Resulta que aquel muchacho no tenía pies. No sabía bien porqué, o cómo, pero no las tenía. Y ya que sin ellos no podía caminar, decidió que debía tener al menos algo parecido.
Así fue que buscó y buscó entre los trastos de alrededor, hasta encontrar dos piezas de metal largas y con las que pudiese equilibrarse. Pero sus piernas terminaban en un par de muñones cerrados. Él forzó y forzó la piel, usando la misma punta de las varas, hasta atravesarla, y asegurarlas en la carne. Sangró, si, y mucho, pero el muchacho no murió, como pude comprobar.
Con aquellas extremidades listas, por fin logró ponerse de pie, y salir a ver a aquella que buscaba. Tampoco sabía quién era ella, ni porqué debía encontrarla, pero eso no era lo importante. Lo único que en verdad importaba era hallarla.
Caminó y caminó durante tiempos desconocidos, atravesando tierras ignotas, áridas e inhospitalarias, hasta llegar a aquella casa negra. Atravesó los portales, subió por escaleras larguísimas, y por fin llegó hasta el sitio donde ella dormía.
Su habitación era blanca y pura, al igual que el lecho. Allí, sobre el mullido colchón, ella dormía un sueño apacible e interminable. Él quiso despertarla, pero no pudo. Intentó tocándola con suavidad, hablándole, hasta golpeándola, pero ella seguía durmiendo. Entonces él supo perfectamente qué debía hacer. Él, que era imperfecto y sucio estaba despierto; mientras que ella, perfecta, e inmaculada, no podía llegar a despertar.
Y en verdad ella no despertó. Ni aún cuando él tomó ese trozo de metal gastado y oxidado, y le cortó los pies. Ni aún cuando él tomó también otras varas similares a las suyas, y las puso en los sangrantes pies de su musa.
Pero ella debió despertar al fin. Es decir, de no haber sido así, yo no podría escribir estas líneas. Porque aquella era mi madre…