hacia el exterior, reuniendo escombros entre escalofríos, terror y tristeza, mucha tristeza.
Y luego vino lo peor, durante todo lo que quedaba de la luz tibia de la tarde, mientras limpiaba lo que quedaba de entrañas dispersas por el suelo de la habitación abandonada.
Dos de ellos me acompañaban. Dos de los que quedaban. Ellos eran nueve junto a mí. Cuatro de ellos habían muerto. Cuatro pedazos de cráneos, cuatro pares de ojos reuní en las bolsas negras para llevarlas bajo las cenizas y los escombros del purgatorio en medio del cual vivíamos.
En el mutismo del recorrer del estropajo por el suelo, la espuma del agua y el escalofriante rechinar acuoso de lo que ya empezaba a secarse en coágulos más grandes, nos preguntamos, casi callados, qué había sucedido. Y aunque mis recuerdos hoy son fragmentarios y anodinos, en ése momento surgieron más claros. Había visto algo, la tarde anterior, antes del crepúsculo rojo.
Había visto a alguien más, pululando por fuera nuestro hospital, nuestro querido y a la vez odiado hospital.
Tenía ante mí la engañosa imagen de algunos forasteros caminando entre las ruinas, mirando con timidez o terror, o ambas.
Y recordando los rostros de esa gente, por vez primera sentí ese odio lacerante, quemándome por dentro, con un dolor que el de la sangrienta pesadilla envidiaría.
Los dos que habían salido conmigo iban a volver, empero, a aquello que estaba tras los grises muros de nuestro hogar, aunque después de esa bocanada de aire ellos no deseaban su regreso. Creo que fue mi mirada, en la cual aún permanecía la rabia, lo que los contuvo de insistir. Yo era la única que estaría allí fuera para cuando el crepúsculo dejara oscuridad en todo de nuevo.
No recorrí tanto como hubiese deseado hasta que el sol comenzó a huir. Algo había de agotador en la imagen de los escombros rodeándome, como si entre todos intentasen apartarme de mi conciencia. Por más que lo intenté, no pude evitar relacionar la imagen de la tierra removida y estallada, vacía y carente de toda existencia; no pude obviar la comparación con el paraje que tuve que visitar en mi pesadilla.
Peor aún fue cuando la luz comenzó a ceder. Las sombras adquirieron, poco a poco, unas formas caleidoscópicas que recordaban mucho a los cursos y meandros que dejaba el río de sangre de mi sueño.
No podría precisar bien en qué momento comenzaron a fallar mis piernas, pero lo que sí se´, a ciencia cierta, es que dos cosas más importantes ocurrieron en ese momento.
Y es que, en mi agotamiento, no pude seguir adelante y me senté sobre un promontorio ligero, donde los escombros no formaban aristas tan afilados como en otros sitios.
Suspiré, tan sólo una vez, y entonces vi aquella luz que provenía confusa desde el sol muriendo, y mi instinto me susurró que no estaba sola.
Bruscamente, con el corazón detenido, di vuelta mi rostro.
Un rostro confuso, quizá de una persona.
Un resplandor blanco y perfecto.
Y una oscuridad fuera del mundo lleno de ceniza y muerte.
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Cuando desperté, lo primero que pude sentir, pues no veía nada, sumida como estaba en una helada penumbra, fueron los colgajos trémulos de mi vestido. Me palpé lentamente, y sentí algo reseco en mi rostro, en mis hombros. Mis dedos dolían espantosamente. Casi no podía moverlos, pero luego de intentar ponerme de pie noté que ese dolor era lo de menos. Forzosamente, tuve que descansar. La pared en la que estaba apoyada estaba helada, y su misma rigidez lastimaba mi espalda, pero el dolor de mis piernas era mucho peor.
Cuando pasó un tiempo, de un rectángulo, no muy lejos, brotó una luminiscencia de un tinte cuasi místico, tanto porque junto a ella iba recuperando mis fuerzas, como porque iba dejándome ver algo acerca del sitio donde estaba.
Así vi los restos marchitos de una planta, cerca de mí, y un poco más allá algunos papeles revueltos en un suelo que exhalaba un vaho frío sin parecer que le importase.
Recorrí este cuarto, que en efecto era el lobby del hospital, con un dolor creciendo en mi pecho, y una sensación hueca señalándome de a poco que no respiraba como se debe.
Mi única guía fue un sonido que llegó a mí como el acorde de una canción fúnebre.
Nunca antes los pasillos de este lugar tan querido habían sido para mi sitial tan tenebroso, como ese amanecer largo, conmigo corriendo como podía, tratando de llegar al sitio de donde provenían esos sollozos.
