jueves, 8 de abril de 2010

Las Máscaras de Alicia (parte cuarta y penúltima)






Algo en lo cual ella tenía toda la razón era en que mis nervios estaban ya rotos. Al volver a casa miraba para todos lados, imaginando una mirada furtiva esconderse en cualquier recodo. Alguien que me incriminara por dejar morir a mi progenitor. Alguien que clamara por la culpabilidad de sentirme bien por ello…
Ya habiendo traspuesto la entrada a mi hogar, lo primero que hice fue tomar de manera indolente el periódico empapado, limpiar de manera somera el piso y dejar remojando la alfombra donde el primer torrente de sangre había dejado huella. Antes de darme cuenta la noche ya había pasado. Deben haber sido horas tenebrosas, aunque no las puedo recordar bien, entre tanto tráfago, yendo y viniendo, limpiando, sonriendo de manera extraña, borrando las señales del crimen que me había hecho libre.
Sólo cuando parecía que ya estaba terminando, la sensación corpórea regresó a mí. Sentí una combinación de ansiedad, hambre y sed, que sólo algo calmaba. Fue por eso que me dirigí a la cocina, y preparando una taza de café humeante, y habiendo colocado la caldera al fuego, me percaté de que el refrigerador estaba entrecerrado. No entendí en ese momento cómo es que no pude sentir la pestilencia que provenía de aquél. Mi corazón casi se detuvo, haciendo un coro a mis pasos, que se acercaron con lentitud hacia la puerta blanca. Sólo en el último momento percibí una ligera, casi imperceptible mancha rojiza pendiente del extremo de la puerta.
¿En serio era otra persona, aquella Alicia?
¿Por qué entonces me conocía tan bien?
¿Por qué iba a preocuparse acerca de mí, hasta de la menor minucia de mis problemas emocionales?
¿Por qué…?
No,… ya no iba a preguntármelo. Ya no deseaba pensar más. No quería que nada más penetrase en mi mente. Ya era suficiente. Ya no más.
No sé si habrá sido compostura o una señal más de enloquecimiento, pero para cuando el timbre volvió a sonar yo estaba rebuscando algo entre los diferentes platos y recipientes donde habían quedado los restos de mi padre. Al parecer La Otra no se había llevado lo que fuera mi progenitor, sino la comida que éste había llevado a casa. O al menos eso quise pensar… había otra idea en mí, pero ese no era el momento.
Cuando finalmente obtuve un tazón de plástico donde estaba algo que confirmaba que eso era mi padre, el timbre insistió. Di un respingo y al abrir la puerta Emily apareció con un rostro preocupado. Una vez más caía en cuenta del tiempo que había pasado.
-Me han contado de lo que ha pasado… pensé que ese hijo de puta te había hecho algo…
-…No… ¿cómo crees? Le he estado sacando su… -hice un gesto altivo con la mano y entonces nos miramos. Mi hermana mayor, casi… Si tan sólo hubiese podido saber un poco. Tal vez ella supiera desde cuándo estaba loca- che, mi viejo ha salido un buen rato. ¿Quieres huevear un poco?
-Jajaja, con gusto. Estaba podrida en mi casa.
La rutina fue la de siempre. Ella tenía consigo un ejemplar de ese libro tan infame, el temido y a la vez respetado Baldor, a la par de que yo había sacado conmigo la tabla ouija que me había comprado la navidad pasada no recuerdo bien dónde. Teníamos la extraña idea de que si llamábamos a un espíritu para que contestase nuestras preguntas, al momento de usar el libro ése, luego le sería más fácil comunicarse por medio de la tabla.
Una tijera y algo de equilibrio…
Ella y yo reíamos. Me sentía extraña, empero. No era sólo que había visto dos muertes ya, además de que una fuera mi propio padre. Era además, saber que estaba involucrada en ambas, sin saber aún en qué nivel.
Debe haber sido la tarde de un lunes,… sí, eso puedo creer…
Veía de manera casi piadosa el libro pendiente de las manos de Emily. La veía con piedad a ella. Eso no eran más que juegos de niños. Y fue recién en ese momento que comprendí lo que dijo Andrés esa noche perdida en el tiempo.
-¿Sabes qué?... -dije mirando directamente a los ojos de mi amiga- Esto no son más que huevadas…
-¿Ah?
-Estos jueguitos… Tú y yo nos hacemos a las oscuras con estas cojudeces… estamos tratando de invocar espíritus por puro juego… ¿Acaso estamos tratando de sólo evitar la mierda que es nuestra vida real?
-No se de qué me estás hablando… ¿Te ha vuelto a pegar tu viejo?
-¿A ti te han hecho caso los tuyos? ¿Te han mirado siquiera? A que en tu casa ni sabían de tu tocada del sábado…
-Tranquila… si quieres me voy nomás. No te quiero meter en problemas con tu viejo. Parece que se ha puesto peor…
-¡Peor! Ja…. Ja… ¡jajajaja! ¿No quieres dejar de jugar? –Dije de pronto, alzando la vista. Mi voz ya no era la normal. Ya nunca más lo sería- ¿Quieres ver algo jodido, pero jodido…?
-Yo… ¡ey…!
-Tú nunca has sabido lo que se siente que alguien tenga todo su poder sobre ti. Alguien que en lo más profundo sólo te desprecia… ¿Sabes lo que es vivir pensando en que cada día podría reventarte a golpes por nada…? Y lo peor es que le debes respeto y deberes a esa persona… a esa piltrafa… ¡a ese montón de mierda! –Había arrastrado de la mano a mi amiga hacia la cocina y allí, mientras le gritaba señalaba hacia el refrigerador. Estaba totalmente azorada. Apenas si la veía. Tan sólo veía la oscura silueta de mi padre, los días en que me golpeaba por todo, por haber nacido.- Toda la vida he visto que alguien sin valor, alguien ruin y despreciable como él haya tenido todo el poder. ¿Yo qué le hice? ¡¿Nacer?! ¡¿No ser cómo él?! …Bueno… ya es tarde, pero puedo ser un poco como él, ¿sabes?... después de todo, puedo saber cómo es, de principio a fin… ¿lo quieres ver?
Abrí el refrigerador. Emily dio un respingo y empalideció. Sin embargo, el horror la plantó en su sitio, para que siguiera viendo.
-Ahora lo tengo por partes… je… -Saqué el plato de plástico y derramé su contenido en el mesón de un lado. Un ojo dio una vuelta completa y quedó mirando directamente donde mi amiga. Saqué del montón las orejas y las puse junto a éste. Entonces vi algo mejor. Definitivamente La Otra Alicia era una experta en lo que hacía. Había desollado la parte de los labios de mi padre, de una forma magnífica. Los labios seguían dibujándose en ese retazo de piel contraída, pálida y fría. Volví a sonreír.- De hecho, lo mejor es que puedo ser un poco como él,… mira –hice un ademán y me puse el trozo de piel a modo de barbijo. No sé cómo habrá sido mi imagen, con esa boca postiza, pero Emily exclamó algo como un pequeño grito- Ahora yo puedo ser quien mande… jejeje… jejejeje...
Fue allí que Emily no aguantó más. No dio un solo grito, ni una exclamación. Tan sólo salió despedida. Escuché el portazo cuando hubo huido, y yo caí de rodillas al piso, riendo quedamente aún. Quisiera dejar de recordar eso al menos. El olor de la sangre fría en mi boca. La sensación de tener a mi padre tan cerca, aún…
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La tarde siguió transcurriendo y el abrazo del crepúsculo llegó hasta mí en la misma posición de siempre. Sentada ante la nada, con la sala revuelta, sólo que algo había cambiado. Por vez primera esa sensación de tranquilidad tuvo una razón de ser. Y eso pese a que seguía manteniendo esa horrenda máscara en mi faz. Luego de un buen rato me la quité. La coloqué sobre la mesa y la contemplé un momento largo.

