martes, 19 de enero de 2010

El océano Infinito

Sí, sé muy bien lo abandonado que suelo tener este sitio, que pese a todo es tan querido para mí... pero, mejor no pido ni diculpas ya. Cuento con ustedes, chicos. Espero el primer relato del 2010 sea de su agrado!
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Ultimos pensamientos antes del océano Infinito




Las aguas del océano infinito golpean con más fuerza. Mi estremecimiento las sigue, rítmicamente, como si fuese un poseído compás de una macabra melodía que no quiere terminar. Pero… yo sé la verdad. Y sé que no tardará mucho, voy a sumirme en ese espacio demente y seré uno con él, y entonces todo habrá acabado.

Mi conciencia respecto al horror no es reciente, pues el hecho de que mi corta vida haya transcurrido en esta isla negruzca y enfermiza no hizo que estuviese aislado del resto del mundo. Siempre hubieron mercantes, hombres que emigraban y simples fugitivos que tocaron el hogar donde mi familia y otras cuantas más sobrevivíamos a cruentas tormentas que de cuando en cuando nos recordábamos que vivíamos en una especie de bastión entre un mundo y otro.
Desde niño tenía yo la costumbre de encaramarme a la más alta de las colinas de la isla, a la que llamábamos con familiaridad “El faro del diablo”. Nunca habían sido problema los rasguños y raspones que sufría al escalar la gris roca. Qué iba a importar todo aquello, comparado con la vista del océano eterno e inconmensurable, sus ondulaciones mágicas y el susurro eterno que acompañaba su melancólico existir. Hubieron muchas veces, voces perdidas, extraviadas entre el oleaje, que llegaron hasta mí con celeridad que no podría comprender. Esas voces fueron lo que me atrajo tantas veces hacia las inmensidades. Yo podía pasar horas, e incluso alguna vez días completos contemplando la infinidad y sus mensajes eternos. Fue así, con toda aquella habilidad que yo pude saber, antes que llegaran los mercantes, antes incluso de que llegaran los primeros hombres de armas, lo que pasaba en el más allá.
Y un día, al descender desde el faro, mi madre se me acercó, y con lágrimas en los ojos, me abrazó tan fuerte que volví a sentirme un humano y no más un partícipe de las voces del infinito. No recuerdo las palabras de mi madre, o bien ella no supo lo que decía, aún fuesen verdades, lóbregas verdades. Algo escuché sobre la destrucción del mundo de fuera. Algo oí sobre la gran locura que hacía estragos entre los seres conscientes. Yo traté de pasarlo por alto, recordando, como todos quisimos pensar, que nuestro hogar estaba lejos del resto, lejos de toda mancha de la civilización. Si el resto del mundo iba a morir, que lo haga, eso no podría afectarnos mientras las aguas nos protegiesen.
Las aguas…
El océano…
Él fue, empero, el más grande de los traductores y mensajeros de tal demencia. Mi corazón, ya casi podrido en la carcasa de mi cuerpo, aún siente pena y dolor recordando las primeras oleadas plagadas de aullidos de pánico y gritos de locura. Por fin entonces el Faro del Diablo hizo gala de su nombre. En verdad el bastión se alzaba como un monumento a lo blasfemo, como un conducto desde donde se podía oír todo estertor agónico que lanzaba la humanidad.
Y el conducto podía llevar más que tan sólo aberraciones. Fue triste comprobarlo.
Empezó un atardecer lánguido como pocos, la despedida de un día largo que yo añoraría por siempre, pues los primeros vientos cálidos y el sol tibio fueron mi única compañía en la colina, hasta que vi esa pequeña mancha negra alejada en lo más recóndito del horizonte. En un principio sólo era una esquela de suciedad en mi cielo perfecto. En un principio no significaba nada.
Ese día las voces habían callado. No había razón para temer, o para lamentar.
Yo lo sabía bien y de todas maneras no pude mentirle al instinto de mi cuerpo, el que comenzó a temblar y sin que lo evitase bajaron la vista mientras salmodiaba para mí que nada pasaba.
Cuando era niño mi madre solía reconfortarme los días de tormenta, días a los que temía tanto. Ella me decía que las tormentas traían consigo lo que el mundo exterior desechaba, y eran los últimos efluvios de lo que el mundo de los hombres pretende olvidar. Así la lluvia era la forma última en que las oscuras memorias de la humanidad alcanzaban la paz.
Las tormentas era el tiempo de los milagros. El tiempo en que la perfidia se hacía agua cristalina y abandonaba la perversidad del mundo de donde venían.