Debe ser difícil de comprender la sensación que me embargó cuando llegué a escuchar los sollozos delante de mí. Yo creo que es más difícil entender cómo pude conservar la cordura, si es que aún tengo algo de ella. Lo dudo, pues entiendo bien lo que significaba la posición de los cuerpos que estaban dispuestos en el sitio, con los miembros descoyuntados hacia varios lados, las entrañas esparcidas, y los ojos en blanco, rezumando el olor y la sensación que daba la muerte de los dos que me habían acompañado al sepulcro.
Fui acercándome con paso dudoso. Uno de ellos pendía del techo, con los brazos estirados, totalmente descoyuntados. Lo palpé un poco, intentando, de una forma demencialmente banal, sentir pulso de esos restos macabros. Sólo comprendí lo falaz de mi intento cuando observé el torso del hombre, y cómo unas pocas vísceras destrozadas se diseminaban cual torrente rojizo e informe.
Creo que, después de todo, ya no me quedaban lágrimas para derramar. Además, estaba esa sensación. Mi cuerpo intentó lanzar un sollozo, pero mis pulmones restallaron rabiosos. Algo de sangre manchó la comisura de mis labios, y sólo entonces, volteé un poco, y miré hacia el mamparo de luz que se dibujaba por la ventana que estaba ante mí. La sala entera estaba repleta de objetos esparcidos en un frenesí caótico inexplicable. Poco de ello pude ver, empero, pues cuando mi mirada se topó con la de los dos últimos supervivientes, el horror me dejó clavada en su sitio, ya que yo reflejé la mirada llena de pánico que inundó a los dos, que miraban hacia la ventana a mis espaldas. Giré y traté de ver algo, pero justo en ese momento ellos dos lanzaron un aullido inhumano y salieron despedidos, corriendo, huyendo de algo que seguía allí, y que podía estar cerca. ¿Qué podría haber hecho? Tan sólo me tapé los oídos, y fui corriendo tras ellos. Por lo menos quería dejar de escuchar sus gritos de horror. Por lo menos quería dejar de oír esa pesadilla.
Los pasillos corrían ante mí como la sucesión de las diabólicas imágenes de mis sueños. Fue entonces, entre toda la agitación, que otras heridas, que no había percibido, se reabrieron en mí. Mi frente derramó un torrente sobre mis ojos, haciendo que mi visión se tornase en algo rojizo y confuso. Tan sólo había un ósculo visible ante mí, desde donde veía a mis dos pacientes, los cuales de tanto en tanto miraban hacia atrás y gritaban con miedo renovado y seguían escapando. Así fue que llegamos hasta el lobby, el sitio de mi despertar.
Fue todo en conjunto, la sangre sobre mis ojos, mis oídos tapados, el miedo mismo, y el dolor en todo mi cuerpo, lo que me hicieron vacilar, y finalmente tropezar. Caí de bruces sobre el suelo frío y blanquecino, y así, no pude seguir más a ellos dos, que escaparon finalmente del hospital donde, ya había asumido yo, iba a morir.
De a poco fui incorporándome. Sólo entonces pude pensar un poco más. Comprendí que ellos dos fuera estarían más expuestos. Si algo estaría en el edificio podría ir y atraparlos allá entre los escombros también. Me necesitaban. Así fue que volví a ignorar mis heridas y empuñé un pesado cuchillo que reposaba, manchado totalmente de rojo, cerca del sitio donde desperté.
Ignoré el vago sentimiento de familiaridad que me embargó en ese inmediato, y tan sólo traspasé las puertas y también llegué al exterior.
¿Quién podría decirme si alguien no hubiese sentido lástima de mi enjuta figura, que atravesaba los escombros renqueando, derramando gruesas gotas de sangre., intentando llamar a mis pacientes con voz cascada y que sonaba a corrupción?
Caminé un buen trecho hasta comprender que ya los había perdido. El dolor comenzó a regresar, y yo ya no tenía fuerzas para contenerlo. Tuve que sentarme en ese sitio familiar. En un principio no lo noté, pero a pesar de carecer de las sombras ondulantes y el ambiente de frígida oscuridad, ése era el sitio donde había perdido la conciencia la noche anterior.
Sólo pude notarlo cuando la misma sensación de terror helado vino a mí, al voltearme atrás.
Era ese rostro confuso, quizá de una persona.
El mío.
Tomé el espejo con aterida delicadeza. Mi imagen iba más allá de lo lamentable. Con él en la mano comencé la ruta de nuevo hacia el hospital, mientras algunos recuerdos, como retazos que iban recomponiéndose volvían a mí, con cada paso.
La misma caminata, sumida en las sombras.
Luego sólo oscuridad. Luego un aterrador coro de imágenes salvajes, de matices bermellón, salpicando mi conciencia. Un par de rostros aterrorizados, los mismos que veía mientras los supervivientes escapaban del hospital, sólo que estos tomaban lo que tenían consigo, y gritando, se defendían de mis intentos por desmenuzar sus entrañas.