-¿Sólo la boca? Eres tan extraña…
Levanté la vista. Aquellas palabras venían de esa figura que ya no quería volver a ver. Una capucha, un solo ojo de mirar afiebrado y una cabellera negra sobresaliendo de uno y cubriendo el otro. Una pose encorvada y una sonrisa imposible de definir.
-¿Por qué extraña? Han matado a mi padre y yo soy feliz… ¿Es por eso?
-No. Me refiero a que conserves sólo esa parte. No le veo un motivo.
-Nada que ver. Lo demás está ahí en la cocina, donde lo guardaste…
-Yo no guardé nada, pequeña Alicia. Tú eres quien se ha encargado de todo. Yo no he tenido que hacer nada.
-¡¿Quieres parar con eso ya?! Si estoy loca y sólo yo te veo… ¡mejor me dices! ¡¡No me importa el acabar loca, pero quiero saber si ya lo estoy!!
-Qué simple eres… ¿Sigues teniéndole miedo a que alguien te castigue?
-¡Claro! ¡¿No ves lo que hemos hecho?!
-Ya te lo dije. Yo no hice nada. De todo te has encargado tú…
-¡Basta! –recién en ese momento me incorporé. Ella, que estaba sentada en el apoyabrazos del sillón, me miró sin cambiar su expresión. Yo me acerqué tanto como pude, casi hasta rozar su boca con la mía.- ¡¡Desaparece de una vez!! ¡¡Mi vida estaba bien sin ti!! ¡¡Desaparece, mierda!!
Hice el ademán de levantar un brazo, como si fuese a golpearla. Dios, lo habría hecho, sino hubiese tenido aún el temor de lanzar el golpe y encontrarme con que no había nada allí. Creo que fue mejor que ella resoplara y me contestara, en un tono que hizo detener no sólo mi movimiento, sino incluso los latidos de mi corazón.
-¡¿He hecho todo esto para protegerte y así me agradeces?! ¡Niña estúpida! –Se levantó- Me he esforzado en ti y ahora resulta que no eres más que una cobarde hipócrita… ¿No acabas de entender, imbécil? ¡¡Tu viejo era un sujeto malnacido, un absoluto despojo de persona!! ¿Acaso debes preocuparte porque se haya muerto? ¿Entiendes o no que ya eres libre? ¿Para qué estás guardando esta máscara?
-Yo… yo…
-Claro, debería saberlo… olvidé por un segundo que yo soy tú, y que tú no eres nadie. A ver… ¿así te la pones? –Colocó la máscara en la misma posición que yo la tenía. El trozo de piel, ya no tan frío, tenía algunos segmentos pegajosos por la sangre, de modo que quedó colgando de su boca. No me figuré que la imagen sería tan horrenda…- ¿Piensas que con esto hablas como tu padre? ¿Con autoridad, sin que nadie pueda contrariarte?
-…Sí… creo que es eso…
-Mhhh… Puede que por un tiempo la necesites. Sólo que... hay algo que debes hacer todavía para ganarte tu libertad… debes demostrarme que la mereces… acércate… ven conmigo…
Di unos pasos y cuando estuve cerca, me apretujó con fuerza y susurró unas palabras a mi oído. Aún después de todo lo que había ocurrido, no pude evitar horrorizarme. Obviamente ella lo notó, pues me miró, entre divertida y expectante.
-Yo… no puedo hacer eso… no… No puedes obligarme…
-De acuerdo. No puedo obligarte… Pero tú sabes que no puedo faltar a mi deber, ¿no? –asentí. Ella se acercó. Sólo así pude notar que tenía mi misma estatura- Sabes que si alguien destrozado, sin libertad, está ante mí… yo debo liberarlo… Decide. Lo haces tú o lo hago yo. Y si lo hago yo, tú tendrás que ser la siguiente, porque no me habrás demostrado tu valor. No me habrás demostrado que valía la pena ser libre…
La Otra Alicia me dio la espalda y se dirigió con paso lento hacia la puerta. Hizo un gesto enigmático cuando la traspuso, y luego, sólo quedé yo, sola, inmersa en la oscuridad, con un crepúsculo de nunca acabar, hiriéndome todavía, hiriéndome como todo el mundo lo hacía porque no quería liberarme.
Y lo peor es que sí tenía que hacerlo…
Pobre Emily… todo dependía de ella.
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Frío martes. Frío mundo, mudo también, pues nada en él me decía ya algo. Mi uniforme escolar parecía tan sólo una enseña. Un disfraz ridículo que trataba de imitar años donde aún tenía una vida. Donde todavía estaba esclavizada y sojuzgada.
Muy a lo lejos, en la entrada a mi escuela, pude ver a Emily. Su silueta imponente era como siempre lo había sido, excepto por un par de detalles. Para empezar, la clásica comitiva de amigas que la acompañaban siempre ya no estaba ahí. Para terminar, estaba la expresión que adquirió cuando me vio llegar.
Seguía ese aire de hermana mayor. Sólo que también había miedo en ella, pese a la expresión resuelta de su mirada.
-Alicia…
-Emily
-¿Qué fue lo que pasó ahí, amiga…?
-¿Dónde? ¿En mi casa?
-Claro, dónde si no…
-Muchas cosas. Necesarias, supongo…
-Creo que te entiendo. ¿Sabes? Un par de veces llegué a ver las heridas que tenías en la espalda, o que sobresalían por tu cuello.
-No hables de eso.
-¿Cómo no voy a hacerlo?.. Yo… tan sólo quiero decirte que comprendo lo que ha pasado. El mundo no es como debería. Ahora podría reprocharte muchas cosas, pero sería injusto. Terriblemente injusto.
-¿No lo vas a hacer?
-No podría. Él se lo merecía. Lo que hayas hecho, se lo merecía. Pero… ya no importa. Yo te ayudaré, hermanita... Yo te ayudaré… tenemos que limpiar eso… y de protegerte,… podemos hacerlo todavía.
Yo miré a mi amiga. Apenas si entendía lo que me decía. Escucharla así, con ese tono cálido, con ese cariño que siempre me había tenido, me llenaba de más miedo. ¿Cómo podría cumplir mi misión? ¿Cómo iba a liberarla a ella? Es decir, era una chica fuerte, capaz de sobrevivir a todo, capaz de ayudar a alguien como yo. ¿De qué había que librarla?
Pero al final, dejé que el destino trabajara en ello. Tan sólo me dejé llevar y por un segundo extraño volvía a mi infancia, antes de que Yo, o mejor dicho, La Otra, se inmiscuyera en mi vida torturada.
Y así, admití el abrazo de Emily, sintiéndome feliz, como debía ser. Los días correrían. Yo ya sabría cómo buscar su opresión, y su libertad. No iba a ser en vano que la quería…