¿Qué vendría entonces a ser aquella, la más grande oscuridad que un día se cernió sobre criaturas conscientes? ¿Qué clase de actos horribles enmascaraba esta sombra perfecta e inconmensurable?
Yo tuve la desgracia de casi palparla, pues al final mi instinto terminó por fallar, rotos sus cordeles por la fina hoja de la demencia. No pude articular un simple grito, ni una exclamación. La mancha, en ese tiempo, habrán sido minutos u horas, no lo sé; la mancha impregnó de su nefanda sombra todo el horizonte, y entonces, el cielo de un día que amaneció luminoso tuvo un cruel tapiz que reflejaba horrores inimaginables.
Y lo peor aún estaba por venir. Algún relámpago brotaba de la acumulación de nubes aquella. Era anómalo de por sí que no hubiese sonido alguno tras ellos, así como ningún viento agitaba las aguas, que parecían haber empalidecido expectantes como yo. Los relámpagos, empero, tenían otra consecuencia, mucho más macabra que su inexistente resonar. Y es que su luz fugaz iluminaba por un instante la oscuridad de donde brotaban, recordándole y mostrándome su color real. Su bermellón, casi carmesí color real.

No, lo peor llegó cuando por fin uno de los relámpagos produjo un sonido. No era un estallido empero, y el rayo no era como nada que hubiese visto jamás en mi vida. No eran extraños los truenos salvajes allá antes de la pesadilla, cuando alguna tormenta tocaba las apacibles y grises playas. Recuerdo su sonido, como el de un simple estallido, reverberando en el aire, como estallando mil veces antes de desaparecer. En cambio éste no fue así. Se trataba más bien de algo como un rugido, acallado, no tan estruendoso, pero aterrorizante como un eructo del mismo infierno. El Faro del Diablo se estremeció, y yo con él. El rugido no se detuvo. Tapé mis oídos con las manos pero no se detuvo. Lloré e imploré al dios en que creíamos que se detuviese, pero siguió. Y cerré los ojos, y arrodillado traté de soportar.
Y entonces la luz cesó. El curso del rayo que había descendido cual emanación, casi como un meandro, culminó. Y un extraño dejo húmedo golpeó mi mano. Abrí los ojos de a poco y entonces, viendo el escenario que tenía ante mí, fue que mi cordura comenzó a desaparecer.
La primera mancha, la de la gota que cayó sobre mi mano, no ha desaparecido aún. El resto se han distorsionado, han recorrido mi piel rozándola y dándole una macabra caricia, pero la primera gota fue un sello, una marca con la que la pesadilla señaló mi existencia como víctima suya.

Poco fue el efecto que el resto de la pesadilla tuvo para mí. Fue suficiente con la primera visión. Algunos árboles comenzaron inmediatamente a marchitarse, como rindiendo una mortal elegía al infierno que se cernía sobre ellos, sobre mí y sobre todo lo que conocía del mundo.
La lluvia era roja, espesa como posesa, y sus gotas caían al suelo con un sonido pesado, mientras una reminiscencia de aquel trueno seguía rugiendo en lo alto. Y la lluvia siguió, aunque se hizo de noche y lo que quedaba era una cortina negra, que sobrepasaba todo lo que hubiese podido ser luz o esperanza.
No fue una gran sorpresa cuando al llegar a mi hogar mis padres, arrastrados en un ataque de furia ilógica e indómita, intentaron matarme. Entre mis últimas imágenes está la de mi padre corriendo hacia mí. Uno de sus globos oculares había abandonado su órbita y caía cómicamente hacia un lado. Borboteante sangre corría desde él. Tuve que hacer que el otro terminase en una posición similar, antes de matarlo para salvarme.
De mi madre, prefiero no hablar.
O sí. Prefiero mentir. Ella me tuvo entre sus brazos, consolándome como cuando nuestra isla era un sitio lleno de vida. Su voz cálida calmándome, permitiéndome dormir aunque la tempestad destruyese todo alrededor.
Esa mentira tiene su fundamento, empero, pues yo desperté el día de hoy, acurrucado en su regazo, los dos solos en la inmensidad de un infierno rojo poblado por ánimas danzantes y cadáveres que comienzan su putrefacción. No importa el cuello cercenado de la dulce mujer, su rostro estuvo en paz después de que yo…