Dejé pasar todo ese día mientras limpiaba el cuarto donde habían vivido ellos. Yo sola tuve que llevar los cuerpos de mis antiguos pacientes, en un inútil intento de enmendar algo por lo que ya no podía ni siquiera llorar.
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Cuando comenzó a llegar el crepúsculo me puse a escribir estas líneas. He estado intentando
Al hacerlo estoy intentando comprender en qué momento los llegué a odiar, o, si no ha sido así, el porqué tuve que sesgar sus vidas. Quisiera entenderlo. Quisiera entender porqué existe esa luz, que ahora comienza a llegar de nuevo.
¿Ahora cada anochecer será así?
Aún están vivos dos de ellos, allá en el exterior. ¿Habrá sido eso? Puede ser que en mi interior haya odiado sus intentos por abandonar el lugar donde estuvimos juntos y fuimos felices.

De ser así, es menester que éste sea un testamento. Espero que el que lo encuentre también me dé sepultura, pues a pesar de todos mis actos, aún creo merecer descansar junto a ellos.
Vaya, una lágrima…
Los quiero todavía. Por eso no quiero imaginar lo que pasará si vuelvo a esa pesadilla. No quiero despertar entre los escombros y tenerlos a ellos dos destrozados junto a mí.
Yo ya no iré junto a ellos. No puedo ser libre.
Estas son mis últimas líneas. Espero que lo comprendan, si un día las pudiesen leer.
Yo los quiero todavía…

lunes 24 de agosto de 2009

Pequeña sombra







A veces

Siento un poco

El gusto

que encuentro



Cuando un auto me roza



Cuando un pequeño granizo impacta en mis ojos



Me gusta sentir el cabello,



electrizado, danzando como si comprendiese



un poco de mi desesperación



Me gusta



recordar su murmullo



cuando despertaba



A veces, veo el cielo

tachonado de azul

y siento la quebrazón

y mis ganas huyendo



Llevándose mi vida



Soy tan pequeño...

lunes 20 de julio de 2009

Fin de Curso

Hay gente por ahí todavía???





Espero que el cruel destino no haya hecho que todos, merecidamente, me hayan abandonado.





No quiero apesadumbrarme, ni desplegar mi lista de dsculpas. Creo que sólo queda postear algo nuevo que había escrito. espero que no hiera sensibilidades.





Y que les guste.

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Fin de Curso







Como último gesto, Susana volvió a izar en alto el estilete que llevaba en la mano, y sin dibujar ninguna expresión en su faz, volvió a bajarlo. Los chicos de su curso vieron otra vez el chorro de sangre levantándose, salpicando como poseído, y algunos intentaron gritar, pero la mera visión de aquella chica, sus ojos brillantes en la penumbra y su aspecto demencial los detuvieron.

Y apenas tres meses antes, ella seguía siendo una más de las chicas de aquella promo, tenía una vida como la de cualquiera, unos padres irritantes y desobligados, profes imbéciles, alguno que otro pretendiente, y además, problemas como los de cualquiera.
Y uno de ellos, quizá el más importante, eran sus notas del tercer trimestre. Las del segundo eran cuando menos, deplorables. La chica muchas veces ya había repasado ese papel que era símbolo inequívoco de un mal estudiante.

Pero se había esforzado. El temor al fracaso, más que cualquier otra cosa, había ayudado a que ella diera más de su rendimiento de lo que podía. Su amiga de años, Camila, presenció el sobreesfuerzo al que se sometió Susana. Lo vio, y aunque apenas si ayudaba, también ella se sintió apesadumbrada cuando el profesor de química no parecía ceder a los ruegos de trabajo extra que tanto daba Susana.