Esa misma tarde ella me acompañó a casa. Ambas, con temor, fuimos a ver lo que estaba en el refrigerador. Teníamos que deshacernos de lo que quedaba de mi padre. El que estuviese vacío, y yo no recordase haberme desecho de los restos, ella lo atribuyó a mi extremo nerviosismo. Creo que yo también. No quería pensar otra vez en la posibilidad de que yo estaba haciendo todo pese a que no lo recordaba.



-¿Quieres que nos veamos el viernes por la noche? –pregunté al día siguiente. Emily me miró extrañada, antes de replicar.
-¿Crees que sea bueno en estos días?
-Es mejor que nunca. Necesito que me protejas, y así me siento más segura. Estando solo contigo…
-Está bien… creo que nos hará olvidar algunas cosas.
-Sí, eso espero.

Si rememorara escenas del resto ésa última semana, sería como hablar de otros tiempos. Definitivamente Emily era la mejor persona que jamás conocí. Ella me protegió en todo momento. No se separaba de mí sino hasta que era inevitable. Iba junto a mí a casa. Me proveyó de un poco de comida, y además, trató de hacer que yo olvidase las sombras de lo sucedido en esos días. Nada más que eso hubiese querido yo. Nada más. Ojalá hubiese sido al menos lo único que consiguiese.

El viernes fue un día largo, de un anochecer lento. Algunas nubes ya acosaban el cielo, haciendo brechas muy esporádicas para que la luz de la luna llena llegase incluso hasta nosotros, en nuestro refugio.
Tras recitar un par de salmodias de in ridículo libraco de magia negra, ambas reímos a voz queda, y ella me tomó del hombro.
Con soltura, con inocencia nada más, me dijo:
-Y pensar que ese maricón del Andrés quería meterse con nosotras esa noche. El muy cojudo ni va a volver al colegio, parece…
-Ése imbécil… Debe haberse muerto…
-Qué jodido,… yo creo que debe estar lloriqueando en su casa porque le cambien de colegio. Es un mimado de porquería… Sus viejos son como los míos, pero con quivos…
-¿Cómo tus padres?
-Como mi familia en realidad… sabes que los muy tarados ni se enteran de lo que hago… a veces pienso que estaría mejor sin ellos.
-… ¿Eso crees?...
Desde que ella había nombrado a sus padres, una sensación como de cosquilleo llegó a mi cabeza, internándose muy profundamente. Creo que hizo un coro extraño con la luz pálida y fría de la luna que se levantaba lozana. Puse mis manos en mi frente y bajé la cabeza, adolorida.
-¿Alicia? ¿Qué te pasa?
-Nada… estoy… tan sólo pensando en algo…
-¿Te sientes mal?
Ya no respondí. Éste es el punto cuando mis recuerdos se truncan. Es ahí donde debo haber perdido finalmente a los lazos que ataban mi cordura. ¿O habrá sido antes? Ojalá alguien me pudiese decir desde cuándo estaba loca.
Y mi cabello, sacudido, cayó sobre un lado, cubriéndome un ojo. Y la luz blanquecina me convirtió en el espectro que me hizo libre, privándome de mi vida.
Entonces Emily pegó un respingo. Yo no pude reaccionar, ensimismada como estaba. Tan sólo sentí cuando el estilete se apretaba contra mi cuello.
-Ahora sí, perra… me vas a decir qué estaba ahí ese día…
La voz cascada de Andrés se oía entre cansada y dolorida. Cuánto tiempo nos habrá estado esperando en ese sitio para poder atacarme. Sentí un poco de lástima por él, escuchando su respirar pesado.
-¡Maldito cabrón! ¡¡Mejor sueltas eso o te reviento los huevos!!
Ah, Emily, la siempre dulce Emily. También sentí lástima porque ya tenía una idea vaga de lo que debía hacer con ella. Así fue que sólo miré hacia sus ojos, cuando mis movimientos, rápidos y certeros, atenazaron la mano que sostenía el estilete, y clavaron mi pulgar con brutalidad, haciendo estallar uno de los globos oculares del chico que un día me había gustado. Todo en un solo gesto.
Andrés casi ni pudo gritar. Tan sólo lanzó un gemido apagado y se retorció dolorosamente.
Sostuve el estilete, y jugueteando con él, miré a mi horrorizada compañera. Sabía de memoria lo que tenía que decirle.