El amanecer todavía está tocándome el fondo de los ojos, como si quisiera que despertase de la pesadilla. Le he denegado el acceso, sonriente yo, que ahora escucho las voces, sin necesidad de estar allá en El Faro.
Ya las voces no son de dolor, de pánico y de muerte. Ahora tan sólo son los susurros de lastimero llanto, venido de mil, de un millón, de mil millones de personas. El océano, infinito como nunca antes, bambolea sus rojas olas, hablándome, invitándome. Sé que me protegerá, cual lo hizo mi madre. Debo ser uno con él. Debo unir mi voz a la de los caídos.
Cuando el sol por fin llegue y la nube sangrienta se haya ido, yo me uniré al mar. No necesito una balsa, no necesito un rumbo, no me necesito más que a mí, al recuerdo de mi madre, y las voces todas conmigo, para ser infinito, junto a él.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Ángel del Más Allá





Era pequeña, o al menos eso parecía. Tenía el cabello caído hacia ambos lados, negro como azabache, tan hermoso que refulgía sobre él la luz pura de la luna, como si a cada hebra perteneciese un haz de luz.

En el último momento pude ver que sus ojos eran de un tono casi de ébano, de un fulgor sofocante, de tan intenso. Eso ha sido el único efluvio que ha hecho que mi vida haya valido la pena, lo único que le ha dado un significado, en su momento final…

Debí haber enloquecido luego de que ellos entraran por vez primera a mi casa, a mi bastión sagrado. Hace demasiado de eso y gracias a mi fuerza de espíritu nada más he sido capaz de lograr que imágenes como esa no hieran mi mente al regresar. Y eso pese a que las veo y escucho con perfecta claridad. Los chillidos de mis padres cuando los arrastraron hasta fuera para devorarlos en la oscuridad de fuera. Mis hermanos arañando las paredes inútilmente y rogando por una muerte rápida mientras sus vísceras comenzaban a ser esparcidas por el suelo de lo que un día fuese el recibidor de la casa. Desde entonces está conmigo mi compañera eterna, éste trozo de metal rodeado de madera que dispara perdigones que para mí son ira divina cayendo sobre las bestias que se han llevado el mundo.

Porque no queda mucho más por decirse, acerca del mundo. Desde que todo comenzó, hace un año, la situación no ha hecho más que convertirse en un infierno en la tierra. Los primeros noticieros tomaban los primeros actos de canibalismo como un espectáculo morboso más, y así siguió siendo incluso cuando el asunto comenzó a salirse de control y a los meses, pudo calificarse de pandemia. Poco pudieron hacer los pocos científicos que tomaron el asunto en serio, pues ellos también sucumbieron al ansia diabólica de destrozar el cráneo del compañero investigador y beber hasta el último de sus jugos encefálicos. Lo peor eran los casos de aquellos que sucumbían a la soledad, una vez infectos, y terminaban comiéndose partes de sus propios cuerpos. Mi familia nunca pensó que la enfermedad llegaría hasta nosotros, empero. Creíamos que era uno de esos males que sólo achacan a la gente del norte. Fue horrible comprobar que no era así cuando mi madre observó a un chofer, en plena vía pública, atropellando a una pareja para luego machacarlos con una barreta de metal y comenzar a devorar pedazos de ellos. La gente pudo contenerlo. Lo contuvieron entre todos, lo redujeron casi a pulpa sangrante e incineraron lo que todavía quedaba por destruir, pero el miedo ya había anidado. ¿Qué podíamos hacer? No teníamos dinero como para salir del país, y aún así… ¿Quién nos aseguraba que afuera no estarían peor las cosas?