El tipo en cuestión era el típico anciano frío y altanero, que a más de entender de su materia, según él, era un erudito en cuanto tema haya compelido la humanidad. Cada jueves y viernes, cuando era su hora de clases, él miraba a los pobres chicos, como lo que consideraba eran ellos, no más que unos pobres animalejos repugnantes, fruto de la falta de cuidados anticonceptivos de los padres a los cuales, por otro lado, jamás atendía en entrevistas ni nada por el estilo.
Se rumoreaba bastante sobre este tipo. Alguien decía por allí que era pariente del director y que por eso no lo despedían, pues las quejas estaban a la orden del día. Un par de veces dio de golpes a alguno de sus estudiantes, y el tema simplemente no fue tocado de nuevo. A pesar de todo, su materia no resultaba tan difícil por cuanto ni siquiera se interesaba en sus alumnos.

Sin embargo, aquí se había producido un cisma. Por vez primera el viejo no accedió a un ruego y aprobó a la pobre chica sin más trámite. Parecía querer hacerla sufrir.
Quizá estuviese comenzando a tomar conciencia de su posición como educador.

O quizá no.

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Todo comenzó el anochecer de un día viernes, en septiembre, cuando Susana se había quedado en el colegio, deambulando por aquí y allá, hasta que pudiese atrapar al profe de química, el tan temido Gepetto.
Y ya casi no había nadie, cuando ella, que esperaba en la puerta de salida, vio acercarse su encorvada figura. Con un saludo inquieto y nervioso, ella trató de entablar conversación. El viejo la ignoró. Ella, más indignada que entusiasmada, siguió el tambaleante paso del anciano. Un siniestro micro azul se apostó en la esquina y el profe subió a él. Susana no dudó un segundo, y también se introdujo.
El viejo refunfuñó, pero ni siquiera así iba a ceder. Ignoró a Susana todo cuanto pudo, aunque no logró evitar mirar hacia la figura sudorosa de la jovencita que, abalanzada sobre la banca de enfrente, hacía caer su aromática cabellera, y lo miraba con unos ojos suplicantes.

Y el silencio del viejo permaneció, hasta que tuvo que erguirse de nuevo, y tan de prisa como podía, descendió del autobús. Y sí, la chiquilla también descendió junto a él.

Fue recién entonces, en tanto el anciano rebuscaba en sus bolsillos, que terminó por contemplar un poco más la enjuta figura de Susana. La chica no cesaba de rogar, y eso añadía un toque carmín a sus mejillas.

No pertenece a los recuerdos de ninguno, pero luego de unos minutos, Susana terminó en el interior de la oscura y solitaria morada del viejo. Su pequeña casa solía estar en penumbra completa y tan sólo constaba de tres habitaciones, una que tenía como acceso su baño, que hacía las veces de dormitorio, otra, que era una combinación yuxtapuesta de un depósito y una estéril cocina, y la última, más grande, que hacía las veces de sala, de solitario comedor, y de biblioteca. ¡Y qué biblioteca! El anciano tenía tomos y tomos, compilados de sabiduría increíble, que aportaban un aire lóbrego a la sala mal iluminada. Susana terminó sentada en la mesa aquella, y el anciano desapareció. Al volver, llevaba consigo una botella de un líquido verduzco, cuyo aroma parecía disfrutar en demasía.

Ahora bien, estimados lectores, a estas alturas el asunto ya se habrá destapado para todos ustedes: la mirada del anciano se había trocado de un viejo impertérrito y cruel, en la de un hombre solitario, y finalmente en la de una bestia astuta y horrible, sedienta de un manjar que tenía justo ante sí.

Pero Susana, en su calidad de manjar, no tenía idea de qué diantre sucedía.

Tal vez haya caído un poco en la cuenta de lo espantoso de la situación, cuando el Gepetto terminaba su labor sobre ella, y retorciéndose, hacía resoplar su viejo pellejo desnudo y comenzaba un sueño cansado. Susana también se retorció.

Pudo ser miedo, asco, pánico o dolor, pero no hubo forma de comprender su sentimiento. Y mucho menos forma de detenerlo.

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Susana creyó morir cuando el jueves siguiente, cuando por fin lograba sobrepasar su trauma, volvió a reprobar una práctica de química.

¿Es que acaso ese viejo infeliz estaba jugando con ella?