Mira bien a este idiota –dije, ondeando el estilete- hace un tiempo él sufrió por un error del destino que le ha costado todo su futuro. De ahora en más él será sólo un pedazo de basura para todos lo s que la rodean, no sólo para los que saben lo que ha pasado, sino para todos, porque los imbéciles de sus padres no entenderán jamás lo que le sucedió. Además, quién sabe cuánto tardará la locura en sumergirlo por completo. Cuando germine este sentimiento, podrá acabar con su vida, o quizá busque una salida más cobarde, que sería aplacar sus sentimientos con alguien más. Sabes a lo que me refiero, ¿no? En ese caso no tardará en meterse en problemas mucho peores que los que le ha deparado el destino, y puede que sea culpable de alguna cosa… muy fea. Mira nomás lo que intentó hacer ahora…
Emily me miraba sin decir palabra. ¿Quién era esta mujer, al cabo?
-O sea, tenemos a un joven que en lugar de apoyo sólo ha encontrado supresión y condescendencia. Tenemos a alguien, que incluso en la peor circunstancia es un inocente, pero que ya no tiene esperanza para un futuro. Es triste, pero hay algo que todavía se puede hacer por él. Hay una forma de ayudarlo.
“¿Quieres ver cómo podemos ayudarlo? ¿Qué podemos hacer por él?
Emily ni siquiera pudo replicar. No quiso o no pudo mirar la trayectoria de la hoja mellada y delgada que hundí con fuerza en el cuello de Andrés. El chico se retorció con más fuerza aún, mientras la hoja cercenaba con lentitud su faringe y brotaba de nuevo por fuera. No pude evitarlo, yo era una novata,… o quizá estaba todavía recordando bien…
Emily no gritó. No me detuvo. No se movió sino cuando no pudo soportar más y su cuerpo cayó a un lado desarticulado, ya inconsciente por tanta impresión.
Mejor así. No quería explicarle lo que iba a hacerle. No era tiempo aún…
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sábado, 27 de febrero de 2010

Las Máscaras de Alicia (Parte tercera)









Ésa es tu amiga, ¿no?
-Era. La muy perra me abandonó esa vez… cuando te conocí.
-No deberías decirle así…
-¿Y por qué no? Si decía que me protegía, me trataba de hermanita y todo, y al final me manda a la mierda…
-¿Te ha pedido disculpas?
-Pues… sí… lo ha intentado, pero…
-Eso significa que comprende las consecuencias de lo que hizo. Mira, alguien puede ceder en un momento dado, incluso fallar, pero está en lo más profundo de uno el admitir un error, y más aún, arrepentirse de ello.
-¿Y qué con eso?
-Que no te debería resultar tan fácil juzgarla. Por un segundo piensa cómo se sintió ese momento. Cómo se sentirá ahora. Yo la veo triste, ¿acaso tú no?
-… Puede ser… Eso me hace recuerdo, Alicia, ese día,… ¿cómo llegué a tu…?
Me volteé para dirigir la última pregunta y ésta quedó colgando de la nada. La Otra había desaparecido y tan sólo estaba la calle gris que me llevaba al colegio. Al parecer Emily también había decidido llegar temprano, y cuando me acerqué, éramos tan sólo ella y yo, como en los viejos tiempos.
-¿Hola… también te putearon en tu casa y te estás escapando? –pregunté llegando a su lado.
-… Nada de eso, niña. Los cabrones de mis viejos prestan atención cuando son las notas nomás.
-Jajaja, por lo menos no se fijan, tanto, pero tanto, que te golpean casi todos los días…
-Jejejeje, qué negro… Vos y tus chistes de mal gusto…
-Emhhh… ¿Me vas a volver a pedir disculpas?
-¿Para qué? Si ya me estás hablando…
-Perra….

Así fue como decidimos olvidar lo que había pasado ese día. Someramente, ella me contó algo acerca de Andrés, cómo su familia luego había hecho un escándalo para con la de mi amiga, y luego de que ambas viejas se gritaran como estúpidas, el asunto terminó en nada, y el niño mimado tan sólo no regresó al colegio porque había usado la mala experiencia como excusa. Ambas nos encogimos de hombros, y luego de que ese día pasara, al siguiente, ella vino toda emocionada hacia mí y me extendió un papel un poco desgastado y de pésima calidad. Casi sabía de memoria lo que iba a leer. En palabras melifluas y vanamente agresivas, la banda de mi amiga una vez más trataba de parecer rebelde y malosa. Yo sonreí para mí. Los subordinados de Emily tocaban bien nomás, después de todo, y hasta una ignorante como yo veía eso. No me iba a perder ese concierto. Creo que fue la mejor señal de reconciliación que pudimos tener. Qué mejor manera de celebrar que las cosas habían do bien, después de todo. Sí… al fin y al cabo no la había perdido a ella, y además tenía esta nueva extraña amiga…

¿Y si?