Fue así que mi padre, hombre previsor, se dio a la tarea de recolectar cuanto enser imprescindible necesitaríamos. Atrancó en una sesión de dos días, todas las puertas y ventanas de nuestra casa. Puso mil seguros a la puerta de calle, y lo más importante, nos surtimos de un almacén de munición y armamento como para sobrevivir una situación de guerra mundial. Todos aprendimos tan rápido como pudimos, cómo sostener el fusil máuser que mi abuelo había heredado a la familia, la escopeta que mi padre obtuvo tras negociaciones en el mercado negro, y también el par de 9 milímetros que mis dos progenitores pasaron a portar diariamente desde entonces. Algo más intimidante era la bolsa de nylon negro donde esperaban, siniestramente, dos haces de dinamita. ¿En qué habría pensado mi padre? ¿Sería mejor inmolar nuestros cuerpos a dejar que los devoraran?

Todo eso había sido inútil, al fin y al cabo. Fue una horda enorme la que atacó en primer lugar. Debimos haber matado a más de veinte, pero eran una oleada tras otra. Reconocimos los rostros de algunos de nuestros vecinos entre ellos. Sus miradas perdidas y furibundas y sus labios retorcidos y babeantes no eran suficientes para ocultar que un día había sido personas. Quizá por eso mi madre dudó tanto, y fue la primera que dejó que la atraparan. Mi padre sucumbió intentando ayudarla. Cuando comencé a escuchar la agonía de mis hermanos, recién entonces pude recobrar un poco de la conciencia que estaba perdiendo de a poco. Pensé que el último recurso era el único que ya valía la pena. Sostuve el haz de dinamita conmigo, y solemnemente me dirigí a mi habitación, en el piso superior de mi casa, y encendí la mecha, la lancé a través de la ventana que daba hacia la calle, directamente al sitio donde los infelices ya devoraban lo último que quedaba de los cadáveres de mi familia.

La explosión destrozó los cristales de toda la casa, además de desperdigar por toda la fachada restos carnosos y sanguinolentos. La onda de choque también me empujó lejos, y yo caí hacia el piso inferior, semi destruido, y en una oscuridad que tuvo un reposo sólo en la noche final de mi vida.

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En la entrada de casa fabriqué una pira, de cuerpos humanos y también de los bastardos esos. He procurado que cada noche mantenga su fuego, como señal de que aquí le espera el destino a los que han sucumbido al mal. No he tenido mayores miramientos. Soy juez y ejecutor. El arma que desde siempre está conmigo reparte el don de la muerte a todo aquel infectado que ose aparecer ante la oscura ventana de mi habitación. He bebido de la sangre de sus cadáveres, sólo para saborear la pérfida alma de mi presa. He arrancado algunas falanges, las que ahora penden de mi enjuto cinturón, lo mismo que las balas que otorgan liberación. Todos sucumben. Nadie soportaría el beso de la muerte que mi instrumento divino sentencia.

Una risa fría, casi en silencio, acompaña mis labios cada noche, a la primera víctima, y poco a poco va convirtiéndose en una sonrisa melancólica, llena de porciones de locura, que hacen que me estremezca al mirarme luego; cuando el amanecer se acerca, en el espejo que aún queda en la habitación de mis padres.

“Vamos, acérquense… sean puros por fin…”, susurro entre dientes, durante la noche, apuntando hacia la nada, hacia el todo. Hace demasiado que he abandonado la idea de la libertad.

Hace demasiado, que la idea de la vida, como solía ser, me ha abandonado. Creí ser, durante un tiempo que ya no podría definir, un ángel destructor, una fuerza suprema, juzgando desde lo alto a todos quienes estuviesen en mi casi omnisciente campo de visión.