Y la cosa siguió de la misma manera. Al día siguiente, aunque ella trató de hablar con él, no hubo caso en lo absoluto. El viejo había regresado a su sobrador aislamiento típico.

Y la rutina se repitió, el autobús azul, la soledad a las puertas de la casa del profesor, todo,… excepto porque un tinte ladino había anidado en la faz de la supuesta pobre chica.
Una blusa a medias desabrochada, una falda más corta de lo usual, un carmín antinatural en sus labios, y una actitud desdeñosa, fueron lo que casi hizo enloquecer a Gepetto. Su podrido corazón saltó de su pecho, en ese momento, en tanto profesaba alabanzas a la juventud moderna, y en todo el acto, prometía una y otra vez que no. Que Susana no tenía que preocuparse por sus notas.

Camila, en el transcurso de esa semana, ya había notado el primer cambio en su amiga. Susana era una chiquilla atolondrada y casi lastimera. Bonita, sí, pero un tanto desabrida.
Bastó un fin de semana, el mismo en que la susodicha había estado pensando una y mil veces en las consecuencias de lo que había hecho, para que terminara por desentenderse del asunto. El tener una cantidad nada apreciable de materia gris fue muy útil.
El hecho que ese poco tuviese algo malo desde el principio también ayudó.

El viejo Gepetto ya no era más el perverso e indómito profesor de química, el único imposible de conmover.
Sí, un sábado, un domingo y quizá algo más habían bastado para que Susana comprendiese que, irónicamente, el buen Gepetto, desde entonces, sería su marioneta.

Y hubiera sido genial que Susana notase tal ironía, pero bueno… la malicia no encara mayor potencial neuronal.

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Fue así como las notas de Susana empezaron a mostrar una franca subida. Las tres prácticas que luego había realizado su curso las había aprobado sin ningún problema. Era extraño que ella no hiciese nada durante la duración de las mismas, y más raro aún que al momento de volver a recibirlas, éstas estuviesen escritas con una letra muy similar a la del profe.

Pero, entre una semana y otra, algo más estaba sucediendo, muy por fuera del control del profesor o de Susana.

Y es que Camila, en calidad de gran conocedora de las estupideces de su amiga Susana, comenzaba a notar que algo raro pasaba. Algo que involucraba a su amiga. Vanamente trató un par de veces de informarse más, aunque sí logró incomodar en parte la posición en la que estaba Susana.

E incómodo también quedó el viejo cuando su eventual amante le comunicó su preocupación. El viejo aprovechó ese momento para poner a prueba la verdadera naturaleza del carácter de su protegida.

La vida del Gepetto no era más que una clásica muestra de un hombre que nunca ha sentido aprecio por nada ni nadie en el mundo. Mucho de su amargura se debía, precisamente, a la imposibilidad que siempre había tenido para con el sexo opuesto. Miles de recuerdos de (en contexto) graciosas humillaciones habían dejado tanto su corazón como su aparato reproductor hechos una mera cáscara.

Una par de conversaciones de alcoba entre ambos, la chica ladina y el viejo degenerado, bastaron para que una vez más los papeles se trocasen. De pronto, Gepetto volvió a su antiguo puesto, sobre el escenario, y los hilos le pertenecían a Susana. Y las indicaciones hacían que su odio llegase a Camila, que no era más que una tipeja envidiosa y mezquina. No por nada Susana siempre había envidiado que su otrora amiga era una buena estudiante. Más razón aún habría para odiarla, ya que a ella no le hacía falta acostarse con un viejo hediondo y repugnante.

No fue muy difícil que el viejo convenciera a Susana de que la mejor manera de darle una lección a su infeliz amiga no era ignorándola, sino llevándola a su cubil.

Claro está que Susana debió haber pensado que el Gepetto haría algo así como una enseñanza cruel, o que daría una noticia espantosa a la pobre de Camila, o que la humillaría como mucho.

Ojala sus ridículas ideas hubiesen sido al menos, cercanas a la realidad.

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Camila era una chica de un carácter fuerte, no precisamente una luchadora enfática y de altos y elevados intereses, pero sabía defender su dignidad. Era por eso que la indignaba aún más la actitud de su amiga.

Ella pensaba, en una porción algo anegada de su mente, que lo que Susana hacía era ir a la casa del viejo a hacer de sirvienta. Sólo así podía explicarse que sus notas subieran, Que el profe le hiciera la tarea por ella, y más aún, el porqué cada viernes ella se quedaba hasta tarde y abordaba el mismo micro azul que llevaba al Gepetto a casa.