-Emily… he conocido a alguien el otro día…
-Ésta chequeadora… ¿ahora quién te gusta?
-¡Cojuda! Es una amiga que conocí ese día…
-Ah, bien… pues… ¿por qué no la llevas a la tocada? Así me haces más barra…
-Mhhh… Puede ser, puede ser…
Ese día la salida estaba poblada de una luz cálida, como si la primavera extrañamente se hubiese ido adelantando. Emily se despidió de mí efusivamente y corrió hacia su ensayo llevando consigo esa guitarra que otrora tanto le envidiara. Mi amiga era alguien en quien podía confiar. Al fin y al cabo, La Otra había tenido razón en ello. Un lazo de amistad no se rompe con tanta facilidad.
La Otra Alicia… empezaba a preguntarme cómo rayos le haría para avisarle acerca del concierto, que caí e cuenta que tal vez sería incluso peligroso ponerla en contacto de más gente. ¿Qué sabía de ella, al cabo? Era una muy buena consejera, una persona también en quien confiar, pero de las veces que nos habíamos visto, lo que más recordaba era que asesinó a una chica frente a mí, y que tal vez incluso haya comido una parte de esa víctima… ¿No le daría por liquidar a alguien durante la tocada? Sabía que esa gentuza no suele estar muy atenta a sí misma y que luego alguien termine siendo carneado sería un problema, y uno serio…
-¿En qué piensas con tanta intensidad?
-… En canibalismo… eh…. ¡ah!
Acababa de replicar sin pensar, y al abandonar mi concentración el susto casi me hizo caer de espaldas. Dejé de mirar el suelo y al levantar la mirada, estaba ella, otra vez aparecida de la nada. Y ahora estaba justo a la puerta de mi casa, con las manos en los bolsillos y recamada pacientemente en la puerta.
-¡¿Qué estás haciendo aquí?! –pregunté nerviosamente. Lo último que quería era que mi viejo la viese a ella.
-¿Qué? ¿No puedo visitar a mi mejor amiga?
-… ¿Tu mejor amiga?
-¿Qué?, ¿Te avergüenza?
-No… es que yo…
-Bueno, ya que no entonces dame algo de comer. Muero de hambre.
-Ya. Pero te vas rápido… No quiero líos con mi viejo, ¿si? –esto último lo decía estando ya ambas en la sala. Yo husmeaba el refrigerador de mi papá (que él siempre me había dejado en claro que esa casa y sus cosas eran “de él” y nada mío), cada segundo me ponía más nerviosa. La última paliza, luego del incidente en el bosquecillo, aún mostraba sus secuelas. Claro, algunas marcas en mi espalda y en mis brazos. Pero no me lo quitaba de la cabeza. Siempre creí que me merecía todo eso. Por haber arruinado la vida de mi papá. Por no ser lo que él quería.
-A ver,… apresuremos las cosas... te tardas demasiado. Algo como comer no debería ser tan complicado, ¿sabes?
-¿Qué carajo haces?
-Preparo algo rápido… lo que no puedes hacer tú…
Mientras cavilaba en mí, la Otra habíase acercado al mesón de la cocina, y sin dudar, untaba una cantidad apreciable de kétchup en un pan que había horadado con las manos. Una vez hubo rellenado una cantidad apreciable, sin dudar fue comiéndoselo. Entre la perplejidad de mi mirada también se entrevió un diminuto escalofrío, quizá producido porque la imagen de la sustancia roja brotando del pan se me hacía algo… conmemorativa.
¿Acaso cada vez que nos viéramos iba a ser derramado algo rojizo y pastoso? Algo me decía que iba a volver a ver esas mismas manchas en sus labios, pronto.
-¿Qué tanto me miras? ¿No vas a comer?
-Emmhhhh… mejor no. No tengo hambre. ¿Cuánto rato te vas a quedar?
El kétchup seguía derramándose de a poco.
-En serio estás apresurada porque me vaya, ¿no? ¿Tanto miedo le tienes a ese viejo infeliz?
-¡No has visto lo que hace…! Yo… yo no quiero problemas… no más…
-No deberías no sólo no querer los problemas. No deberías tenerles miedo. En última instancia, aquello que te causa problemas debiera desaparecer. Es el mejor modo de vivir, créeme.
-¿Y cómo me deshago de mis problemas? Estoy changa todavía… Recién saliendo de colegio me voy a poder ir de esta casa.
-No te dije que huyeras. Te dije… -la mirada de ella iba poniéndose más y más siniestra. Justo en ese momento volvió a tomar en sus manos el cuchillo con el que cortara el pan y lo blandió, amenazante, demoníaca casi, ante mí- Te dije que lo que te causa problemas debiera desaparecer…
Estaba aún yo, pasmada, intentando comprender lo que quería decirme, cuando la puerta de metal resonó con fuerza. Mi viejo. Y ella seguía en su casa.