Y así ha sido hasta esta noche.

Debí haber escuchado el gorjeo de un ave, como anunciando el final de una tempestad, cuando ella apareció en el oscuro pasaje de la calle donde reposan los cuerpos incinerados de mi familia.

¿Cuánto hace que no había visto un ser vivo, uno de verdad?

Un suspiro pendiente del aire nocturno perpetró el santuario donde yo reposaba, diciéndome calladamente que lo que yo había creído tanto tiempo era mentira. Pero no pude siquiera acercarme más y hablarle, indicarle que viniese, que buscase refugio.

Su paso era más bien presuroso pero titubeante. A cada paso miraba hacia todas direcciones, y sólo tras cerciorarse que no era perseguida continuaba avanzando.

Fue en ese momento que caí en cuenta de lo demente que debo haber estado en estos últimos días. Tan sólo he estado buscando una manera rastrera de sobrevivir cuidando a mi vez mi cordura con una fantasía estúpida e infantil. La miraba, con un anhelo acallado. Ella, aún dudando y temiendo, aún a sabiendas del mundo donde se desplazaba, iba libre. Así l rezaba la profundidad abismal de su mirada, la frescura de su porte, la belleza gigantesca que exhalaba con cada paso.

Algo se movió entre las sombras. Ella apenas si lanzó un grito apagado y tuvo que recibir el embate de la bestia de lleno. Asquerosos malnacidos… Un proyectil surcó el aire e hizo estallar una cabeza deforme en un esplendoroso espectáculo sangriento. Otra bala más se llevó el cuerpo repleto de retortijones lejos de la silueta de ella. No dejaría que estuviese cerca. No permitiría que ellos la ocultaran de mi vista.

¿Cómo puede traducirse la expresión de dolor máxima? ¿Cómo puede explicarse observar a lo más hermoso que uno podría imaginar, en agonía? Por vez primera desde que preparé mi santuario con la pira eterna, nada me había confundido de esa forma. Ella se retorció y debí haber escuchado un gemido suyo. Mis manos se crisparon sobre mi fusil, tan fuertemente que mis dedos comenzaron a entumecerse. Temblaba todo, temblaban mis dedos, mis piernas, mi mente.

Otro de ellos apareció. Su figura maltrecha avanzó con rapidez pero una bala bien dirigida hizo estallar sus vértebras lumbares, casi seccionándolo en dos pedazos.

¿Qué debía hacer? Ella miró para todas direcciones. Debe haber estado buscando el sitio desde donde disparaban a las bestias.

Mirándola un poco más noté que el primero había logrado herirla en un hombro. El sangrado, aunque ligero, no tardaría en atraer a otros más. Tal vez lo mejor sería llamarla, ver si podía levantarse y…

¡Allí estaba otro! Recargué el arma más rápido de lo que mis neuronas pudieron entender y una bala atravesó la cabeza del atacante. Apenas caía al suelo en un charco de sangre oscura, uno más aparecía desde las sombras de una casa, aullando incoherencias. Dos proyectiles hicieron falta para este último, cuyo pecho estalló en un reguero de sangre, tras reventar limpiamente el esternón. El último osó aparecer desde un ángulo muerto, cercano a la pira eterna. Tuve que arrancarle los brazos y usar mi última bala para partirle la espalda en dos.

Nerviosamente palpé mi cinturón. Sólo quedaban cuatro proyectiles más. Justo la carga que soportaba mi arma. Sería una andanada más. Podría serlo. Podría aguantar una ronda más antes de ir a buscar más munición… si es que quedaba de ella…

Y entonces sus ojos se posaron en los míos.

“Chico, muchas cosas me asustan pero amarte no me provoca temor…

Chico, sé que muchas cosas te asustan, pero… no temas amarme…

La gente dirá muchas cosas de nosotros, pero no significan nada…

Porque… lo único que veo frente a mí…

Eres tú…

¿Por qué no vamos más allá…?