Fue un viernes, cuando ya había pasado un buen tiempo y prácticamente la nota de Susana estaba asegurada, cuando ésta volvió a su estado de chiquilla atolondrada, y sonriente, invitó a su amiga a que fueran juntas donde el profesor. La excusa era que ella había conseguido que el Gepetto le diese cursos extra, y ella, tan buena amiga, no quería quedárselos sólo para sí.

Camila, aunque no creía una palabra, accedió. La verdad era que quería saber qué era lo que pasaba. Tan sólo eso.
Y así, recorrieron el camino hasta la casa del viejo. Camila, al contrario de su amiga tenía una gran cantidad de neuronas interconectadas entre sí, las suficientes como para darse cuenta de lo pérfida que se le hacía la entrada a esa casucha de una villa de por sí peligrosa. Instintivamente había tomado su estilete, el gran estilete amarillo que le regalase su padre, y lo puso en su manga, lo más cerca que pudo de su mano.

El viejo las recibió a ambas amablemente. Pronto Camila también se sorprendió viendo los grandes baluartes de conocimiento que el Gepetto poseía. Estaba en eso, cuando el irregularmente amable anciano reapareció, llevando consigo dos elegantes copas llenas del mismo líquido verde que hiciera tomar a Susana.

Camila lo olisqueó un poco y con una mueca rechazó el brebaje. Ella sabía un poco más de todo, y un poco de deducción la llevó rechazar categóricamente el ajenjo. Su amiga, por otro lado, estaba ya terminando su copa para ese momento.

He ahí el porqué de esa mirada desvaída. El porqué de ese distanciamiento.
Después de su largo sorbo, Susana volvió a mirar a su amiga. Camila, viéndola, pensó que ese asunto ya no valía la pena. Su ex amiga podía pudrirse en el quinto infierno y hacer caso de las perversiones de cuanto viejo le diera la gana, que lo haga sola. Tomó sus cosas y se dispuso a irse. El viejo no movió un músculo, y no perdió su sonrisa amable. Tan sólo hizo un gesto imperceptible, mirando en la dirección en que se encontraba Susana. El guiñapo que tenía por amante comprendió al instante.

Sólo que exageró un poco. La idea no era que estallara toda la botella en la cabeza de su amiga. Bastaba con la misma copa, o cualquier cosa. El resultado fue Camila, en el suelo, no inconsciente, como pretendía, sino con un desangre preocupante.

Ambos, tanto el viejo como la tonta chica, se miraron, y rápidamente, sin pánico, tomaron el pequeño cuerpo de la muchacha que seguía sangrando en el suelo y lo arrastraron hasta llevarlo al cuartucho que hacía de depósito y baño.

Y luego, para compensar al viejo y para que la chica no se quedase sin hacer nada, acerrajaron la puerta del depósito y durante una hora o más se entregaron mutuamente. El viejo ya había caído en una y mil perversidades. ¿Porqué no festejar el culmen de otra más?

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Luego del período de oscuridad que siguió al ya conocido exhalar del viejo, Susana logró despertar. Como siempre, luego de la bebida le quedaba un sabor en extremo amargo en la boca. No cayó en cuenta de que el Gepetto ya no estaba en la cama. No le dio más importancia al asunto y vistiéndose al menos un poco, se dirigió a la cocina.
En el paso entre cuarto y cuarto, sin saber muy bien porqué, un estremecimiento la recorrió entera. Observó un poco con el rabillo del ojo la otra puerta, a del depósito, y la vio entreabierta. Una luz mortecina y perversa escapaba de aquella rendija. Dio un paso. Luego otro y otro más. Una mancha negruzca rojiza iba entreviéndose. La chica no llegó a entender bien qué pasaba sino hasta que empujó la puerta y logró ver el cuerpo descoyuntado y aún retorcido del Gepetto. Su boca misma, así como las orejas y un tanto los ojos, iban derramando cantidades atroces de líquido vital. Y de rodillas, justo ante él, estaba Camila, llorando todavía y temblando, aún sosteniendo el estilete roto, del que no se habían percatado y con el cual logró detener al anciano antes de que la tocase.