-Mierda… escóndete… haz algo. No te tiene que ver aquí…
-Bah… dale, sigue viviendo en temor, niña.
-¡Pero ya! ¡Escóndete!
-Bueno… ¿dónde es tu cuarto?
-Es allá, asando el pasillo. Mira, voy a ir a atenderlo a mi viejo y tú te vas ahí y me esperas, ¿ya?
-Sabes que voy a hurgar tus cosas…
-¡Sólo vete!
Creo que luego mi viejo me soltó un bofetón o algo así, después de ver el desastre que estaba en la cocina, pero a mucho más no pasó. Estaba un tanto mareado y eso me beneficiaba, pues le bastaba con comer algo y luego dormiría hasta el día siguiente.
Sólo después de un rato de duda me dirigí a mi cuarto. La sensación de temor no desaparecía tan fácilmente. ¿Qué quería decirme ella?
¿Deshacerme de mis problemas?
¿De mi padre?
Pero, aunque quise preguntárselo, quitarme la incertidumbre… al llegar a mi habitación ya no había nadie. Busqué por todas partes, bajo mi cama, detrás de la cortina, en mi ropero incluso.
Nada.
Lo único que me quedó fue mucho para pensar esa noche. Y encima no le había podido decir de la tocada.
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El sábado llegó rápidamente. No volví a ver a la Otra durante todos esos días, y pese a todo, eso me tranquilizaba mucho. Cuando llegué al antro donde Emily tocaría, pues… creo que durante un buen rato me sentía joven de nuevo. Niña, incluso. Ese tipo de reunión social de estereotipos tenía ese poder sobre mí. Desde antes, a las pocas tocadas que iba las veía como si fuese a una guardería a jugar con pelotas de colores en una piscina. El tráfago brutal era sólo un juego, y la banda venía a ser el ambiente del parque. Poco me importaba el que algunos asquerosos ebrios alguna vez hubiesen intentado abalanzarse sobre mí. Era fácil evitarlos, y a la postre, parecía parte del juego.
Apenas si pude dirigirle un saludo a mi amiga. Ella andaba ocupada consiguiendo que el sonido se oyese bien, y arreando a su baterista, que tenía más ganas de embriagarse que de prepararse para el concierto. Mientras, la primera banda iba tocando. Su estilo era un death metal más bien mediocre… por redundante que suene eso. Fue allí, mientras me distraía mirando a los chiquillos que se entornaban contra el escenario, que divisé una silueta que se me hizo familiar.
Esa pinta desgarbada, ese porte enfermizo, la estatura más bien elevada, y más que nada, el peinado.
Allí estaba Andrés.
Momento… ¿le tenía miedo a volver al colegio y sin embargo se hacía presente en un conciertucho de poca monta? Bueno, no tenía mucha lógica, a menos que consideremos que el chico era en extremo mimado. Sentí un poco de rabia al verlo, así, despreocupado, como si nada hubiera pasado. Luego de esa mañana en el bosquecillo él habría regresado a casa y sus padres lo habrán mimado ridículamente, pensando en si no terminaría como su cobarde hermano. Y yo… yo regresé a casa luego de casi morir, para que el bastardo de mi padre me golpeara a su antojo, sin siquiera preguntarme antes si estaba bien…
La banda de Emily comenzó. Era lo de siempre. Su hardcore metal juvenil y plagado de mensajes revolucionarios. Sus letras decían mucho, mucho sobre la conciencia que deberían adquirir nuestras juventudes, en contra de los prejuicios, de la influencia nociva de las generaciones anteriores. Hablaba de la mierda que es el mundo, y yo, mirando hacia el chico que me había abandonado a un destino que podría haber sido mortal, mientras él hacía un mosh des estresante y juguetón, yo me di cuenta cuánta razón tenía. Lo poco que se conoce del mundo es en su mayoría hipocresía sin valor.
Pero igualmente iba a aprovechar el ambiente. Esquivé un par de codazos con presteza, y cuando estuve cerca, él aún no me había notado. Y no lo hizo sino hasta que levanté mi puño en vilo y lo estrellé con brutalidad contra su nuca.
El muy infeliz se encogió un poco y luego, a medias sonriendo volteó. Sin embargo, cuando me tuvo en su línea de visión todo cambió bruscamente. El desenfado que había visto en sus ojos hacía unos minutos nada más desapareció por completo. La mirada que me dio infundió miedo en mí, no puedo negarlo. Parecía un animal apaleado, rabioso, a punto de lanzarse contra sus torturadores.
Y así, con los ojos inyectados en sangre, él usó toda su fuerza bruta (que sí tenía, al cabo), y de un empujón me lanzó al suelo, con él sobre mí.
-¡¿Dónde carajo estabas?! ¡¡¡¿Cómo saliste de ahí?!!!
-No te entiendo… suéltame, cabrón…
-Ese día… deberías haber muerto… mi hermano,… él…
Algo de saliva correaba, como dibujando espumarajos, desde las fauces de mi atacante. A todas luces, esto parecería sólo el asedio de un borracho en medio del mosh. La gente alrededor nos miró un instante nada más para luego continuar con la confusión.
-… Mi hermano… nunca me contó… tú… dime… ¿qué había ahí dentro? ¡¿Qué había?!
-No sé… ya quítate... Me estás lastimando…
-¡¡¿Qué mierda me importa?!! Quiero saber qué estaba en ese lugar… ¿Qué lo cagó a mi hermano? ¡¡¿Qué era?!!
El aliento de Andrés y su misma presión comenzaban a sofocarme. Su aire enloquecido no disminuía. Sus rodillas estaban bien emplazadas sobre mis hombros, tanto que mis huesos comenzaban a resentirse Nunca fui una chica vigorosa, ý no podía aguantar algo así.
Fue por eso doblemente un alivio cuando algo golpeó con salvajismo la cabeza de Andrés, lanzándolo hacia un lado. Vi vagamente una sombra que iba tras él y de un solo empujón, incluso pasando a través del resto de la gente, lo estrellaba atrás, contra el bar…
-Te me vuelves a acercar y te saco la piel a pedazos, hijo de puta…
Esa helada voz ya la había escuchado. Antes, alguna vez me otorgó paz, me reconfortó. Me enseñó a darle valor a una muerte.
Allí estaba La Otra. Y una vez más, todo se lo debía a ella.
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De lo que siguió, esa noche, no puedo recordar mucho. El ataque del chico me había afectado más de lo que parecía. Mi mente estaba un poco nublada. Habrá sido la mezcla del miedo, el estrés de todos esos días, y quién sabe qué más… El infeliz pudo escapar, y apenas lo hizo, La Otra me levantó con un gesto tierno pero nervioso, y de la misma forma, me indicó que la siguiese.
Nuestra caminata fue larga, y yo volví a hablar sólo cuando vi que íbamos internándonos más allá de la ex terminal de trenes.
-Esperá… ¿Adónde estamos yendo?
-A mi casa, ¿dónde más?
-… No… ahora no vamos a entrar al bosquecillo… es de noche…
-Ay, por favor… ¿Qué dices? Es mi CASA… no va a pasar nada. Ahí vas a estar más segura que acá afuera.
-Pero el imbécil ya se ha ido… no hay porqué…
-Shhh… Conozco a los de su ralea. Ese cojudo ya tiene el seso frito. No te va a dejar en paz. No quiero esperar a que aparezca de la nada en tu casa y te esté haciendo algo.
-Pero… entonces… él sólo quiere saber qué había ahí en tu casa… ¿por qué no me dices? Con eso creo que lo puedo dejar tranquilo…
Las sombras de los primeros árboles nos cubrieron, y de pronto, ya no pude ver su rostro, oculto como siempre, debajo de esa capucha, ahora, más cobijado que nunca, con una sombra más grande, la de la noche, sobre ambas.
-Te lo diría… -replicó, en un tono que nunca le había escuchado. Su voz sonaba como un eco distante- sí, te lo diría, pero… ahora no voy a poder.
-Pero… ¿Por qué?
-Porque estás durmiéndote, mi querida Alicia…
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Extraños sueños entretejiéndose, formando un lienzo de consistencia incomprensible, plagado de voces venidas de sitios incognoscibles, de hoyos profundos en lo recóndito, allá donde la conciencia huye, donde quedan sólo cadáveres de cordura. Sueños fragmentados, dotados de maldiciones innominables. Pesadillas, de aquellas que se extrañan cuando uno recobra la visión del mundo vigil.