Chico, te veo sólo a ti…

Aunque la gente diga todo tipo de cosas…

Lo único que veo es lo que está frente a mí…

A ti…

Nos pertenecemos “

No sé porqué recordé esos versos…

Sus ojos tenían una profundidad infinita. Hablaban de algo así como esperanza en el más allá. Aunque su hombro sangraba y aún le costaba todavía ponerse de pie, ella brillaba hermosamente a la luz de la luna. Sabía que, de salir de ésta, no se quedaría allí. No viviría en un santuario, como yo lo había hecho. Buscaría, no… expresaría más aún su libertad. Extendería sus intangibles alas de luz infinita, recorrería sin tacha alguna un mundo, que aunque moribundo, todavía tenía un horizonte para alcanzar.

Hubo algo así como un rugido apagado, en el mismo y preciso momento que decidí todo.

Y en el instante que saltaba con todas mis fuerzas, y caía junto a los restos de lo que un día fuera la fachada de mi casa, dos más de esos monstruos brotaron a mis lados. Uno murió con una bala atravesándole el centro exacto de su deforme rostro. El otro pereció más lentamente, pues la bayoneta colgada de mi fusil se clavó en su cuello y lo dejó caído y sangrante para que sufriera cada instante.

Eran pocos los pasos que me separaban de ella, que me miraba con fijeza desde el otro lado de la calle. Y ella adquiría un porte incluso más imponente, con cada paso que yo daba, corriendo, acercándome, recuperando mi vida, saboreando el olor de este aire infecto, pero libre al cabo…

Y llegué a su lado en el momento justo que aparecían tres más de ellos, trepando desde los escombros de la casas de al lado, donde vivía gentuza que despreciaba incluso cuando estaba en el mundo normal.

Cuando ella palpó el revólver que le proporcioné, una sonrisa bellamente fiera se dibujó en su rostro. Su tiro fue certero, y un antiguo humano cayó de rodillas, tratando inútilmente que su cuello dejase de expeler su viscosa sangre. Otro más cayó con una bala mía y el último fue presa de mi bayoneta una vez más.

La luna pareció lanzar un hechizo sobre ambos que nos miramos por un instante, un fragmento de tiempo interminable en el que yo recuperaba sentimientos que había enterrado hacía mucho y por vez primera sentía la felicidad de saber que quería vivir. Quería salir de esa noche, abandonar ese lugar, alcanzar otros sitios, liberar lo que tengo de espíritu, que al fin y al cabo, mirándola, supe que era mucho.

Chico, sólo te veo a ti…

Entonces una parte al menos del embrujo desapareció. Un estallido llenó de salvajismo la noche y una construcción que quedaba casi en pie cayó estrepitosamente. Tan cerca estaba de mi antiguo santuario, que algunos escombros cayeron sobre la pira infinita, apagándola.

A un tiempo un rumor, que luego se convirtió en un bramido, se oyó desde las sombras del sitio caído. Y entonces, brotando rápidamente, tanto que no pudimos reaccionar con presteza, ante nosotros estuvieron, no dos, ni tres, sino más de una docena de ellos.

“Infelices, lo tenían planeado…”, llegué a pensar, con la satisfacción maníaca de haber encontrado que un rival era más digno de lo que uno creía.

La luna brilló más, llegando a su cenit.

Mis dedos se crisparon sobre mi fusil. Dos proyectiles más. El resto sería para la hija afilada. Sentiría el calor de su sangre y su vida abandonándolos, de cerca...

Ella hizo lo propio. En un último gesto, la observé, y con un gesto cómplice, le otorgué un cargador más de balas.

Tal vez sería suficiente.

Tal vez no.

Tan sólo tenía que decirlo. Todo en el universo clamaba por mis palabras.

Ella recibió el cargador. Las bestias se acercaban. Nuestros ojos se clavaron en los del otro; mis ojos parduzcos de mirada melancólica y los suyos, casi negros, infinitos, hechos de libertad…

-Te amo… -le dije, en tanto ambos sonreíamos conscientes de que esas palabras eran la única verdad absoluta en ese momento…