Lo siguiente fue una escena digna de una telenovela de bajo presupuesto. Susana pareció haber comprendido de inmediato la terrible desgracia que acababa de suceder, y de la cual era culpable por completo. Se disculpó de mil maneras con su amiga, y ambas tuvieron que darse a la tarea de embolsar el cuerpo y llevarlo hasta un terreno baldío que estaba más allá de su casa, y enterrarlo como pudieron.

Y el precio de tan espantoso destino había sido la inocencia arrebatada, para ambas, y la vida de un anciano despreciable, que hubiese merecido eso y mucho más. Luego de enterrarlo, ambas terminaron abrazadas, y llorando, y prometieron no hablar nunca jamás de lo ocurrido aquella noche.

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Ahora bien, el espíritu mismo de Susana estaba carcomido mucho más de lo que pudiera reparar una escena de reconciliación de corte Talk Show.

Camila regresó a su hogar, ese viernes, y habrá llegado a poner una excusa para su herida en la cabeza. Para ella, quizá lo sucedido podría haber terminado allí, pero ése no era el caso de Susana.

La otrora amante del anciano, apenas hubo pasado la noche del viernes, cuando aún amanecía el sábado, reapareció en la casa ya abandonada. Se sentó en el borde de la cama donde saboreara una inconsciencia que sería digna sólo de demonios. Y así, el tiempo pasó ante ella en una pesadilla de una longitud inabarcable. Repasó todo lo sucedido, desde el tiempo, tan corto en realidad, cuando ella no era más que otra chica, y su inocencia seguía junto a sí. Volvió a revivir, desde la primera vez que sintió el fétido olor del anciano dejando su esencia dentro de ella, hasta su imagen, mal iluminada, con la garganta hecha pedazos y sangrante, todo obra de un mísero estilete.

¿Un mísero estilete?

Como por acto reflejo, Susana volvió al lugar del siniestro, y allí, en el suelo, encontró el trozo de metal y plástico que segó la vida del que la había condenado. Lo miro durante larguísimos minutos, sopesando lo estremecedor que había terminado por trocarse su destino. Y mirándolo, fue que terminó por darse cuenta de porqué había pasado todo aquello.

O más precisamente, quién era la culpable de que su vida estuviese arruinada.

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Y así fue, queridos amigos, como llegó el día lunes. Un día lunes más, de las estribaciones de noviembre, cuando el curso de las dos chicas volvía al aula.
Apenas si Susana había dirigido una mirada a nadie, pues lo poco que le quedaba de conciencia iba a ser utilizado cuando comenzase esa mañana, consumida hasta el fin en una venganza inclemente, perversa y completamente estúpida.

Después de una mirada de una intensidad incalculable, saludó a Camila con un beso callado. Y así, ellas dos se quedaron silenciosas, en tanto el resto del curso seguía tomando sus lugares en sus pupitres. Camila se sintió tranquila. Un poco, al menos, del trauma había logrado pasar.

Y al final, todos terminaron de sentarse. La profe de historia aún no llegaba.

Un portón brutal cerró la puerta con salvajismo.

Y antes que se diera cuenta, Camila fue empujada atrás con violencia, hasta caer al suelo. Susana, luego de haber hecho ambas cosas, miró al curso entero, con un desprecio venido de más allá de este mundo, y con una voz pausada y una mirada y unos movimientos hipnóticos, les relató todo lo que había pasado durante esos días. Todo. Habló sin ningún tipo de moderación sobre lo que ese viejo asqueroso había hecho con ella, y terminó con una jugosa explicación acerca de cómo aconteció su muerte.
Y durante la última parte de su relato, demostró la mancillada hoja que recogiera allá, y que iba a ser la victimaria de quien había tenido la culpa de todo.

Y no. No era Camila. La pobre sólo tuvo que observar cómo Susana iba de a poco, cercenando, cual si fuese metódica, cual si hubiese calculado todo, su brazo íntegro.
Y así, la sangre siguió salpicando, en tanto la chica daba un adiós efímero a otros jóvenes que aún eran como ella lo fuera.

Que tan sólo pretendían pasar de curso.





viernes 12 de junio de 2009

Confesiones





Síncronía de existencias...



Rondando al azar...



Deseando conocer



deseando recordar



Soledad enmarcada en un hábito



de placer

de dolor

de nada



Rabia, tan sólo



por disfrutarla, por desearla... por haberla tenido



Una pesadilla encerrada dentro de un cascarón



Ignífugo. Inexistente.



Cuánto quisiera que hubiese pasado ya.



Y el deseo sólo fuese ello