Al despertar, otra vez observé el ya conocido panorama. Un pastizal bajo, ralo y demacrado. En lo alto esos troncos delgados y enjutos, y el aire de ese amarillo macilento.
Mis pies estaban muy adoloridos. Mi cuerpo entero tenía reflejos de cansancio terribles. Pero, aún a pesar de ello, no pude evitar dar una mirada alrededor. Más allá, mucho más lejos, creí reconocer la silueta borrosa de esas tumbas que señalaban la proximidad de la casa de mi captora-rescatadora.
Al final, sólo me quedó un suspiro pesado, y la conciencia de que debía volver a casa, y más aún, de que me iba a ir mal allá.
Y de qué forma…
Nunca había visto a mi viejo tan furioso. Bramaba al tiempo que tomaba ese maldito cinturón de siempre y o azotaba contra mi espalda. Oí las palabras clásicas.
Escuché de nuevo, cuán desgraciada era la vida de mi padre porque yo nomás le había quedado. Lo poco que valía su hija. Que estaría mejor con mi hermano. Que debería haberme muerto nomás, después de nacer. Por milésima vez debí reconocer la frase ésa.
“Tu madre te debería haber abortado, carajo”
Creo que la paliza duró hasta entrada la tarde. Él sólo se detuvo porque tenía que salir.
Luego me quedó la rutina de siempre. Ponerme ropa holgada, lo más posible, para evitar roces con las heridas. Prepararme un poco de café, que extrañamente me daba una sensación de alivio, y al final, tomarlo en mi sala, con la vista hacia la nada.
En esos momentos, yo solía meditar en silencio sobre todo lo que mi padre decía cuando me golpeaba. Casi, casi siempre, terminaba llorando, pensando en que tenía razón. Después de todo, si mi madre no me quiso consigo, y ahora que estaba con él, él tampoco me quería, entonces ¿para qué estar en el mundo? ¿Para qué había nacido?
Sólo que, esta vez, mi silencio fue más penetrante. Mis pensamientos no fueron tan oscuros. Tan sólo fueron… extraños. Estaba más el espejismo del recuerdo de mis sueños. Y más incluso, una sensación de alivio, porque sabía que en alguna parte, una criatura extraña e incomprensible se preocupaba por mí. Me había metido en problemas, por segunda vez, pero…
El timbre sonó.
Salí de mi ensimismamiento rápido. Podría ser mi padre, que volvía más temprano. Enjugué con rapidez mis lágrimas y me abalancé sobre la puerta.
-Hola. –Dijo en un tono natural, La Otra, la Alicia del bosquecillo- ¿Qué tal dormiste?
-Yo…
-¿En lo que piensas me dejas pasar? Tengo hambre…
No pude replicar nada. No la pude detener. Ella fue a paso rápido hacia mi cocina y al cabo de un rato nada más regresó con otra vez el pan lleno de kétchup.
-¡Qué bien! ¿Puedo? –preguntó al tiempo que sin esperar a mi respuesta tomaba la taza donde estaba mi café y tomaba casi todo de un tirón- Esto siempre me tranquiliza… ¿sabes?
-… ¡¿Qué estás haciendo aquí?! ¡Esta mañana ya me he hecho pegar con mi viejo por tu culpa!
-¿Crees que no lo sé? –dijo ella, aún sin mostrar signos de preocupación- No habría venido si no estuvieses en problemas que no puedes, o no quieres resolver, como siempre…
-¡¿Qué?!
-Mírate, mira el estado deplorable en el que estás… tu pose encorvada por las heridas, tu mirada preocupada y vacía,… el mismo tono de tu voz, débil de convicciones… eres frágil y todos a tu alrededor han aprovechado eso… eres una víctima que goza viviendo como tal…
-Deja de joder con esas cosas… ahora no es momento…
-…¡¿Cómo que no es momento?! ¡¡Anoche tu vida estuvo en riesgo y a ese malnacido que llamas padre ni siquiera le importó saber eso!! ¡Sabes tan bien como yo que te golpeó porque anoche no había quién le sirva su comida de mierda!!
Al proferir estos últimos gritos, la mirada del ojo único que me mostraba esta mujer se hizo cristalina, casi de hielo mismo. Todos los nervios de mi cuerpo reverberaron, como si la misma ira que ella sentía fluyera en mí. Cerré un poco mi puño derecho, presa de una indignación que antes jamás creía capaz en mí. Apreté los dientes con fuerza y bajando la cabeza, derramé un par de lágrimas.
-Ya estás bajando la cabeza de nuevo… creo que vas a tener que conocer tu lugar en el mundo por las malas…

Hubo un sonido en la puerta de calle.

-¡Alicia!

-¡Es mi viejo! ¡Escóndete rápido!...
-…Por las malas entonces…
-¡Ya pues!... ¡vete!...
La Otra dio un pequeño saltito hacia atrás del sillón y se esfumó hacia los pasillos de atrás en un parpadeo. Yo tomé la taza como si la estuviese recogiendo, y entonces llegó ese hombre.
-¿Dónde estás? ¡Tanto te grito para que me ayudes con esto en la entrada y ni apareces! –mi viejo llevaba una bolsa negra, de ésas de basura, que parecía tener una carga pesada, de un olor penetrante. Claro, era sábado… Ese hombre tenía la costumbre de comprar provisiones al por mayor, y al parecer esa tarde la había aprovechado para hacer mercado y llevar carne, mucha carne a la casa.
Yo me abalancé sobre esa bolsa, y casi arrebatándosela de las manos, la llevé hacia la cocina.
-¡Prepará un café, ¿ya?!
Él se había aposentado del sillón donde segundos antes estuviese La Otra. Respiraba con pesadez, como todas las personas con sobrepeso. Yo me apresuré, llené de agua la caldera, y entonces recordé que La Otra había dejado su extraño sándwich en la misma mesa, frente a donde estaba mi padre. Encima de todo, no quería un puteo más por estar dejando comida por todos lados. Era algo inocente, pero hasta a eso le temí en ese momento. ¿Dónde estaba La Otra Alicia?...
-¿Qué mierda es esto? –dijo él en cuanto salí de la cocina. Sí, como cabe suponer, él había intentado darle una mordida al pan lleno de kétchup y la sensación posterior era bastante desagradable…
-…Es… no estaba encontrando nada en la cocina…
-No me jodas… ¡Te dejo el refri lleno para que no tengas que estar sonseando como siempre! ¡Te la pasas haciendo chistes cojudos como éste y encima te pierdes cada vez! ¡Ya me hartas! ¡Por qué nomás no te habrá llevado tu madre! ¡¡Esa cojuda debería haberme dejado a tu hermano!! ¡¡Él sí valía algo!! ¡¡Me he quedado con lo peor de la familia!!
Yo no escuchaba. Había quedado en mí, un poco del germen de rabia que me dejara la otra. Por eso quizá miraba de una manera distinta hacia ese sitio, donde ya no sólo estaba mi viejo, sino Ella también, que brotaba con sigilo, casi con apariencia cómica, desde atrás del sillón. Me miró con una sonrisa maliciosa, y entonces me mostró el cuchillo de cocina con el que había preparado ese sándwich. Lo señaló, y diciendo con los labios, como entendí, me dijo en tono cómico:
-…Más kétchup…
Sólo ahí recobré la conciencia. Mis ojos se desencajaron por el terror. Mi padre debió haber creído que estaba asustada por sus palabras. Gritaba más incluso, pero yo ya no oía nada. Sólo miraba la lenta trayectoria de la hoja ya manchada, hasta que chocó con la boca abierta de mi padre, haciendo restallar su lengua en una roja explosión, y con tanta fuerza que la punta del cuchillo brotó por debajo de la quijada.
Pero no murió de inmediato. El corte le quitó toda respuesta consciente, eso sí, especialmente debido al shock y a la pérdida tan repentina de tanta sangre. No me imagino cuánta habrá tragado… La Otra se recamó un poco más en el respaldo del sillón y con esa mirada demente, me dirigió un gesto extraño, y entonces, salvajemente, aplicó más presión sobre la bullente herida.
La cabeza del viejo, impelida por ese empujón, descendió hasta quedar mirando el suelo.
-Así ve el mundo tu hija… Siente cómo es mirar el piso... ¿entiendes lo que le has hecho?... viejo de mierda… ella merecía todo tu amor, no porque se lo tuviera que ganar, sino porque es parte de ti. No es tu derecho, ni tu obligación, sino tu deber el amarla. El tan sólo haber hecho que un minuto de su vida tuviese valor. Eres un pedazo de porquería… toda la frustración de tu fracasada vida se lo endilgaste a ella, a una chica tierna e inocente, que de no ser por ti habría sido luminosa y feliz…
¿Mi padre entendía algo? Yo lo escuché intentar lanzar un balbuceo, pero la carencia de lengua hacía imposible entender nada. Yo ya no tenía idea qué pensar, qué hacer…
-¿Vas por lo menos a pedirle disculpas antes de morir, cabrón?... Así creo que podría tenerle respeto a tu cadáver luego… -Silencio- ¿Nada? Bueno,… entonces creo que mejor aceleramos la cosa.
Ella casi se encimó en él, y haciendo una presión terrible, hizo que el cuchillo se rompiese en varios pedazos, al salir por un lado de la quijada, quebrándola ésta también y haciendo que el borbotear de sangre se hiciera un torrente.
Sólo entonces pude reaccionar. Como la vez anterior, a la luz de la masacre no me quedó más que lloriquear un poco, caer de rodillas y seguir mirando el cuerpo sin vida. Puse mi cabeza entre mis manos y comencé a temblar. Ella no me esperó. Apenas el cuerpo dejó completamente de moverse, se fue, y tras un trajín afanoso regresó con un atajo de periódicos, los que dispuso en el suelo, detrás del sillón. Jaló el cuerpo descoyuntado hacia ese lado. Fue una suerte que lo hiciera, porque así por lo menos sólo tuve que escuchar, no ver, cómo Ella iba extrayendo la carne del cadáver.
No sé cuánto habrá tardado. Imaginé cada movimiento, cada corte, cada extracción, cada limpieza de hueso. Sólo al final su silueta apareció de nuevo sobresaliendo del sillón, y sin mediar palabra alguna, me indicó que la siguiera. Ella llevaba esas dos bolsas negras. En una repicaban los huesos. En la otra, más voluminosa, estaría lo aprovechable del cuerpo… Ella era una figura extraña y de caminar desviado, seguida por una casi niña de mirar enjuto y de paso aún más temeroso. Debimos parecer escapadas de nuestra casa.
Así fue que fuimos remontando el camino de la autopista, rumbo a alguna entrada del bosquecillo. Yo no decía nada. Tan sólo observaba esas bolsas donde estaba lo que un día fuera mi padre. Observaba y tenía una sensación que me causaba repulsión. Una sensación, no sé si habrá sido de alivio, o mera tranquilidad, da igual, de todas formas me la reprochaba.
De pronto, ella se detuvo.
-¿Qué pasa? –pregunté.
-Pequeña Alicia, sabes cuál es mi misión, ¿no es así?
-Emmmhhh…
-Yo tan sólo quiero librar a aquellos inocentes del destino que sufren en el mundo. Ésta es la primera vez que asesino a un culpable por la misma razón. He hecho justicia,… pero mi víctima ahora era el culpable de todo… no puedo tenerle respeto. No puede estar en esas tumbas, las que he preparado para mis ángeles. De hecho, este montón de mierda no se merece reposar siquiera…
Y dichas estas palabras, ella cerró los ojos significativamente, y lanzó la bolsa de huesos hacia la vertiente del río. La bolsa desapareció en segundos, entre el agua sucia y los desperdicios.
Yo tan sólo miré la escena mientras un rictus de dolor me acompañaba. Tenía un poco de creencias hacia supersticiones comunes, y como cualquiera sabía que un espíritu que es llevado por las aguas nunca encuentra la paz. Ella debió notarlo, pues me dio la espalda, con un gesto de molestia, casi.
-Tienes los nervios demasiado rotos para acompañarme… mejor vuelves a tu casa.
-Yo…
-Vete. Ahora no quiero verte. No has podido siquiera agradecerme…



Continuará